Hacerse rosca

Hacerse rosca

Se hace rosca el niñato de brazos cruzados que no puede verbalizar el pretexto o la simple explicación de una verdad: se prometió lo que no se podía cumplir y otros muchos muñequitos ocultos en la Rosca de la República han saqueado ya tanto que simplemente no hay de dónde sacar la lana para pagarle a los bomberos que sofocan los incendios en los mercados pirotécnicos y se hace rosa el imbécil que le puso alfombra roja al más siniestro enemigo de México para renacer como un DiCaprio ya violado por un oso en el cargo honroso de la otrora honrosa Cancillería y se hacen rosca todos los que en el cínico silencio de una cuesta que no han de padecer reinvierten los aguinaldos a plazo fijo mientras llegue un milagro guadalupano que vuelva a convertir el petróleo en oro, el agua en vino y los charcos en pulque de baba revolucionaria.

Se hace rosca el demente intoxicado de desahucios que cree solucionar el problema microeconómico de la gasolina lanzando una paloma de pólvora a una gasolinera anónima y se hace rosca el enloquecido militante que cree solucionar el crucigrama macroeconómico de la oferta y la demanda de las gasolinas del mundo regalando durante unas horas todo el combustible posible, en tanto no se le caiga el paliacate con el que oculta su genial identidad (lo cual lo excluye de su posible candidatura para el próximo Premio Nobel de Economía) y se hace rosca el enjambre enardecido que toma por asalto las principales carreteras del país en una encomiable protesta que le jode la vida a millones de conciudadanos que solo deseaban volver a casa.

Se hacen rosca y bolas todos los paladines de los números que están ahora mismo calculando el inevitable aumento en el precio de los cacahuates como consecuencia de la subida no solo del precio de la gasolina, sino de la luz y de la terlenka para pantalones acampanados y las suelas de zapatos con plataforma y tacón. Se hacen bolas los Mirreyes que no tienen ningún empacho en hacerse rosca con las cuentas pendientes, los salarios caídos, la inflación galopante, la paridad disparada, la deuda prolongada, la desfachatez de las mentiras, la larga lista de prófugos impunes, la cara de descarada, el maquillaje hasta en las frases para saludarse, las corbatas de nudo ancho horrible y la gomina hasta en las cejas. Se hace rosca el analista que intenta cuadrar las cuentas y los cuentos y se hace rosca el empresario voraz que solo espera que le garanticen una consolación tributaria o en efectivo para aplaudir las medidas necesarias y se hace rosca el tripulante del microbús asesino que se para en cualquier esquina para montar rateros en un operativo pactado y se hace rosca el estudiante que ya sabe que plagiando los párrafos de su tesis ha de encauzar la vida académica que le permita hacerse rosca a lo grande.

Se hace rosca el que debe dinero y no tiene la mínima intención de pagarlo y se hace rosca el que pide abiertamente un préstamo sin tener la menor intención de devolverlo y se hace rosca el ingeniero que saca el látigo contra los albañiles que se hacen rosca en las largas horas muertas que les permite la obra demencial de un remedio faraónico que solo sirve para que la ciudad más grande del mundo se haga rosca, inmensa rosca enroscada en el peor tráfico del planeta para llenar a los peatones de un raro polvo como de harina de mierda clara que se empaniza lentamente y se decora con frutos secos para que todos nos hagamos rosca las vías respiratorias y las pupilas dilatadas con lagrimales infectados de polución y parásitos. Se hace rosca el juez que debería tomar su debido turno en rebanar la rosca con el riesgo de toparse con alguno de los muñequitos prófugos que se han escondido allí justo al lado del acitrón de los gobernadores prójimos que han robado a manos llenas y se quedan de brazos cruzados embadurnados en la masa esponjosa de la burla y el cinismo con los que todos nos vamos haciendo rosca sin que nadie quiera de veras sacarse el muñeco intacto, incólume, inmaculadamente blanco con el que la triste realidad nos recuerda que los Magos Reyes traían —junto con una muestra simbólica de oro puro y una varas de incienso efímero— la mirra que sirve para curar heridas sangrantes, laceraciones latentes y hematomas profundos como los que provoca la crucifixión de todos los días para millones de pobres y enfermos, niños y ancianos que no merecen amanecer en este pesebre.

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