Estruendoso silencio

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Imagino el instante: una alargada mano con solo tres dedos como fideos y un pulgar como alcayata apaga la pequeña pantalla plana y el hombre de la silla endereza su cabeza por primera vez en siglos. Un alargado cráneo ovoide, alopésico brillante, estrábico y poco miope, le reconoce la voz al hombre que vuelve a hablar sin micrófono. Todo flota en medio de una luz indescriptible; lo que se escucha es un silencio apabullante, ensordecedor… sinfónico. En medio de la Nada con mayúscula, sobre un infinito terciopelo negro, el hombre que se levanta finalmente de la silla toca con las yemas de sus dedos la piel de una estrella y en sus lentes como visor desfilan todos los dígitos de la secreta cifra con la que él mismo codificó el Universo. El hombre que calculó el principio del tiempo confirma el sendero de su propia eternidad.

Imagino que dentro de dos mil cuatrocientos cuarenta y siete años se publique sensorialmente la revelación de que esa estrella que se contempla —por ahora— en planetarios cibernéticos se llamó en vida Stephen Hawking y que los elongados cráneos del futuro memoricen la callada grandeza de su lucidez, que se reconozca su voz sin voz en el momento exacto en que descubre que el principio de Todo fue una inmensa explosión o implosión que multiplicó todas las galaxias y fragmentó en milésimas las miles de millones de partículas con las que empezó el devenir de una partitura invisible. El hombre que parecía frágil escucha desde entonces la música perfecta de un clavecín sin siglos sobre el lienzo al óleo de un juego de espejos y recorre el pasillo interminable donde unos duendes azules brincan sobre un campo de fresas psicodélicas. El hombre mira pasar los rostros de todos los Justos y el abismo insufrible donde se queman las órbitas de los ojos de todos los villanos habidos y por haber. Más allá hay siete círculos que rodean una inmensa esfera tres veces más grande que el planeta que llamamos Tierra cuando en realidad debería llamarse Agua y en un rincón iluminado por un gas dulce se abren las puertas de la biblioteca donde se alinean todos los libros de todas las lenguas y todos los tamaños en todas las tipografías posibles.

Imagino que podrían transcurrir diez mil millones de siglos en el instante en que Alguien esboce una sonrisa que clona la boca torcida del sabio capaz de reírse de sí mismo, el que aparecía en dibujos animados de seres amarillos y corrigió las fórmulas del Dr. Sheldon Cooper. Ese hombre que levitaba por encima del resto de los mortales sobre una silla galáctica tuvo a bien explicar lo incomprensible y describir lo impalpable, calculó lo inmarcesible y sobrellevó con guiños las preguntas de millones de insomnes que han perdido la mirada en la contemplación ilimitada del espacio. Ese hombre abrió la ventana del conocimiento inquieto hacia el páramo en llamas del silencio más absoluto y consta ahora que abre los brazos como alas en un desprendimiento lentísimo sin el ancla de gravedad alguna; ha de flotar en la lectura con o sin tintas de los miles de lectores que mantienen el mismo asombro ya para siempre ante el fulgor generoso de una mente expansiva, un cráneo que clona milimétricamente el mapa a escala de la Vía Láctea donde Todo con mayúscula, absolutamente Todo se disuelve lánguidamente en una Nada entrañable como cómodo pesebre de un hogar improvisado.

Imagino que hay miles de lectores por venir que no entienden los párrafos de Hawking donde explica el Big Bang o la Historia del Tiempo y otros, que no solo los entienden sino que ya se han apuntado a la presentación de su próximo libro: será en una superficie tersa como página de papel Fabriano, oscilante en medio de un escenario con brillantes; será la noche más larga de todos los tiempos y su voz hablará en coros de millones de voces condensadas en un raro sonido que parece música. Será la noche de la admiración incontenible y la gratitud interminable que aplaude desde un instante lejano la sabia curiosidad insaciable de un hombre que sobrevoló entre nosotros con los hilos invisibles del Universo como telaraña en una esquina soleada la tarde en que el niño interrumpió alguno de su juegos para simplemente detenerse a pensar.

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