En busca de Manolete

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En una película sin colores se ve a Manolete bordando el arte en la vieja plaza de El Toreo de la Ciudad de México; atrás del milagro, se observa a un guardapuertas (que no monosabio) vestido de filipina blanca y gorra ídem que rompe todo protocolo y no sólo jalea cada muletazo del Monstruo de Córdoba, sino que alza los puños en eléctrico frenesí… pues, ése anónimo entusiasta soy yo y soy también una de las muchas amas de casa que acudieron a la Regencia de la Ciudad de México a solicitar que se dejara de anunciar a Manolete en la Temporada Grande porque afectaba notablemente el presupuesto de cada economía familiar y soy el locutor Paco Malgesto que entrevistó a Manolete en Sanatorio de los Toreros, luego de una cornada en la que todos los tendidos vieron que el toro se le echaba encima y al preguntarle por qué no se había movido, el Monstruo respondió: “Porque si me muevo no soy Manolete”. Soy el anónimo madrileño que lo vio entrar por la puerta giratoria de Chicote y la vieja vestida de luto que lo vio fumar un pitillo al filo del patio de cuadrillas, recostado sobre un muro encalado y soy el niño que intentó seguir su coche, corriendo entre la polvareda, tan sólo para gritarle ¡Figura!

Soy el tertuliano del café Tupinamba en el corazón de la Ciudad de México que escucha el relato lleno de chismes donde uno presume conocerlo en persona y el otro asegura que su amor por Lupe Sino está no sólo mal visto en España, sino abiertamente perseguido por el Régimen y soy el tertuliano del viejo Café Comercial que escucha un día sí y otro también la mentira de que Manolete no quiso partir plaza en México hasta que bajaran del asta la bandera republicana, con su franja morada… sin considerar que en las plazas de toros mexicanas no ondea bandera alguna. Soy el que lo vio de tabaco y oro inaugurar la Monumental Plaza de Toros México desde la infinita distancia de Sol General, allí dónde él mismo señaló desde el callejón preguntando “¿Y ésa gente a qué ha venido… si no se ve nada?” y lo vimos todos y lo soñamos en blanco y negro en las viejas películas que registran lo que las generaciones que nos preceden vieron a colores y hoy que se cumplen cien años de que naciera en Córdoba quiero guardarle un instante de respeto y recuerdo a Manuel Rodríguez Sánchez, hijo de doña Angustias, sobrino nieto de Pepete (muerto por un Miura en tiempos de sepia), torero estatua, inmóvil vertical ante el vértigo horizontal de todos los toros que embisten, serio hasta en las pocas ocasiones en que se le vio sonreír… nacido en 1917 en un mundo donde aún no se decretaba el uso obligatorio de pasaportes, conmemorado hoy en una Europa donde ya no es necesario el uso de los mismos, habiendo pasado los años tristes de la pólvora y el polvo que llaman Guerra Civil, la llamada Segunda Guerra Mundial… y la tarde aciaga en la plaza de toros de Linares en la que Manuel Rodriguez Sánches murió matando y mató muriendo al toro “Islero” de la ganadería de Miura, hijo de la vaca “Islera” que mató a balazos D. Eduardo Miura, su criador, en el momento en que se enteró de la desgracia en Linares… muerto vestido de rosa y oro, con el triángulo de escarpa abierto como un libro y las siete palabras últimas en los labios, mientras afuera de la enfermería Lupe Sino esperaba con el alma en un hilo y en los tendidos, María Félix preguntaba a Luis Miguel Dominguín quién sabe qué cosa y Gitanillo de Triana enjugaba una lágrima que nadie vio caer.

Reunidos en el Club Matador de la madrileñísima calle de Jorge Juan, convocados por el periodista Rubén Amón: Chapu Apaolaza, cronista taurino de micrófono en ristre; Juan Diego Madueño, cordobés y cronista, egresado de la Escuela Taurina de los Califas y el gran Agustin Díaz Yanes, cineasta, guionista e hijo de Michelín, compañero de andanzas novilleriles de Manolete en una época de muy poco pan, sardinas de sobra, mujeres enlutadas y viudas.. esa España de blanco y negro con la estatura promedio muy debajo de las garrochas que ahora campean por las calles y los prados de la España multicolor, donde un puñado de aficionados tomamos un respiro para evocar la figura inasible y rara, casi indefinible de un héroe callado, lejos de la supina incomprensión de la ahora inmensa mayoría bañada en estulticia y soberbia agresiva que sin saber un ápice de tauromaquia se apuran a denostar a los hombres heridos por asta de toro, peor aún: celebrar sus muertes en el ruedo como pretexto para abogar por la vida de un animal en este enrevesado mundo donde lo de menos son los pasaportes y lo de más, la ignorante voluptuosidad con la que nos hemos olvidado de un mundo donde los artistas que digerían la técnica como antesala de una sutil expresión –polémica, impactante, efímera e impalpable—caminaban por las calles con un silencio absolutamente consciente de que en ese instante se paralizaba el Universo.

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