Gabo, el oficio del detective y la pluma del poeta

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El escritor Gabriel García Márquez, el 6 de marzo de 2014, en Ciudad de México, cuando cumplió 87 años. EDUARDO VERDUGO (AP)

Gabriel José de la Concordia García Márquez, que vino al mundo hace noventa años, llegó para contar las historias que heredó, narrar los paisajes y pasajes que vivió, sonreír el hablar pausado que parecía de versos, bailar vallenatos como si planeara por la nubes con las manos bajas extendidas y cantar boleros con los amigos en una liturgia que se improvisaba con cada sobremesa. Gabo se extiende en el amor infatigable de Mercedes y en el brillo entrañable de los ojos de sus hijos y las miradas de sus nietos que son sonrisas, incluso cuando los he visto tristes; Gabo se multiplica en los millones de lectores que siguen conversando con sus páginas en silencio, sincronizando sus propias biografías con cada párrafo que se abre como enredadera de verdes hojas, en generosa selva de su prosa y, sí, tenía toda la razón Eliseo Alberto cuando pronosticó que dentro de quinientos años no sabemos bien a bien quién leerá el Quijote aquilatando sus palabras añejas, mientras que consta que así pasen mil años habrá no pocos lectores que entiendan perfectamente —en cualquier tipo de plataforma, idioma o dialecto— las palabras como flores de Gabriel García Márquez.

Gabo es mucho más que las mariposas amarillas que le siguen la cabellera a sus personajes o los enredos inolvidables de los amores contrariados: es en sí mismo una Literatura como mayúsculas, que ha de leerse con la sabia saliva de los murmullos y la conversación en voz baja, entre las sabanas de un insomnio quizá compartido y el largo paseo de toda una vida para rememorar lo que aún no se inventaba. Gabo es el periodista en persecución del arte del hecho, con el oficio de detective y la pluma del poeta, que no precisa poner en versos lo que le cabe en un párrafo urgente; con la adrenalina de lo efímero, narrar para que la memoria no lo olvide y apuntalarlo todo con el sazón artístico de la metáfora precisa, tan aguda que no recurre a la exageración del adjetivo, sino a la descripción exacta y así, como periodista, Gabo convirtió en novela el naufragio de un hombre cuya crónica ya había sido narrada mecánicamente por otros reporteros, y elevó a rango de las bellas artes el maquinazo sobre el acordeón, para rellenar un hueco en la página ocho de un diario condenado a volverse papel amarillo en los archivos.

Gabo es el cuentista que nos enseña a todos la suprema importancia de saber describir todo lo escrito que le sobra a la trama en su nudo, a los personajes en su perfil y al planteamiento en su contundente convicción instantánea y por ello, Gabo es el novelista que desenreda sobre una navegación de largo aliento todas las palabras que han de deshilarse para que todos los personajes se vuelvan palpables, creíbles en el espejo de su prosa con todas sus aventuras y travesías perfectamente constatables en la flor de sus respectivos finales. Pero Gabo es también el generoso lector del mundo, que se obsesionaba con los guiones de las historias visuales, tanto como se hipnotizaba con los hombres que desde el parapeto del poder intentaban sortear el engañoso rasero de intentar gobernar a los demás, o a los demonios de sí mismos o las dimensiones invisibles del mundo o el mercado.

El hombre que llegó al mundo hace noventa años ha de permanecer intacto en el recuerdo del lector que hoy mismo lo descubra por primera vez y en la bitácora de la inmensa gratitud que le guardan quienes ya lo venían leyendo desde hace más de medio siglo, con sus historias ensortijadas como peces de plata derretida que se vuelve a coagular a la siguiente lectura. Es el hombre que confesó escribir para que sus amigos lo quisieran más cada día y que evadió la banalidad de las mentiras para convertir en verdad toda fábula legible y es el hombre cariñoso que abrazaba con afecto incuestionable y procuraba ayudar sin condiciones a quienes buscaban orientación en tinta. Es el hombre ya sin tiempo que conquistó al mundo con la imaginación de su memoria y el recuerdo genial de sus inventos: la constancia del mundo alrededor de la vista y la invención de todos los mundos que solo se ven cuando se leen, o al cerrar los ojos con las yemas de los dedos sobre el renglón que parece moverse con cada sílaba —en cualquier idioma— para recorrer el páramo de todas sus páginas. Es el hombre que hoy cumple noventa años en el recuerdo de un siglo que le espera ya mañana para seguir celebrando todo lo que cuenta por haber venido a este mundo.

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