Elemental, Watson

Creo que no necesito salir de mi estudio en el número 221B de la calle de Baker en un Londres de siglo pasado para intentar resolver el supuesto enigma que inquieta la de por sí endeble serenidad de estos días. No hay que esperar la llegada del Dr. Watson ni recurrir a la dosis diaria de la cocaína en vena (en solución del siete por ciento) para confirmar que vivimos bajo el empañado capelo de un inmensa imbecilidad que parece contagiarse entre miles de adormilados habitantes del planeta.

Hablo de la supina estupidez y recurrente improvisación de la estulticia que peina bajo el copete amarillento de su intransigencia el increíble y tristemente célebre Donald J. Trump. Su recurrente propensión a la mentira es ya una verdad, en un medio de comunicaciones donde poco importa si se trata de enfermedad u ocurrencia; sus amenazas o silencios revelan propósitos siniestros y no sólo banalidades risibles y sus supuestas medidas políticas no han sido más que espontáneos acomodos de un empresario empírico que nada tiene que ver con la res pública, y todo tiene que ver con su visión obnubilada de la realidad como negocio, la presencia física de un supuesto líder entendida como popularidad televisiva y un innegable desprecio por los demás, por los otros, por los ajenos a lo que él cree que es.

No necesitamos lupa para leer los ominosos paralelos entre sus nueve meses de nefando gobierno sin administración alguna (y los oprobiosos meses en que anduvo en campaña) para subrayar el parecido con el hipnótico engaño que padeció Alemania hace casi un siglo. Una mayoría de ciudadanos se identificaron y otra inmensa cantidad de habitantes cotidianos no podían creer que la figura ridícula de un líder llamado carismático, de aspecto risible, insuflaba energía impalpable en la saliva colectiva con el discurso a gritos o los puños cerrados para luego extender el brazo a la romana. Una verborrea donde el enemigo siempre “viene de fuera”, donde “la patria precisa recuperar la vieja gloria de su antigua grandeza” en un paisaje que siempre ha de “precisar expandirse” o encerrarse en el muro encorsetado del aislamiento que garantice su “espacio vital”; peroratas donde poco a poco se fue insinuando y luego marcando con una estrella amarilla en la manga de los abrigos al “enemigo y culpable”, la sutil llovizna diaria de la ira, la cómoda inmovilidad ante los cristales rotos, las marchas con golpeadores iluminados con antorchas y el progresivo imperio del sinsentido avalado por la apatía de la pereza colectiva, el consentimiento consciente y la baba crédula en las consignas utópicas.

En realidad, Conan Doyle no puso en tinta que Holmes advirtiera a Watson sobre lo elemental de tal o cual caso detectivesco y la frase –al parecer—se popularizó debido al cine y no a los libros. Por lo mismo, nadie que yo sepa ha querido explayar la posible explicación en torno a la pasividad incrédula con la que vimos crecer el huracán Trump y la increíble realidad de una nación donde una inmensa mayoría de obnubilados analfabetos realmente creen a pie juntillas en el supuesto liderazgo con el que los conduce directamente al abismo y por lo mismo, no necesitamos escuchar los ladridos en Baskerville para intuir que estamos ante la próxima posibilidad real de un conflicto de sangre y destrucción de limitadas o ilimitadas proporciones: el demente engreído de claras ambiciones aunque confundidas llamado Donald J. Trump quiere una guerra, su biografía enloquecida exige unas páginas bélicas y el escenario puede ser tan contrastante, bizarro e impredecible como el Pyongyang del otro loco, la desangrada Venezuela o el norte de México al intentar hundir en las inundadas arenas de Texas los nuevos pilotes del Muro que tanto cacarea. Quizá sólo se trate de seguir bombardeando Siria o demás escenarios que no provocan oleadas de likes en Facebook donde los usuarios se pintan la cara con la bandera de los países “de gran turismo” mas no de los lugares que ni saben ubicar en los mapas.

No se trata de alarmismo fatuo ni de exageración a la ligera. Es la pequeña serenata que dicta por hoy el violín de la reflexión en medio del hartazgo y la mancillada nebulosa de constante desasosiego en la que nos ha sumido la presencia verbal o virtual, visual o auditiva de un discurso enteramente irracional que parece confirmar la sinrazón de muchas de las razones que dábamos por hecho. Escribo en realidad por no dejar de escribir ante la espera de poder descifrar otros enigmas sueltos, pero no quería dejar estos párrafos sin enviar el mensaje de mi preocupación: nos andan mareando para una desgracia y me temo que la mayoría de los pensantes preocupados por el bien de los demás no han alzado debidamente la voz de alarma y los pasos o páginas necesarias para intentar frenar la folía.

El tamaño o impacto de las futuras desgracias inminentes puede ser simbólico, desastroso, largo o nimio; puede incluso malinterpretarse y provocar reacciones favorables o simpatías insólitas, fervores de banderas desplegadas o votaciones instantáneas en las urnas invisibles de las calles tomadas con hordas hipnotizadas por consignas variopintas, pero lo cierto es que el sereno sosiego de la razón, la olvidada paz de la serenidad y el valor inmarcesible del silencio se ha ido aplastando poco a poco con la saliva contagiosa de la denostación y la recurrente metástasis del odio… algo que nada tiene que ver con el verso suelto de un poeta que lo creía perdido o la sabrosa trama de las novelas que permiten aún evadirse de este mundo y desvelar el misterio de un crimen desde la poltrona aterciopelada de la imaginación.

Leer en El País

Show Buttons
Hide Buttons