Ese detective que —a veces— somos

detective

Cada cuatro años surgen inesperados expertos en pértiga, catedráticos del waterpolo o sabios de cien metros planos y jueces extraoficiales del cuádruple salto con torniquete hawaiano desde el trampolín de tres metros. La afición al futbol refleja cada semana este síndrome olímpico que podríamos llamar el Bello Arte de Ser Juez sin ser Parte, que nos da oportunidad de cumplir con la dieta de Michael Phelps sin tener que sudar en balnearios sobrepoblados, vestir leotardos pegados al torso sin bajar de la talla XXXL e impresionar a los vecinos con esas coquetísimas pincitas en la nariz y el simpático gorrito de hule con los que sincronizamos nuestra propia sombra al colgar las sábanas en la azotea. Amigos y parientes, desconocidos y dementes, e incluso funcionarios corruptos que dizque velan por los intereses del deporte, caen en ponderaciones banales fardando el contagio como si de veras supieran de esgrima o el peso exacto de las jabalinas.

Por lo mismo, de un tiempo a la fecha se percibe una epidemia de expertos en criminalística minuciosa e investigación detectivesca que se debe quizá a la ausencia de glorias deportivas, pues las páginas de los periódicos y las pantallas de los noticieros no logran amainar el alud de noticias sangrientas, secuestros en serie, narcoleyendas a manos llenas y desahucios constantes que provocan la olímpica reacción de taxistas como instantáneos Sherlock Holmes, comadritas del chisme dominguero convertidas en Miss Marple, Peter Pérez en Peralvillo y todo mundo que lanza fantásticas teorías de la conspiración, improbados escenarios sin levantamiento de huellas y asombrosas conclusiones metaliterarias. La convivencia constante con el crimen genera el arte del mutismo absoluto como recurso de negación o el íntimo arte del detective privado, tan privado que no sale de las sobremesas el entramado de sus pesquisas. Un arte que encierra una privada forma de la redención colectiva.

Conviene evocar entonces al gran Raymond Chandler, genial autor de joyas de la novela negra, que en su ensayo “El simple arte del asesinato” asegura que el verdadero detective es quien deambula por las peligrosas calles, sin miedo y sin mancha. Un héroe y un todo, un hombre completo e inusual: hombre de honor “por instinto e inevitablemente, sin pensar en ello ni mucho menos mentarlo. Debe de ser el mejor hombre en su mundo y lo suficientemente bueno para cualesquier mundo (…) Ni eunuco ni sátiro; creo que podría seducir a una duquesa y casi seguro de que no abusaría de una virgen. Si es un hombre de honor, lo será en todo”.

Prosigue Chandler en su perfil, asentando que el verdadero detective es un hombre pobre (o no sería detective), común y corriente (o no podría mezclarse con la gente común y corriente), “hombre solitario (…) que habla con rudo ingenio, un sentido vivaz de lo grotesco, desprecio por el engaño y resquemor ante la vil pequeñez”. Según Chandler, la aventura del detective al que aspiramos ser todos estriba en la búsqueda de una verdad oculta, y esa travesía con todas sus peripecias y peligros exige un ancho espectro de asombrosa atención y conocimiento de causa, resignación ante los efectos y asimilación de consecuencias que permiten —de haber suficientes detectives de verdad— que “el mundo sería un lugar mucho más seguro para vivir, sin convertirse en demasiado aburrido como para que no valiera la pena vivir en él”. Luego entonces, hablemos de volibol o de los entramados de la corrupción entre funcionarios del deporte, del precio del kilo de guayaba y de las distancias del lanzamiento de bala o de la cotidiana lluvia de balas que nos llueven sobre México, pero intentando encarnar el sutil arte del detective con lupa, el analista que va de la deducción a la inducción, el callado testigo que mira incluso lo invisible con el recurso infalible del silencio.

Leer en Milenio

Show Buttons
Hide Buttons