En medio de la Nada

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Uno está en medio de la Nada (con mayúscula), sea ante la suprema majestad de un bosque inalcanzable o en medio del apabullante silencio de los edificios hechos con espejos; uno deambula en el silencio entrañable de las secretas voces interiores o camina entre el ruido polifónico de las calles en hervidero; uno va leyendo las líneas de los párrafos que parece hablarnos directamente a la conciencia, o bien intenta escribir la hilera de palabras que logren la historia que solo puede ser contada al inventarse. Uno va traduciendo en sílabas los nombres de las cosas y de los personajes que hablaron en un ayer que parece neblina, el sabor de la primera naranja agria y la pesada sensación del enésimo insomnio… una va imaginando el sonido de los calores en otras lenguas, el ritmo que trastoca a los versos que escribe una mujer en portugués, o los largos llanos nevados en la imaginación de un hombre que habita el bosque de su propio credo y los verbos cambian de distancia de un idioma al otro, mientras se va desdibujando sobre la página el vaho con el que respira el lector su personal degustación de lo que ve en medio de la Nada.

Ese conflicto que se anuda en la página nona de un breve cuentito no sucedió jamás en la realidad que ocupa a los chismosos, y esa cabellera que se desliza en el sexto verso de un poema que pretendía reducirse a endecasílabos verdes no voló con la brisa que le infunde el poeta ni con el aliento que desea el lector, sino en la Nada que rodeaba a la página en blanco para irse poblando lentamente con ese mar inventado que cada quien va pintando en murmullos que corresponden a las palabras que fuimos aprendiendo en los diccionarios políglotas. Se traduce el agua entre las manos al pasarla de una conjunción al pretérito indefinido de una nueva versión que inunda la renovada imaginación de quien la inventó, y el paisaje se transforma de un día para otro, llovido por el empeño de cambiarlo todo al vuelo de las nubes que parecen pintadas con saliva. Se traducen los animales invisibles y las anotaciones en los márgenes, los insultos subrayados con tinta invisible y el dulce sabor del azúcar que transpiran ciertos árboles en el frío. Se traduce la sonrisa del prójimo que se vuelve próximo por la sinceridad de la mirada que se abre en la primera conversación y al andar por e sendero interminable de un solo día en comunidad, de soledad.

En medio de la Nada quedan refugiados en los bolsillos los autores favoritos y sus libros fundamentales, el discreto concierto de un genio que redefinió la consistencia de la madera atada con unas cuerdas y el óleo que reaparece de vez en cuando en los sueños que te ocupan la madrugada. En medio de la Nada se escuchan las voces de los queridos ausentes y los mínimos coloquios que se compartieron sobre una almohada hace siglos, el sabor del primer desencanto y el descubrimiento del café. En la Nada se juntan las partituras olvidadas del silencio, las encuadernaciones gastadas de los voluminosos tomos que resguardan cada una de las pestañas que se han caído en medio del vendaval o los pétalos olvidados de los amores imposibles. En la Nada se va escribiendo sobre las ventanas la llovizna personal de una particular manera de traducir todo lo que te rodea en la lengua que comprenderán los lectores que aún no deambulan por la página viva, y en la Nada parece que todo sosiego se altera y toda taquicardia se serena al instante por el solo hecho de que en la Nada cabe Todo, absolutamente Todo.

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