‘Gabo forever’

Se cumplen setenta años de que un joven periodista desconocido publicara su primer cuento en las mismas páginas del periódico donde se desvivía en fervorosas crónicas que evitaban caer en los excesos de la ficción, y se cumplen los primeros cincuenta años que narran el siglo entero de desventuras y maravillas de toda una estirpe condenada a vivir ya para siempre sobre la piel del mundo, así sea en perfecta soledad. Me temo que no podré asistir al centenario de la publicación de Cien años de soledad, y supongo que dentro de quinientos años aún habrá festejos en torno a por lo menos una novela de Miguel de Cervantes y no pocos versos o parlamentos de William Shakespeare, pero lo que sí puedo garantizar sin el menor temor a equivocarme es que, así pasen mil años, se seguirán leyendo las páginas de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

Escribo estas líneas al filo del llamado Parque Bolívar, donde la estatua en bronce del Libertador hace sombra a las asquerosas legiones de ratas como liebres que duermen en los matorrales y en las ramas de sus árboles como ardillas voladoras. En una banca de esta placita durmió García Márquez su primera noche en Cartagena, recién llegado del Bogotazo que encendió no pocos horrores de Colombia, y en las prensas y linotipos
de esta ciudad amurallada se forjó la profesión de periodista profesional, siendo ya quizá el novelista universal que habría de conquistarnos a todos más allá de sus andanzas en la prensa colombiana. Así pasen los siglos seguirá jugándose el maravilloso sortilegio de una Literatura entera donde Aracataca se cree Macondo, y así todos los pueblos que llevamos grabados en cada una de las biografías de nuestra personal memoria: toda abuela se vuelve Mamá Grande, toda prima bella vuela como Remedios por los aires en sábanas, no falta un José Arcadio en la trastienda de las familias entrañables y todos ansiamos milagros que saca Melquíades de su chistera cada vez que viene a visitarnos.

Año con año, desde hace un lustro, los becarios de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano conviven en coloquio en abono no solo de sus respectivas e incipientes carreras profesionales, sino para apuntalar su vocación convencida de escritores. No exentos de la tentación de la ficción, todos abrevan del Gabo que supo aprovechar como lince las herramientas del cuento y los trapecios de la novela para beneficio de sus ensayos breves, sus crónicas puntuales, sus reportajes en volandas y sus entrevistas casi musicales, donde rompe la tediosa asepsia de la prosa sin sazón con el milagro de saber salpicar las palabras con medidas dosis de poesía. Los quince becarios caminan en coloquio con los consejos y experiencia de distinguidos Maestros con Mayúscula: Jonathan Levi, que es capaz de narrar como ópera de Verdi las maravillas del mundo; Héctor Feliciano, que en tres idiomas merecería ser declarado Cronista del Caribe; Taiye Selasi, diosa afropolitana que escribe con la precisión de una sonrisa, y el indefinible Daniel Samper, periodista de la ponderación por humor y novelista de pretéritos que reinventa como restauración arquitectónica. Todos a una dedicaron sus tutorías a la repentina y lamentable ausencia del gran Miguel Ángel Bastenier, tutor en otras ediciones y arcángel participativo de todo lo que se hace en abono de lo que García Márquez bautizó como el mejor oficio del mundo.

De aquí la encomiable labor y admirable organización de Jaime Abello Banfi y su cuadrilla de colaboradores que hacen posible el milagro diario de una casas de letras resguardada en el relicario de piedra que es Cartagena a la vera del mar; una casa de libretas de reportajes al vuelo en medio del enredado platanal del mundo, papel periódico como plumas de ave, lentes de lupas y telescopios estelares como herramientas en préstamo para todos los aspirantes a una constante mejoría en eso que llaman periodismo, tan mancillado por los corruptos que mienten sobre los hechos y los mandamases de la tiranía de la posverdad. ¡Gabo Forever! en la callada sombra de las calles estrechas de Cartagena y en todos los caminos de la costa colombiana, en los foros de los cachacos y en los jardines de Medellín, en los tinticos de Pereira y la Cali que no conozco. ¡Gabo forever! en la lectura pendiente que han de volver a realizar los que lo conocieron en vida y en la lectura futura del próximo primer lector que no sabe aún quién diablos es Aureliano Buendía o del aroma de almendras amargas que suele transpirar el enrevesado destino de los amores contrariados.

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