Epicentro

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Miembros de un grupo de rescate se abrazan tras sonar la alerta sísmica este sábado en Ciudad de México. RONALDO SCHEMIDT (AFP)

Dicen que las alarmas sísmicas no llegan a sonar cuando el epicentro de los terremotos es demasiado cercano al corazón de la Ciudad de México. También fallan por azar y anuncian temblores inexistentes. Todo eso que suena a metáfora o invento se aplica una vez más a la vida de México: la reverberación oscilatoria o trepidante de sus desgracias y de la destrucción es inversamente proporcional al alud multitudinario de la solidaridad instantánea y sí, de lejos se siente demasiado cerca toda la emoción y el dolor, las miles de manos que se entrelazan hasta el día de hoy para llevar en cadena agua potable en medio de un aguacero, mismas manos que a los pocos minutos del terremoto empezaron a remover piedra por piedra los escombros que esconden vidas… y muertos.

Treinta y dos años después, una semana después y segundos inmediatamente después de otro 19 de septiembre la noticia voló de casa en casa, de calle en calle y de un mundo a los otros: en 1985 dependíamos de lo que se decía de boca en boca, frágiles líneas invisibles de radioaficionados y una nueva generación de mexicanos tomaron las calles conjugando quizá por primera vez la palabra solidaridad y el término sociedad civil; hoy, son hijos y nietos de los antiguos damnificados, sobrevivientes y testigos del 85, los que han demostrado la mejor humanidad entrañable, el cansancio desinteresado y un callado idioma que se habla con las manos con el puño cerrado para los silencios o acaso un verso callado.

Por encima de la confusión y la desinformación, las querellas de los nervios y los inventos de la ilusión, la esperanza está en los hechos; por encima de las distancias de antaño, el mundo que ayuda está incluso más cerca de lo que registran los sismógrafos: hoy en japonés, hebreo y alemán hay hombres y perros que clonan la escena de hace tres décadas donde soldados norteamericanos hacían fila junto con soldados soviéticos y en medio un contingente de cubanos para intentar aliviar la desesperada adrenalina con la que se sumaban más y más edificios derrumbados y habitantes aplastados.

Hoy que todo teléfono se vuelve periscopio en tiempo real de todo lo que le queda a la vista, no pasaron muchos minutos antes de que se esparciera por todo el mundo la imagen de la Ciudad de México moteada por polvaredas y explosiones aleatorias de gas. Desde la torre de quién sabe dónde, sobre la calle de quién sabe quién en la esquina de no me acuerdo llovían videos y fotografías que contagiaban el miedo y, poco a poco, el encomiable ejemplo de la ayuda como marea: los centros de acopio rebosantes de hormigas en fila, las calles codo con codo, la coordinación en medio del caos… y también, las falsas noticias, las ganas de un protagonismo innecesario y la espuma infaltable de la delincuencia.

Los días se prolongan ahora con una lentitud de eternidad y los recuerdos de remotos terremotos se agolpan al instante; los aldeanos globales comparten imágenes, peticiones, quejas y avisos con una velocidad que rebasa las prisas de cualquier reportero y los cronistas han intentado redactar con mesura y precisión a contrapelo del mero informador que sólo repite sonsonetes, incluso falsos. Con todo, son las ganas de contar lo que se ve y lo que se siente a pocos metros de donde una fila de insomnes logra sacar de entre las ruinas a una anciana con vida o el silencio que impone cualesquiera de los heroicos perros que parecen mirar a través del cemento con el poder de su olfato.

Hablo de arcángeles que suman horas en cada cubeta de escombros con la que van aligerando la inmensa lápida de los edificios derrumbados, las miles de manos morenas y blancas que se entrelazan sin distinción en el acomodo de todo el alivio que llega a los centros de acopio. Hablo de las escuelas que se salvaron quizá por el simulacro que acababan de realizar apenas unas horas antes de la sacudida como conmemoración del otro sismo y de todos los temblores; hablo también del abuso descarado y la criminal desfachatez de quienes autorizaron y quienes construyeron tanto edificio endeble, ahorrándose vigas y soportes como abono para el abuso y la usura; hablo de las bandas innombrables de rateros que han asaltado coches en fila y los se han modernizado con la invención de falsas páginas en el ciberespacio para la extorsión y los que se disfrazan de peritos para poder robar lo que les queda a mano en casas incautas donde supuestamente entran a revisar los techos.

Hablo de los Estados de Puebla, Chiapas y Oaxaca y todos los lugares lejanos del epicentro o con sus propios epicentros de dolor y destrucción, lejos de la Ciudad de México que a menudo se confunde con país y hablo de la muy honrosa mayoría por encima de los políticos; la polis trae tapabocas, los politicastros no paran de hablar; la polis se empolva bajo la lluvia, los politicastros se maquillan para pasear entre escombros ya barridos; la polis no descansa, no se cansa… nunca olvida.

Los periodistas de veras mueren en México o por lo menos, les va la vida misma en el intento. Hablo de los que han salido a narrar las historias que luego se suben a las páginas con comillas y no las meras inferencias o repeticiones de escenas inverificables. Los que han traducido en párrafos las respectivas liturgias de los topos centroamericanos, el cuerno de chivo que no es rifle de un contingente israelí que abre con ello las puertas del cielo, la estatura de los alemanes y las oraciones de albañiles mexicanos que llevan días con la piel encalada incluso bajo la lluvia, los hipsters y millennials que por hoy dejaron de lado sus telefonitos, las miles de mujeres en casas y hombres en la calle que procuran no estorbar o entregar algo que sirva de algo, ese algo para alguien que sustenta la crónica heterodoxa de los millones de mexicanos que no pueden poner en palabras el recurrente apocalipsis, el hartazgo acumulado sacudido de pronto por la impredecible trama de la naturaleza. Aquí mismo los nombres y apellidos de quienes han desaparecido y por allá la ruta abierta de las ambulancias que llevan con prisa a los recién rescatados; el error común e inocente de llamar rescatados a los cadáveres, las ganas de aplaudir en cuanto se vive un milagro, las ganas de cantar para que se oigan los sepultados que allá arriba, allá afuera, hay voces que van limpiando todo el naufragio que los sepultó. El azar de las magnitudes, la duración de los movimientos, la reverberación de las secuelas, el azar en el que vivimos.

Las réplicas de un sismo en realidad no cesan y se convierten luego en reclamo social y en motivos reales para un cambio. De todo esto, como si volara un ángel de oro, se ha de levantar México entero: muy probablemente, con una reconstrucción ejemplar de gran participación ciudadana y de una coherencia polifacética que ningún partido político ni mucho menos político con corbata o aspiraciones necias podrá desvirtuar o desviar. La crónica de lejos va hilando hora por hora la admirable solidaridad del pueblo de México y el incansable afán por pelearle a la muerte cada una de sus guadañas; incluso el invento de la mentira abreva de la esperanza intangible y la niña invisible que hasta nombre tenía no fue más que una más de las inverificables huellas de lo inverosímil, mas no imposible. Algo que conoce bien la saliva de México.

Lo sabemos todos: lo que importa es que las máquinas pesadas no arañen escombros hasta que no quede indicio probable de vida sumergida; lo que importa es que la ayuda y las donaciones no se limiten a la presente quincena de nuestro interés sin distracciones y que los heridos, damnificados y desplazados encuentren rápida y efectiva resurrección; lo importante es abrazar a los deudos y agradecer a las legiones de rescatistas, enfermeros, médicos y paramédicos; lo importante son los peritos profesionales que han de verificar si miles de edificios y casas son o no habitables aún… lo importante es que los círculos concéntricos de un sismo son también metáfora cardíaca: si en esta crónica no suena la alarma será porque todo esto está tan cerca del corazón.

Leer en El País

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