La mano de Cervantes

jorge f. hernandez la mano de cervantesImagino la mano con la que escribe cada año, cada abril el mismo libro. No tanto la mano siniestra, esa zurda lisiada que le ganó el apodo de manco sin serlo del todo. Imagino la mano buena y la buena mano que tuvo para vivir todas las aventuras de una vida de novela: conquistando damas en Roma en los salones de un cardenal llamado Aquaviva, o enlistándose en la flota maravillosa que habría de reconquistar el Mediterráneo en una batalla llamada de Lepanto, y luego, preso en Argel con queveres bereberes y decires indecibles que expliquen la milagrosa sobrevivencia de un preso que intentó escapar todas las veces que nombran los dedos de su mano. La mano con la que se cubrió las cejas para ver el Sol que iluminó su vuelta a España, y sus recorridos inútiles por todos los caminos desiertos en busca de la justificada recompensa por sus servicios. Es la mano con la que escribe la que imagino al pardear otro abril; un año más sin haber encontrado la explicación posible para tanta maravilla genial.

Es poco probable que muchos autores que admiro y amo con la convencida creencia de que la amistad también es un romance aceptaran en vida realmente ser mis amigos y dejarse conocer en carne y huesos, pero sucede con Cervantes que, a medida que se le conoce, parece revelarse precisamente como la sombra escurridiza, una niebla difícil de retratar alejada de la pompa y pretensiones de tantos escritores que saborean su fama sumándose regalías. A nadie le consta qué hacía Cervantes por las tardes en que no ejercía con la derecha la siguiente línea de un verso o la continuación de un párrafo donde narra una famosa aventura trunca por tinta, interrumpida por las preguntas de alguna de las mujeres que le atosigan los oídos con pendientes y pendencias.

A nadie le consta que haya posado para los retratos que le han pintado de oídas, y nadie sabe dónde quedaron los papeles originales escritos con el puño y letra de esa mano derecha que titulara La Galatea, o los Entremeses, o su Viaje al Parnaso, o Los trabajos de Persiles y Segismunda, o el original intacto de las dos partes del Quijote, su Quijote más íntimo con borrones y correcciones y asteriscos en las erratas o subrayado el nombre de una moza anónima que llevaba en el recuerdo, y que luego cubrió con un manchón de tinta como el que llevaba sobre la propia biografía escondiéndose en mentideros como si fuera nadie, o caminando bajo la necia llovizna de mayo que parece pelusa de gato, o perdido en el paisaje ancho que se abre a las faldas de Toledo, capeta de ocres cuadriculada con parches verdes como pliego virgen de papel recién planchado hecho de trapos viejos hasta formar un engrudo sin burbujas que, alisado, se vuelve plancha de sueños.

La mano con la que Miguel de Cervantes Saavedra disuadía los elogios y agitaba ligeramente, como si llevara un diminuto abanico, para obviar imbecilidades ajenas o alejar la estulticia constante con la que rodea con sus ruidos la llamada realidad. La mano de Cervantes, que mide cada cucharada de un potaje que llevaba siglos al fuego, verde de tanta vida mezclada en su caldo, sube y baja de la olla de barro quemado, y la mano con la que firma papeles para comprometerse a pagar o solicitar al menos diez ejemplares de un libro propio que quiere regalar al barbero que le queda a la vuelta de la esquina. La mano que tiene que reposar sin ira cuando escucha entre butacas que todo el mundo habla de Lope y se lo sabe de memoria es la misma mano que, luego en el inesperado sosiego de un silencio, se posa sobre el pecho como pintada por El Greco en cuanto alguien le comenta que en tal pueblo hubo unos que se vistieron de Quijote y Sancho.

La mano que aplana el pliego diario de las palabras por venir es la misma que al atardecer ha de envolver las páginas con un hilo de cuero para ser llevadas a la imprenta, donde se quedan todos los originales una vez pasados por la prensa y, reciclados como basura, han de ser envoltorio de sardinillas u hogazas de un pan que siempre huele a hogar. La mano que reposa en el pretil de una ventana de cantera encalada como mirador exquisito al paisaje perfecto de la nada y el futuro donde millones de personas honran sin juicio ni razón la grandeza de una novela leída por muy pocos. Miguel de Cervantes Saavedra, el ilustre desconocido, también llamado Príncipe de los ingenios, y la mano que soba su mejilla al filo del último sueño, donde nadie sabe de veras más que todo el retrato de sí mismo que dejó plasmado en sus libros.

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