En abono de la nada

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Ese hombre que camina —aparentemente distraído— por una calle de Madrid, bajo un Sol quemante que registra 36 grados a la sombra, va leyendo un libro morado. La novela de la nieve inunda su vista con palabras que le abonan el frío; por eso no importa que vaya de abrigo que le cuelga por debajo de las rodillas, la boina vasca innecesaria y la bufanda de color verde que combina con sus zapatos de un invierno que pasó hace meses. Ese hombre le pone bufanda al Sol y la sana enfermedad de su lectura confirma que, a veces, algunos hacemos no más que abonar la nada.

Pregunta el vecino de un asiento en el tren si leemos porque preparamos las oposiciones para un puesto público o el anhelado examen de un doctorado postergado por desidia, y se sorprende cuando respondemos que leemos por gusto, por no mirar mensajes banales en el teléfono que llaman inteligente o porque leyendo —como quien mira pasar el paisaje instantáneo por la ventana— se pasa mejor el tiempo y parece acortarse toda distancia. Abono de la nada, imaginar el tiempo que ya no existe y las conversaciones que quedaron pendientes con nuestros muertos entrañables y bufandas al Sol cuando evocamos la melodía intacta de una música que no sabemos exactamente qué es, pero que no podemos dejar de tararear casi en silencio, así como en sueños reconstruimos la última plática de sobremesa que se grabó en el recuerdo de los abuelos.

En abono de la nada deambulan a veces las opiniones que se construyen con esmero, las que procuran contener ideas y no solo corazonadas al vuelo. Bufandas al Sol de quienes prefieren soportar el bochorno vaporoso de todo ruido incómodo y seguir el inofensivo camino de la reflexión callada, hundido en el abrigo que cuelga por debajo de las rodillas. Está en la nada o en el arcón personal de nuestro vacío el tesoro invaluable de lo que vamos leyendo al andar sin tropiezo, y está en un vado impalpable todo lo que hemos acumulado en libretas moradas, apuntando al vuelo las posibles tramas de personajes inventados. Viva la nada donde se fermentan los proyectos al filo del clima, allende las voces necias que siempre creen tener la razón en todo y viva la nada que se puebla con dibujitos de personajes diminutos que no necesariamente merecen publicarse.

El hombre del abrigo marrón que camina con un libro de tapas moradas hace volar la bufanda verde con cada párrafo que parece recortarse sobre el fondo anaranjado de un Sol que se vuelve amarillo con su silueta recalentada. Los zapatos de un verde invierno parecen deslizarse sobre el derretido pavimento de las calles acaloradas y, de vez en cuando, al cruzar una avenida insólita, alguien repudia el sudor que parece gotearle por debajo de la boina vasca, y nadie se explica si se trata de un demente o de una de las muchas estupideces que salen por la televisión para alivio de una inmensa mayoría que lo quiere todo, contra la supuesta desgracia de quedarse con nada, la nada donde se han formado las letras de cada línea que va leyendo el hombre que le cuelga bufandas al Sol, esa nada donde podría jurar que no solo ve con los ojos cada movimiento que realizan los personajes del libro morado, sino que realmente escucha sus diálogos sin necesidad alguna de audífonos.

Ese hombre que camina —aparentemente distraído— por una calle de Madrid, bajo un Sol quemante que registra una temperatura opuesta al clima de la historia que le inunda la cabeza, levita absorto en abono de una nada, un algo donde alguien con algunos interpretan una de las mejores historias jamás contadas, cuya trama es capaz de enganchar el ánimo y distraer las penas del hombre de la bufanda verde cuya silueta se recorta sobre un fondo anaranjado y amarillo durante todo el trayecto que lo lleva directamente a un lugar que bien podríamos llamar Felicidad. Transeúntes y curiosos, prójimos y ajenos, dirán que el hombre va en abono de la nada, y si acaso quisiera responder o justificarse ante los demás, él mismo podría revelar el mapa que lo lleva serenamente a su íntima definición de felicidad, podría intentar compartir lo que lee y prestar la sudada bufanda, pero en realidad prefiere seguir callado, allí en la Nada y eso es Todo.

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