Extraña ciudad entrañable

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Iluminación navideña de la Gran Vía. CLAUDIO ÁLVAREZ

Extraña ciudad, iluminada por las fiestas, que reduce la cintura de su Gran Vía al reducir como en corsé los carriles de su circulación sanguínea; extraña capital de una piel de toro extendida sobre varias lenguas, rompeolas de todas las Españas que caben en la palma de la mano de quien sueña que camina por Recoletos hacia el encuentro de un recuerdo intacto y extraña villa entrañable que se cobija por las mañanas con un vaho comunitario de calorcitos de cafetín con fríos de la madrugada que se extiende en la desmañada mirada del quiosquero que recibe los primeros ejemplares de un diario recién horneado.

Extraña metrópolis que se maquilla de noche entre las esferas luminosas de los niños que sueñan con la llegada de tres reyes sabios y entrañable ciudad de las calles estrechas y tejados ocres, helados por los versos de los poetas que vuelven por estas fechas como fantasmas en busca de una colación que los alivie del olvido. Entrañable partitura de una ciudad intemporal que se atasca con las falsas rebajas de tantas compras obligatorias cuando en realidad basta un mazapán compartido y un abrazo a la mitad del paso de cebra para sellar otro año de buenos deseos. Extraña España entrañable de quienes se desean los mejores futuros posibles al margen de la engañosa verborrea de los políticos y la falsa utopía de los legionarios belgas, España extraña que a veces opta por olvidar los villancicos por las canciones de navidades inglesas y entrañable parcela de inmensa geografía alfombrada de pináceas y madroños que extienden sus ramas como dedos hasta tocar los enredados nudos de los árboles en Burgos o las palmeras que se carcajean en Alicante a la vera del mar y Madrid cacariza con las aceras de cuadritos y callejones que se funden en un punto de fuga a pocas calles donde una luz parece iluminar como vela el monólogo del insomne que la recorre a miles de kilómetros de distancia, en otro frío y a tantas millas náuticas sobre el inmenso océano que parece reptar hacia Madrid cuando le llaman Tajo en Toledo como arruga en las manos de quien la busca desde lejos en los edificios que se le parecen y en las postales acuareleables de la memoria más íntima.

Madrid entrañable que se te extraña en el habla de las aves que amanecen confundidas en las plazas y en los viejos bulevares en sepia; en las prisas por encontrar la cuadratura de un obsequio secreto o la línea de prosa helada con la que alguien intenta recordarle al mundo que se vive Madrid de lejos, incluso en las noches de pesados acentos ajenos cuando los párpados se velan como telones para que nadie olvida que Madrid es una entrañable ciudad que se extraña.

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