Kafkiano

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Según su amigo Max Brod, los dibujos de Franz Kafka “eran marionetas negras que penden de hilos invisibles”; la descripción también queda como metáfora para el turismo en masa, la inmensa lonja de almas diversas que se arremolina en las calles empedradas de Praga o la alameda anónima de cualquier destino de descanso. Miles de marionetas como sombras absortas en las pantallas de sus telefonitos o que izan en el aire el enjambre de batutas metálicas con las que se toman fotografías de sí mismos los simios de la estepa solitaria que de pronto invaden los paisajes como abejas incómodas, a leves empujones y propensos al estorbo. Todos a una, colgados de los hilos invisibles de la compra insaciable de baratijas o del hilo inevitable de sus mensajes continuos, sus emojis imperdonables y sus memes instantáneos. Lo que le faltó declarar a Max Brod es que quizá los dibujos de Kafka no eran más que retratos de un futuro en tinta que ya inunda su ciudad natal como un desfile constante de sombras deshilachadas que rondan los callejones, bajo la torre del reloj astronómico, tras las huellas del Golem o entre las torres del Castillo de allá arriba.

Vine a Praga porque me dijeron que aquí estaba intacto el martirio de san Juan Nepomuceno, colgado en la orilla de un puente de siglos sin saber que daría nombre al hombre que se apellidaba Pérez Rulfo Vizcaíno por las llamas de un llano lejano, y vine también para ver la estatua de un poeta Neruda, que daría re-nombre al chileno Neftalí Reyes, y vine porque hace tiempo vino Otro, en otra Praga quizá más fría y seguramente más vacía que la vetusta y entrañable ciudad por donde deambulo ahora con la mirada azul, bajo las nubes grises que parecen llorar a la puerta del templo donde dos paracaidistas heroicos enfrentaron hasta ahogarse a todo el ejército nazi, y veo los mismos tranvías que cruzan en tinta las novelas de un tal Kundera que inundó el río Moldava con las historias que otrora le eran indispensables a mi generación, previa al terciopelo con el que un dramaturgo tumbó los muros del totalitarismo soviético y previa a los tiempos de la mancomunidad cibernética que ronda hoy todos los pretéritos posibles de Praga.

Vine para ver a quién se le ocurría espetarme que “México es el país más kafkiano”, como solía repetirse hasta el hartazgo, sobre todo entre quienes jamás han leído al tal Kafka, empelado de una oficina de seguros, autor de novelas inmortales y por lo menos un cuento que todo mundo da por hecho cada vez que se escucha un anuncio de insecticida, y sí, cada vez que el panorama de novedades mexicanas que llenan de lejos los noticieros, o cada vez que hay que explicarle a un finlandés la delicada democracia mexica o las siglas del PRI o la cara de los líderes sindicales o la cabeza de Juárez enterrada en Nezahualcóyotl o la combinación efervescente del taco al pastor con salsa borracha o el color del mamey y el sabor de la Jamaica… Pues sí, cada vez que hay que subrayar que lo del muro que propone Trump no es más que la descabellada bravata de un demente y que, al final, de hacerse realidad lo terminará pagando su chiflada madre… Pues, así más o menos, cada vez que uno intenta perderse entre el mar de gente entre tan pocas personas no falta escuchar a lo lejos un “chido” o una “chingada”, un “quiúbole” o “ajijos”, y el alma se reconforta con la indescriptible epifanía de saber que ese hombre obeso que se tambalea sobre los adoquines medievales con el pantalón de terlenka, que le queda de brincacharcos y la camiseta del Toluca, llevando del brazo a la que podría ser hermana gemela de Elba Esther, son paisanos puros, marionetas idénticas a uno mismo, colgados de hilos invisibles tan lejos de Papantla, en desesperada necesidad de la acostumbrada dosis de tlapehue, chipotle o pinole.

Es precisamente en esas circunstancias en las que todo hijo digno del nopal se siente u orgulloso por los nobles compatriotas que no ponen en ridículo el lábaro patrio, o bien avergonzado por la desvergonzada prole paisana que anda bizca o beoda en el incansable afán de presumirse absolutamente kafkiana en pleno corazón de Praga.

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