‘Joyita’

‘Joyita’

Esa mujer anónima que camina sola por el andén del Metro, la que lleva una bolsa de nada o una maleta vacía y, sin embargo, carga toda una biografía de silencios. Esa vieja puede ser la madre muerta de unas niñas que se creen felices o la sombra tenue que hace más de medio siglo fue prima bailarina en un teatro de París, que huyó del esclavismo machista de sus matrimonios por conveniencia y dejó guardada en un orfanato a la niña que bautizó con el nombre de Joyita, la niña que al dejar de ser adolescente y convertirse ella misma en mujer, sola y viajera en los andenes de un Metro interminable, cree reconocerla y la sigue hasta el final de la línea en un trayecto de muy pocas páginas donde los párrafos se van hilando con la historia que la joven Joyita se inventa para explicarse a sí misma la ausencia de su loca madre, otrora bella bailarina que hoy serpentea la soledad inconmensurable de las vías subterráneas que reptan entre líneas de una breve novela que escribió ayer mismo Patrick Modiano.

Los profesionales de la crítica quizá se quejen de la que novela Joyita, de Modiano, sea breve, incluso errática en su vagabundeo hilado por entramar la soledad de la protagonista y justificar la neblina en torno a su madre ausente, narrando además sus leves amoríos aparentemente efímeros y sus murmullos de soliloquio. Pero tengo para mí que la novelita es precisamente lo que insinúa su título: una pequeña joya que se lee de una sentada, en lo que dura un trayecto de tren de norte a sur por donde sea, o la travesía cotidiana del Metro en cualquier ciudad o la navegación accidentada sobre las ruedas de un autobús urbano por donde viajan también idénticos fantasmas en el espejo de la desolación, mirados atentamente por los ojos de los viandantes que siempre se nos quedan viendo y que se inventan en silencio su propia trama de literaturas al vuelo, y la historia se vuelve el cuento en círculos concéntricos de la joven Joyita, que cree reconocer a su madre en el rostro ajado de la anciana que camina lentamente hacia la puerta de un vagón que está a punto de arrancar hacia ninguna parte, con una bolsa de vaho en la mano nerviuda y un gorrito de pildorero sobre la poca cabellera grisácea que le queda en el cráneo a la vieja bailarina que alguna vez llevó ensortijadas en la cabeza las blancas plumas de un cisne moribundo.

Modiano es el cartógrafo de un París que no existe entre los recorridos de los turistas agringados y los lugares de postal, es el escritor que va trazando el mapa de los barrios íntimos, de las viejas casas con diminutos apartamentos o de los viejos hoteles de la guerra —cualquiera de ellas— que se transformaron en pequeños apartamentos de alquiler en desolación para que todos los espectros tengan al menos un rincón para esconderse y una camita para dormir sus delirios, allí donde hablan a solas y siguen utilizando la luz de velas para no consumir focos de una época que no les corresponde a sus arrugas de tinta sepia. Joyita quiere interpelar a su madre, décadas después de que la abandonara en un orfanato, y quiere también narrarle a sus pocos conocidos el misterio de la nueva aventura que la ocupa ya todas las tardes de casi todas las páginas de su novelita a la medida: seguirle los pasos en silencio a una vieja con el abrigo cansado y anacrónico hasta el final de la línea más desoladora del Metro de París para verificar si fue su madre y descubrir quién es ahora… y quién es ella misma, perdida en la vida de las pocas conocencias, de las mínimas amistades, de los mareos con tos que se alivian en farmacia con el preocupado cuidado de la propia boticaria que no la deja irse sola a casa y la invita a cenar como si se la ligara para compartir ambas los silencios homeopáticos de una pócima silente, un linimento de silencios que no aparecen en la novela porque solo se escuchan en silencio, igual que los posibles quejidos y el aliento de un abrazo que une a Joyita con un joven traductor que la invita de vez en cuando a pasar la noche con él, sin que ella tenga la confianza de revelarle cómo pasa las tardes en busca de su madre y de su propia biografía por las calles de París gris, y las catacumbas con rieles por donde se arrastra el Metro donde viajan incluso los muertos en una brevísima novela de un maestro de la palabra que parece haber logrado descifrar entre los pliegues de los espejos la secreta cara de los desahuciados, el rostro del olvido y el amargo sabor de una pequeña historia que brilla en medio de la noche como si fuera el diminuto diamante que esconde el lagrimal de una niña.

Leer en Milenio

Deja un comentario

Show Buttons
Hide Buttons