‘Hail’ es ‘Heil’

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Empiezan a sumarse las expresiones más que festivas, no sin baba de esperanzada ira, entre no pocos ciudadanos blancos, caucásicos, más bien arios que se creen puros. Están en su derecho, salvo que les ha dado por izar el brazo derecho en tangente a sus pechos engreídos, chocar los talones y soltar como si nada un “¡Hail Trump!”, como si no supieran que están clonando el saludo siniestro de Tercer Reich, el Cara al Sol del oprobioso fascismo de Franco, el “Viva il Duce!” del más rancio pesar italiano.

Hail es Hail y hay quienes se lo siguen tomando como broma y anécdota de la peor incredulidad, pero deberíamos tomar previsiones desde ayer: ha ganado la elección a la presidencia de Estados Unidos (sin haber obtenido la mayoría del voto popular) un mentiroso, bígamo, envalentonado imbécil, ignorante funcional, abusivo empresario, engañoso millonario, evasor de impuestos, abiertamente racista, sexista… amén de banal, frívolo, hueco, impulsivo y demente. Ha ganado un imbécil que será durante el tiempo que le quede a mano el bastón de mando el Segundo hombre más poderoso sobre la Tierra, pues es evidente que su patrón Vladímir Putin no solo intervino nada veladamente en los enredos electorales que lo llevaron a ganar la elección, sino que además ha bendecido su melena de elote rubio y su piel naranja como Supremo Príncipe del Cristianismo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, que bendice todos los bombardeos de civiles y ciudades en Siria que, de paso, han borrado ya para siempre no solo el camino de Damasco, sino las huellas en la arena del Cristianismo Primitivo.

Así está el fango y quienes saludan como nazis no esconden su júbilo de que cada anuncio de nombramiento de su posible gabinete merece el choque de sus tarros de cerveza rubia como si estuvieran vitoreando a Göhring, Göebbels o Hess en algún tugurio de Múnich, todos de camisas pardas, todos esperanzados en la supremacía racial de su discurso agresivo. Hacía mucho tiempo que no se escuchaba el denigrante insulto de nigger en las calles de Estados Unidos, habiendo sido una palabra de uso común hasta en la literatura decimonónica de Mark Twain, pues la propia población llamada afro-americana había logrado convertir a la palabra como coloquial entre ellos y como verso de hip-hop, pero ahora se ha vuelto a esgrimir como insulto, como señal inequívoca de que una gran parte de la población blanca estadunidense no perdona haber vivido los pasados ocho años bajo una presidencia de un negro en la Casa Blanca.

Estamos al filo del agua y toda precaución será encomiable. De cumplir con la amenaza de una deportación inicial de 3 millones de indocumentados, que en su lenguaje son “ilegales”, el señor Trump tendrá que recurrir a la denuncia ciudadana anónima, al teléfono en pantalla, al Twitter delator o al feis que te acusa de todo, lo cual sería simplemente equiparable a pedirle a todo latino que facilite la operación portando una estrella amarilla (o tricolor) en un pedazo de tela, visible sobre el pecho o el brazo. Es tiempo de espetarle con el debido respeto y directamente a la cara obnubilada de todo güero engreído que la bajeza de sus celebraciones y la bravata de sus amenazas contraviene todo posible sosiego y mancilla toda posible productividad. Los brazos alzados como robótica humana, el paso ganso y la intimidación salival de todos los autoritarios solo conduce a la destrucción gris y apabullante del abismo, atenta contra toda definición de humanidad. Quienes hoy gritan Hail, quizá también ya llevan entre dientes la capsulita del cianuro con la que han de suicidarse una vez confirmado el estrépito de su utopía, los mil u ocho años de su oprobioso plan para pisotear a medio mundo y lo sostengo en tanto —tarde o temprano—llegará la primavera vergonzosa en que descubran que han adulado a un payaso imbécil, mentiroso, plagiario, engañoso empresario, interesado exclusivamente en la ganancia personal que se propuso la muy descabellada idea de vivir en carne propia un reality show que desmitificara y desmantelara el escenario político de Estados Unidos y buena parte del mundo y —low and behold— ya prepara con nuevas amenazas, contradicciones a las anteriores, nombramientos inconcebibles y declaraciones idiotas la más triste ceremonia de toma de posesión presidencial en la historia de Estados Unidos de Norteamérica.

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