Elogio de la ‘vedette’ giganta

Ahora que proliferan en Gran Vía los anuncios con vídeo a lo Blade Runner, y ahora que se imprimen fotografías digitalizadas en tamaños exorbitantes, quiero evocar —no sin cierta nostalgia— la época policromada de los rótulos pintados a mano. Hablo de los anónimos muralistas que reproducían en pinturas de colores chillantes alguna escena imborrable de las películas de gran estreno, sin importar que desfiguraban un poco la nariz de Paul Newman o si quedaba un poco estrábica la mirada de Alfredo Landa; pero sobre todo, hablo de no pocos meses en que pandillas de facinerosos anónimos nos reuníamos en Callao para mirar absortos las inmensas caderas de Norma Duval, con ese escote al óleo que medía más o menos lo que calculábamos para el Triángulo de las Bermudas y una cabellera que de tan larga engañaba incluso a las palomas distraídas que llegaban a creer que volaban cerca de una cascada.

En México era el paseo de la Reforma y algunos cines de Insurgentes, pero en Madrid era sobre todo en Gran Vía donde los muralistas anónimos de inmenso formato se jugaban el prestigio de sus pinceles con maximizar en escalas monumentales las facciones, curvas y voluptuosidades de las divas y estrellas de la pantalla o el escenario, en un efímero telón a colgarse a la intemperie y que hoy nadie sabe si estarán colgando en una inmensa bodega que merecería la pena abrirla al público como Museo del Antojo Visual. Tengo para mí que la insinuación pintada, ese leve resquicio de faldones que mostraban apenas el huesito del tobillo del tamaño de un Seat 600, provocaba una pecaminosa transpiración seductora de la más pura tentación mucho más intensa y palpable que cualesquiera de las posibles emociones que proyectan ahora los vídeos gigantescos. Desbordado Pantagruel, las pantallas de alta definición que proyectan ahora modelos coreografiados no le llegan ni a los tobillos a las antiguas pancartas majestuosas donde las coristas encarnaban inmóviles todos los resortes del deseo, la etimología condensada de eso que llamaban pecado y que se supone no era políticamente correcto conversarlo de sobremesa. Pero más de un automovilista derrapaba ligeramente las llantas de su coche con solo mirar de reojo las pestañas como ramas que pintaban antes los artistas en inmensos rostros que no necesitaban moverse para deletrear despacio el nombre de cada uno de los soñadores que las miraban. Hoy —y parece que mañana— seguirán bombardeando nuestras pupilas con vídeos en repetición hipnótica con algunas revelaciones tentadoras, pero en el fondo insípidas y amorfas comparadas con aquella alucinación inalcanzable de todas las veces que invitábamos a bailar las canciones calmadas a una vedette giganta… que de vez en cuando, giraba su cintura en la niebla de madrugadas.

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