Informe contra la eternidad

Informe contra la eternidad

Por una playa sin nombre, donde los poetas no dejan huellas al caminarla, va la sombra de un hombre. Lleva la guayabera negra y mucha prosa sobre los hombros; versos en el tumbao con el que parece arrastrar los pies al son de una rumba que murmura en voz baja. Quienes confunden la eternidad con un vacío se sorprenden con solo leer los libros que este hombre va dejando a la vera de las mareas con párrafos como espuma, en sincronizados oleajes de versos y aforismos encerrados entre puntos suspensivos; libros que se leen con los ojos cerrados porque los párpados de cualquier lector no son capaces de contener tanta agua salada de lágrimas felices o el llanto de los duelos humildes, los amores contrariados, el desahucio de tanto loco.

Eliseo Alberto de Diego y García Marruz engalanaba las páginas de este diario cada jueves, elevando la guinda a una nube inalcanzable para todas las demás palabras que informaban de las noticias del mundo o sustentaban opiniones personales. Su columna era una bocanada semanal de aire fresco, siempre tallada con ingenio e hilada como si no llevara la urgencia de la entrega. Le decíamos Lichi y celebramos hasta el Sol de hoy la inmensidad de su literatura en cada una de sus novelas y en todos los guiones y ensayos largos que publicó al vuelo, y luego en compilaciones, pero olvidamos su oficio de periodista, de orfebre de eso que Juan Villoro llama literatura con prisa y que es nada menos que la prosa polifacética y policromada de las columnas normalmente anidadas en la sección cultural de los diarios, que no necesariamente tienen que ver con la realidad inmediata, con la noticia del momento y optan mejor por el sabor intemporal de la melancolía. Por eso, Lichi camina por una playa de mar tan azul como la saudade que llevaba en la saliva, la isla de Cuba en la palma de su mano, los versos de los inmensos poetas en la piel y esa música que basta insinuarse incluso en silencio para que den ganas de moverse.

Para quienes aún no descubren la abundante geografía de su prosa es de celebrarse la nueva edición de Esther en alguna parte (Alfaguara, 2016), la entrañable confirmación de que la amistad es también un romance, una delicada forma del amor puro que se establece entre dos hombres ante la sombra de una mujer que cada uno atesora a su manera, pero también sería recomendable que todo lector nuevo de Lichi abordara su obra desde el sereno puerto de su Informe contra mí mismo, la conmovedora confesión de una desilusión, el rompimiento íntimo de una conciencia ante la debacle de una utopía tan revolucionaria que llegó incluso a pedirle a uno de sus hijos el informe detallado que podría servir para delatar a su familia como posibles enemigos. Allí está también La eternidad por fin comienza un lunes o La fábula de José, la galardonada Caracol Beach (con la que Eliseo Alberto ganó en 1998 el primer Premio Internacional de Novela Alfaguara) y la hermosa historia que narra El retablo del Conde Eros, todas novelas escritas con tinta de corazón y prosa del alma, todas historias que no se olvidan y que esperan la lectura de los nuevos tanto como de los viejos lectores que volvemos a las letras de Lichi así como lo esperábamos cada jueves en las páginas de este diario, párrafos al vuelo de cada semana que no merecen quedarse en la amnesia y quizá deberían ya pensar en antologarlos tal y como hizo con otras tandas de su prosa periodística en Una noche dentro de la noche, Viento a favor y La vida alcanza.

Contra quien afirme que la eternidad es no más que una alargada forma del olvido, se prolonga intacta la playa intemporal por donde caminan sin dejar huella los poetas que nos hablan en silencio, los amigos que sonríen con la mirada antes de que sus labios murmuren palabras siempre breves y siempre de alivio. Por esa playa ligada al Sol sin sombras camina Lichi en sueños donde reconforta y alienta, y su mirada sigue iluminando las páginas de los libros que escribió y los que recomendó, los versos que cantaba de memoria o que citaba de epígrafe, los cuentos de sobremesa que no llegó a escribir y que algún día han de quedar transcritos, las anécdotas siempre magnificadas por el peso de la gracia, y tanta, si no toda, la música que iba de Mozart a Benny Moré, del gregoriano silencio del infinito respeto que exige la admiración que provoca y el inmarcesible afecto que provoca su recuerdo. No pasa un solo día sin que lo piense con gratitud e, incluso, con ansias de alcanzar su sombra y darle el abrazo que nos debemos ambos.

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