La flor que rompe las rejas

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Pedro Martínez Sadoc fue de los derrotados de la República que confió en lo que prometían las tropas franquistas al entrar en Madrid: decían que todo aquel que no tuviera sangre en las manos, cuantimás si se entregaban voluntariamente al primer censo de los vencidos, no tenían motivo alguno para temer por su vida o libertad. No sin algo de ingenuidad y mucha confianza en que su honestidad y honra de hombre de bien encontrarían correspondencia en el enemigo triunfante, Martínez Sadoc no fue condenado a muerte, pero sí a treinta años más un día de prisión (la siguiente condena más severa).

El hombre conoció a su hija mayor tras las rejas y sobrevivió un calvario de constante tortura psicológica en el Fuerte de San Cristóbal de Pamplona y luego en las mazmorras de la cárcel de Ocaña en Toledo. Poco se ha escrito sobre los incontables abusos que se multiplicaron una vez terminada la guerra en trincheras, las bombas de los aviones alemanes, las bayonetas italianas, la locura desatada en todos los frentes y en ambos bandos; hablo de las sucesivas madrugadas en que las tropas vencedoras destilaban el fascismo de su saliva jugando a la intimidación diaria con la amenaza siempre engañosa de a quién o quiénes fusilarían al amanecer. Ni hablar de las enfermedades que se escurrían por las paredes como mugre de siglos y el desahucio compartido entre almas en pena uniformados en andrajos y mutilados en cuerpo o alma. En medio del fango, al parecer sólo la flor de la poesía pudo convertirse en salvavidas o salvoconducto del tiempo.

Martínez Sadoc fue un hombre honesto que había estudiado en su natal Sanlúcar, luego en Sevilla y Madrid donde se licenció de Profesor Mercantil y que festejó a su manera la promulgación de la Segunda República trabajando en el Ministerio de la Reforma Agraria. A la postre, y a ojos de cualquier fascista franquista, haber trabajado en la dependencia que precisamente cuadriculó el desmantelamiento de ese reino feudal de privilegios imperdonables signaba por sí sólo la justificación de su condena. Quizá no contaban con el hecho de Martinez Sadoc y otros presos de esa República utópica pertenecían también a una generación de lectores que para más de un sosiego habían memorizado desde su infancia no pocos poemas de la gran literatura española de todos los tiempos.

Arriesgando incluso las visitas que le hacía su esposa a la cárcel, con la hija mayor de ambos en brazos, Martínez Sadoc pidió que le llevaran papel, lápices y plumillas con las que dedicó no pocas horas de angustiosa escondidilla escribiendo de memoria una antología de la poesía española desde el Marqués de Santillana a los versos de Miguel de Unamuno, pasando por los sonetos de Lope de Vega, los chispazos de Quevedo, la poesía casi desconocida de Cervantes y un largo listado de autores inmortales, todos transcritos con la perfecta caligrafía de la dignidad intacta, con la temblorosa pero pulcra y limpia letra de quien se escondía en el lugar más recóndito del penal para escribir a mano la tipografía alineada de un salvoconducto para su espíritu y de paso, hacer partícipes a no pocos compañeros de celda, más o menos artistas (como los llamaba él mismo) que ayudaron a dibujar en colores las viñetas, las portadillas, los remates en guirnaldas coloridas de cada página de un hermoso libro que fue armándose conforme pasaron y pesaron los años en la condena que parecía eterna.

Al caer enfermo en una enfermería ya de la cárcel de Ocaña, una jovencísima monja casi novicia, sacó de entre las rejas el hermoso volumen una vez terminado, envuelto entre los pliegues de su hábito. Ese pequeño libro ha sido finalmente editado en una edición no venal por los herederos de este hombre que logró finalmente salir de la cárcel en 1943, sobrevivir a duras penas las duras penas de la posguerra española en esa piel de toro tan rencorosa y confusa y transterrarse finalmente a México en 1952, donde murió en 1966. Al cumplirse 80 años del oprobioso alzamiento militar que mutiló la piel de España con una guerra que no terminamos nunca de contar o recontar y al cumplirse cincuenta años de la muerte de Pedro Martínez Sadoc no puedo menos que conmoverme ante la cruda confirmación de que la única flor que rompe barrotes es al mismo tiempo la corola de pétalos impalpables que rebasa todo muro del tiempo. Se llama poesía y la llevan algunos hombres, pocos pero buenos, tatuada en los pliegues de su memoria como el secreto salvoconducto ante el horror y la muerte.

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