Jacaranda de invierno

jacaranda-invierno

Cuando Morante de la Puebla decide redefinir el universo con una media verónica hay que llamar a la NASA, guardar gratitud e intentar seguir el ejemplo. Porque se le pegó la gana, José Antonio Morante decidió iniciar una pequeña serenata nocturna con un quite por chicuelinas y, luego, torear a Peregrino por verónicas que el de la ganadería de Teófilo Gómez parecía entender de memoria. Como quien reinventa un quite, Morante toreó por lo que creo recordar se llaman navarras o el auténtico quite de frente por detrás y añadía manguerazos de Villalta y serpentinas como si se festejara a sí mismo. De jacaranda y azabache, vino entonces la epifanía de caminarle a un toro de las tablas a los medios y sincronizar una coreografía de temple perfecto, la coquetería de citar con duende, la lenta transpiración de los muletazos que duran más que un pretexto y la hierática serenidad de quien se sabe de pronto dueño de toda geometría.

Faena de antología en tiempos en que ya es políticamente incorrecto vivirla; faena de espanto de tanta belleza en tiempos del fango y la ignorancia generalizada; tres tiempos de un milagro en esta época de prisas con tanto atasco, tráfico infernal de millones de coches necios y tendidos semivacíos de una fiesta que languidece por obra y gracia de la modernidad de la desidia, la larga instalación de los abusos y corruptelas, y el desencaste generacional que parece insalvable incluso cuando aparece una peregrina confirmación casi inofensiva, allende la bravura de antaño, que permite que alguien toree como los ángeles. Ese alguien que yo mismo cargué a la vera del Guadalquivir, grana y oro, de un abril que ya ni parece recuerdo, y el mismo que de pronto y de perfil parecía Juan Belmonte mirando al horizonte, de jacaranda y azabache, en pleno invierno.

José Antonio Morante de la Puebla del Río, el único capaz de lancear el destino como si alternase hoy mismo con José Gómez Gallito y el mismo que cita de frente, quizá sabiendo que hay un perfil en el que parece Manolo Martínez, no es nadie más que él mismo. Y tanto que no importa si fueron dos orejas o el rabo que exigía la afición y que negó el juez de plaza, quizá por una consideración milimétrica de la espada, que de todo modo fue fulminante en estos tiempos en que censuran imágenes taurinas mas no las violaciones y demás barbaridades del crimen organizado. Censuran los trajes de luces, mas no las sombras opacas de los corruptos y el morbo de tantas banalidades sin apreciar de lejos el parlamento indescriptible, el diálogo sin palabras entre un animal y un hombre vestido de lila en pleno diciembre, círculos y semicírculos de metáforas lentas, de ese párrafo donde se narra el transcurso de toda una vida y el decurso incluso doliente de un silencio que merecemos todos.

Por la maldición de una gripa dejé plantado a uno de mis mejores amigos en la barrera de sol donde presenció el milagro en mi ausencia, sin saber que alguien se plantaba ese mismo día en la Monumental Plaza México como jacaranda en flor en pleno invierno. Era la fiebre la que provocaba la transpiración y la embestida, la calentura de caminar en zapatillas de antaño sobre la arena del hoy incierto, trazando una planimetría absolutamente incomprensible para las demás culturas del mundo, allá donde no se entiende y no se puede creer que un hombre se vista de príncipe durante unas horas y vuelva a su habitación en andas de los demás mortales por haber cuajado una sinfonía contenida en lances con una capa extendida, una franela triangular, el alma en un puño, la sonrisa en los labios.

A contrapelo de la agresiva irracionalidad de los antitaurinos, confirmo que escribir es torear: que sale del túnel de todos los días el cuento o el ensayo que desde el burladero deseo que se condense en poema, y que pasados los primeros lances va cumpliendo incluso la posibilidad de volverse novela; como sea, está en la antesala del arte el dominio de la técnica y la honesta entrega con la que, sin miedos aparentes, se intenta hilar en prosa la mejor manera para narrar una historia que ha de cuajar en inolvidable. Eso hizo Morante de la Puebla, vestido de jacaranda y pasamanería en azabache, el pasado domingo en esta ciudad donde llueven sus calles en morado para pensarla siempre de lejos y mantenerle su mejor recuerdo.

Leer en Milenio

Deja un comentario

Show Buttons
Hide Buttons