La negra noche

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Se empezó a filtrar de madrugada, quizá incluso desde el atardecer. Moría la luz, y con ella todas las luminarias que distraen la vista. El manto de un terciopelo callado se tendió sin estrellas y dicen que son dos años, aunque a mí se me afigura que no han pasado ni dos días con las mismas dudas y la repetición cíclica de mentiras como verdades que se vuelven falsas para que mañana las conviertan en aseveraciones de lo incierto, como confirmación de lo inverificable e incluso explicación de lo inverosímil.

En dos años se ha logrado hilar en la oscuridad y en silencio un rosario de palabras que no merecen considerarse huecas: desamparo, desahucio, descaro, desfachatez, desmadre, destitución, destrucción, distracción y los socorridos verbos: mentir, revolver, esconder, desaparecer… y esperar. De un lado y otro de la noche predomina la espera: se filtra en la serenidad encorbatada de quienes esperan que sigan pasando los años para que precisamente no pase nada, y se filtra en los párpados de quienes esperamos quién sabe qué milagro para que se caiga de una vez el teatrito —titiritero y marionetas incluidas—donde siguen como si nada los mentirosos y los autoritarios, los plagiarios de todos los días y las meretrices que siempre caen bien paradas, los abusadores y evasores, las irresponsables y los engreídos y ese largo etcétera que se va derritiendo sobre el lienzo de la negra noche, los dos Pedros cantándole a dos voces a las tinieblas del alma triste donde ya no brota la estrella que ilumine la árida senda, solo las locas ilusiones de los locos ilusionados en busca de una esperanza sobre las sombras de un corazón debilitado en las noches sin rocío, jardines sin más flores que las de color naranja o, acaso, la roja amapola que hipnotiza al mundo entero.

Delirio de hilar las palabras por impotencia y desorientación en medio de la noche negra donde siguen escuchando las conciencias esas voces de los muertos cantando la letra, los rumbos y motivos que solo quedaron encerrados en la conciencia de un sobreviviente en coma y en la larga nómina de involucrados, cómplices, culpables, torturados, triturados, incinerados, desaparecidos, sembrados, expulsados, esfumados en esta nación de sombras donde se alarga la noche cada año. El país donde tuitean sicarios sus amenazas y la imbecilidad asombrosa de sus fervores; la tierra donde siempre habrá motivos para el acarreo y la simulación; la nación televisión, el pueblo radio, la casa hueca, despensa ajena, muebles rotos… y muertos sin tumba.

Lo sabíamos desde que empezó la noche. En un país donde se suma cada muerte en listas sin nombres —ya en los miles y no en los cientos—, cuarenta y tres sería, más que cifra, símbolo: suma de todos los muertos y de todos los desaparecidos que, así pasen los años con los que alargan la negra noche, no merecen poblar la amnesia de quienes imponen su estulticia. Revisen entonces su agenda todos los que creen ser Alguien y verán que en el supuesto vacío de la madrugada en la que nació —hoy hace dos años— la negra noche que nos rodea, están anotadas las citas, las frases, los desaciertos de ese día e incluso retratos invisibles de las pequeñas confusiones y mentiritas, las palabas huecas y las dizque decisiones emergentes, las primeras interpretaciones y eso que llaman las últimas consecuencias de esa contagiosa imbecilidad, baba cómoda de la desidia, vendajes para toda distracción con la que han de resultar culpables, imperdonablemente culpables, todos los que no resistirán ni la primera luz del amanecer que nos espera.

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