Elogio del quiosco

jorge f. hernandez elogio del quioscoDebo una gratitud de cuatro décadas a diversos quiosqueros en ambos lados del Atlántico. La mutua complicidad que establece el lector paseante con el bibliotecario de las esquinas ha determinado una forma de leer con el puntual resguardo de los periódicos que informan sobre todo lo que pasa, el apartado de libros que se venden por entregas para conformar la discreta biblioteca con la que uno se va haciendo del mundo e incluso la venta seriada de locomotoras en miniatura o soldaditos de plomo que alinean los estantes entrañables, donde no pocas cajas resguardan los recortes de periódicos memorables, encabezados históricos y sucesos invaluables que el propio quiosquero fardaba con tino desde el momento en que cuelga los ejemplares como ropa tendida en hilos o apilando los montículos de papel que poco a poco se van reduciendo conforme transcurre el día… y transcurren los años, ahora con la incertidumbre y preocupación que genera el desconocido futuro digital, donde poco a poco nos iremos quedando sin papel, pero no hay que perder los papeles.

Debo a los quiosqueros el adelanto de malas noticias como si al confiármelas antes de abrir la sábana de periódico amainaran el triste impacto que me causaría su lectura; debo las risas burlonas cuando las goleadas en contra amenazaban la estabilidad no sólo de mi equipo de fútbol sino el equilibrio del sistema nervioso central. En viejos tiempos de destape, fueron los quiosqueros (como compañeros de parvulario) quienes recomendaban tal o cual portada con divas en papel, musas despechugadas en colores o calientes historias que empezaban con algún escandalillo de ocho columnas. Con quiosqueros he debatido de alta política y columnas que rebasaban el mero chisme para volverse fuente fidedigna del desánimo social o la esperanza impredecible de cualquier jueves. A los quiosqueros debo también golosinas y postales, cigarrillos de dos colores diferentes de tabaco, mapas para el ocio, crucigramas para el tedio… y los mudos testigos de no pocas veces en que me dejaron plantado, ramo de flores en mano, tarde lluvia en Princesa o mañana soleada en Insurgentes.

Llegará el día (tarde o temprano) en que las tabletas para periódicos digitales se abaraten tanto que podrán ser adquiridas en quioscos y quizá incluso desechadas al atardecer, pero además hay no pocas señas vitales que se seguirán vendiendo en esos santuarios de las esquinas que anhelo ya el día en que (tarde o temprano) me surtan mi dosis diaria de libro semanal, revista de aficiones cada vez más secretas, el periódico en papel y la recarga de información electrónica para mi tableta cibernética, con el impagable añadido del callado testimonio de que ya no me deja esperando la musa que acostumbro citar en el quiosco. Con o sin lluvia.

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