Jorge, andante

Vicente Leñero tituló su semblanza de Ibargüengoitia como Los pasos de Jorge, en clara alusión a la novela histórica Los pasos de López, donde Ibargüengoitia bajó del pedestal al cura Hidalgo. El libro de Vicente sobre su amigo Jorge permite hoy festejarle sus 90 años al escritor que sigue tan campante (como Johnny Walker), precisamente por peripatético: cronista andante, novelista viajero del tiempo, cuentista tras el móvil de las tramas y dramaturgo en volandas de cada situación escénica. Jorge, andante, como en la fotografía que le tomó Paulina Lavista cruzando Coyoacán, o el hombre que enamoró a Joy Laville a primera vista con solo cruzar por el jardín central de San Miguel de Allende; Jorge, de relajado flaneur por las calles de París, entre Lauriston y Champs Élysées o por el callejón del Salto del Mono, al pie del Pípila en Guanajuato.

Ibargüengoitia bajo el brazo de todos los lectores, que contraen una deuda impagable de gratitud con carcajada en cada página y en cada párrafo de las crónicas donde comparte bilis e ilumina la imperdonable estulticia de la corrupción crónica. He celebrado sus cuentos como anécdotas verídicas edulcoradas con la savia de la ficción y releo sus crónicas como sabia reflexión de la realidad atemporal sazonada con el sarcasmo irónico para cada ocasión, y, sin saber de teatro, he aplaudido a rabiar sus diálogos y personajes, sus tramas y el mundo que se divide en tres actos. Pero me faltaba poner en tinta la suprema admiración que destilan sus novelas todas, y en particular, Dos crímenes y Las muertas.

De la primera, la perfección hasta en la ingeniería invisible que dejó plasmada en libretas donde enredó la trama de una historia que empieza “la noche en que la policía violó la Constitución”, y se va hilando con el recurrente lamento autobiográfico del Negro, protagonista de un espejo que rebasa los límites geográficos del estado de Plan de Abajo, y va más allá de las escalinatas de Cuévano o el empedrado en Pedrones. De la segunda, a ver quién se opone a declarar que el expediente judicial de las Poquianchis, con el que Ibargüengoitia confeccionó las páginas perfectas de Las muertas, es no solo digno competidor, sino ejemplo superior a la cacareada novela de Truman Capote que conocemos como A sangre fría. A partir del escandaloso hecho prostibulario y ranchero que sacudió la conciencia más allá de Guanajuato, en diferentes idiomas y paisajes, Ibargüengoitia teje un novelón donde todo personaje se vuelve de carne y huesos, diálogos palpables con todo y vaho, más allá de la jerigonza necia de los abogados. Digamos que eso es caminarle a la prosa, andarle por la cara a las ideas y ocurrencias de la memoria o imaginación, y redactar sobre la página en blanco el ánimo o desánimo particular que exige cada historia a narrarse, sea de cuento que quepa de sobremesa, o novela que se lee en un largo viaje de tren; sea la crónica que brinda el periódico sobre la mesa de los cafés, o la breve obra de teatro que platicamos con ansias de detalles y escenarios amueblados.

Ibargüengoitia pasea los parlamentos de sus personajes y anda del brazo de lo que narra, convirtiendo en gerundio las inevitables intolerancias que le provocan los muchos sinsentidos de la sinrazón que nos acompaña, y convierte en tinta la travesía que realizan sus ocurrencias interminables: la nómina de la estupidez cívica o la lista de los monumentos horrendos en plazas que antes fueron amables; el concurso para ver quién es el bañista más espeluznante en las playas vacacionales, y la inconfundible combinación de pantalón verde de terlenka con calcetín amarillo que llevan algunos vecinos de Moroleón en su único tour por las Europas, como mi tío Isaac, quien llegó de Roma mentando que tenían muy abandonada la Monumental Plaza de Toros, pues nunca se enteró que se trataba del Coliseo, o los paraguas que trajo de París como souvenirs creyendo que eran de regalo al verlos colgados como pericos abandonados en la entrada de los hoteles y restaurantes.

De niños, Ibargüengoitia, mi padre y mi tío Santiago jugaban a las travesuras, y a mí se me afigura que en el viaje que han emprendido, en ese trayecto intemporal en el que siguen ya la nube de su respectiva eternidad, se les ve de lejos, abrazados en fila con todos los cuates que se les van uniendo conforme pasa la niebla, aunque por ellos no pase un solo minuto en la caminata feliz donde se van riendo… preparando la siguiente travesura, como otras tantas que ya no queda de otra, salvo leerlas.

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