Hablaba en silencio

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Autorretrato de Juan Rulfo en el Nevado de Toluca, década de 1940. FUNDACIÓN JUAN RULFO

Juan Rulfo vivía en una calle que hoy debería llevar su nombre, en aquel entonces bautizada en honor de un compositor y, luego, rebautizada para un Papa. El que escribía de murmullos y sombras en llanos interminables caminaba por la Ciudad de México de su casa al escritorio que ocupaba en las oficinas de un instituto indigenista y se le podía ver cruzar Revolución de ida y vuelta como si fuera metáfora. De vez en cuando, pasaba por la librería-cafetería El Juglar y allí se me concedió hablar con él una memorable tarde donde consta que hablaba bajito, con un arrastre salivoso y callado que parecía acompasar el peso de cada palabra.

Creo que no pocos suscribirán que era buen oyente de la sandez ajena con no pocos visos de parsimoniosa paciencia y que formulaba interrogaciones con un halo de sinceridad por saber del Otro, aunque tratándose de comentarios o preguntas sobre sus dos libros subrayaba que en realidad le tenían sin cuidado la avalancha de teorías que el mundo entero podría espetarle, considerando que habían pasado ya por lo menos tres décadas desde que había cuajado la perfección en una sola novela y el elevado palmarés de prosa concisa y contundente en un ramo de cuentos: y así era capaz de alargar una plática con preguntas prácticas y acotar una charla con breves anécdotas como ejemplos siempre en abono del oyente, cortesía de sobremesa y entrañables maneras.

En entrevistas ya congeladas en blanco y negro y recuerdos a todo color de sus raras apariciones públicas se puede confirmar que miente quien afirme que Rulfo era hosco, intolerante o intratable, pues negaría la presencia palpable de un escritor que soñaba en tinta y un hombre cuya literatura le permitía hablar en silencio.

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