Equis en Madrid

mexico-madrid

Despeja la equis en la fórmula secreta de la felicidad y confirmas en la bruma que se trata de algo eternamente efímero, instante permanente, quizá no más que un abrazo. Marca con la equis todo aquello que te llena de vida y harás el mapa de una isla desierta donde una mínima señal indica el tesoro de toda una vida. Aléjate y recordarás que México se escribe con equis, por el cruce de tantos enredos inexplicables y porque se nos da la chingada gana: pronunciamos Xochimilco con una “ese” invisible y Examen como romanos, pero que no nos despeinen la Equis del nombre propio, el ceño fruncido de la marca que nos puso en la frente Alfonso Reyes y así, malhaya quien pronuncie Texas sin el sonido de la jota y bienvenida la inicial personal en el corazón del nombre del país que se vive ahora de lejos.

Gracias a un esfuerzo encomiable de la Embajada de México en España y el Instituto de México, ronda por las noches de Madrid el milagro invaluable de poder cantar entre amigos, reír a carcajadas habiendo salido hace unos días y por enésima vez de las faldas de un abismo. La voz inmarcesible de Hernán Bravo Varela, el talento musical de Guillermo Zapata —conocido como El Caudillo del Son— y el inmenso Juan Villoro arman un milagro que se llama “El Mariachi, mi madre y otras especies protegidas”, que debería filmarse y proyectarse como deleite obligatorio en todas las preparatorias de México. Es un cuento leído por uno de los mejores cuentistas que escribe en español, y es también un ramo de crónicas breves que honran su estatura semanal y el ingenio que heredamos de Ibargüengoitia y de todas las equis que despejamos cuando confirmamos que la prosa es terapéutica, pero es también la voz de Hernán, ese poeta y ensayista que canta como quien llora a gotas, el que alarga las notas como suspiros de un alma entrañable y se va cuadriculando sin verse el arreglo atinado, el tono sincronizado con los que el Caudillo del Son agrega la armonía de una segunda voz, el guiño de un arpegio y la sonrisa satisfecha cuando vuelve el silencio… Y sigue la voz de los párrafos, de ese gigante llamado Villoro que nos hace reír en la misma línea que ha soltado una profunda reflexión nada menos sobre eso que llaman “el alma de México”, el país increíble que habitamos con el corazón en la mano estemos dónde estemos, de lejos en la memoria, de cerca en la imaginación o al revés, como en la equis con la que se escribe ese paisaje que a veces confundimos en otros climas. Todo esto en el Teatro Español de la Plaza de Santa Ana, que fuera Corral de Comedias desde el siglo XVI y epicentro de las vidas de Lope de Vega, Cervantes, Calderón y hasta Quevedo. Nada menos y nada más.

Que otros propongan el Festival Albania se escribe con hache, Hungría es la muda y Perú, un diptongo, pero nosotros celebramos que México se escriba con equis no por el sonido de su pronunciación; es decir, no de oídas, sino porque consta que llevamos la equis en el alma, en la duda constante que resolvemos todos los días, la incertidumbre de todo nuestro convencimiento, el hartazgo de nuestras injusticias, la incredulidad ante la cíclica imbecilidad de los gobernantes, la reprobación ante tanta corrupción, pero también el marcador incierto del próximo partido de la selección o la carretera que debemos tomar allí donde no llega la señal de GPS. La equis con la que tachamos en la agenda los días que pensamos simplemente no vivir o la fecha de un aniversario que ya no precisa celebración; la equis con la que borramos de la lista a quienes habitarán mejor el olvido y la misma con la que quedan elegidos los pocos amigos con los que sabemos que, así pasen los años, mantenemos una conversación intacta, una sobremesa entrañable como si fuera tertulia en una casa que llegamos a poseer entre todos.

Dicen que Villoro narra mientras anda como quien vuela por su altura, y que el Caudillo va tarareando canciones nulas como si fueran inmortales. Dicen que Hernán Bravo Varela en realidad no necesita cantar para que se vayan derritiendo las paredes como miradas de edificios hermosos y las calles como alfombras de claveles. Dicen que me han visto por estos días caminando como quien flota… efectivamente, porque mi corazón resucita cuando sabe que no solo canta a solas.

Leer en Milenio

Deja un comentario

Show Buttons
Hide Buttons