Enredos de caballero con rosa y libro

jorge f. hernandez caballero

Por negar la existencia del dragón excluyen del santoral al caballero andante, lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor llamado San Jorge de la Mancha Tipográfica, sin ponderar que se trata de una metáfora infinita, utilísima para sortear los peligros de la vida diaria. Por una precisión cronométrica han negado que William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra murieran el mismo día sin importar la diferencia de calendarios, precisamente en día de San Jorge, siendo así los tres caballeros, cruzados sus pechos con las aspas en rojo como pétalos de la rosa que es la misma para cada abril y siempre que se escenifique la discreta batalla de la pluma en ristre garigoleando en tinta la historia que hila los cuentos que dan sentido al paso de todos los tiempos.

Barroco aparte, es nada menos que conmovedor confirmar que por estos días aumenta por lo menos en España la venta de libros, ese maravilloso invento en papel sin pilas ni bocinas que permite el diálogo callado entre un autor distante en tiempo o espacio, vivo o ya siglos muerto, con el primer lector que decida hilar hoy mismo con su vista el circulo que completa todas las escenas y todos los nombres que forman las palabras ante sus ojos. Le llaman lectura y es el mejor homenaje para quienes desvelan las noches sin horas y caminan las calles sin rumbo, abriendo paisajes al azar e hilando palabras con ideas.

Desconozco qué tantos lectores cumplan la callada obligación de celebrar por un día el ritual que debería fincarse para todos los demás días del año: abrir las páginas donde murmuran los sonetos del bardo nacido en Stratford sobre el río Avon o los entremeses que pergeñaba el escritor de un solo brazo que nació en Alcalá de Henares, pero consta que por lo menos por el pretexto (eso que rodea o antecede al texto mismo) se contagia entre lectores veteranos y noveles el sencillo afán por contemplar a la rosa de toda prosa como quien palpa pétalos como labios o párpados como versos de toda ensoñación que merezca ocupar la misma almohada donde hubo en algún ayer de madrugada la ligera tormenta de una cabellera dormida., aunque así pasen más siglos como días en que seguiremos con asombro el eterno abril donde descubran más papeles firmados por Shakespeare y nuevos guiños o garabatos al margen de esa novela infinita que llamamos Quijote, sin que conste que todos los que la citan la lean. Poco importa todo esto si al amanecer vuelve la voz de una Dulcinea fugaz o la sombra verde aunque invisible de un nuevo dragón a vencer.

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