El payaso como juez

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El payaso siniestro de nuestra demencia diaria se llama, por hoy, Anuar González Hemadi. Supremo instante de su imbecilidad, el errado criterio con el que cree impartir justicia y revuelto el cotarro con la suma de todas nuestras iras, obviamos investigar de qué manera se benefició con su fallo; digo que hay que preguntarnos quién, cómo y cuánto le pagaron para poner en tinta la baba de su traicionero parecer, pues de lo contrario es aún más patético suponer que el payasito realmente cree a pie juntillas en sus burradas. Es el colmo del pastelazo irracional: un hombre que se fotografía sonriente con sus hijas (o hija) larga sin piedad una perorata jurídica de jerigonza leguleya estúpida donde afirma que resulta inocente todo delincuente que abuse de una mujer menor de edad, masajeándole los senos sin su consentimiento mientras sus amigos-cómplices le introducen sus dedos en la vagina, sin que ella —por supuesto— lo pida. Según el gran payaso de hoy, Anuar el Happy, eso no se tipifica como abuso sexual.

En su rutina disfrazada de fallo, el juez González Hemadi olvida mencionar que la banda de jóvenes delincuentes secuestraron a la joven y la metieron a una casa para ser violada repetidas veces en lo que tampoco se tipifica como abuso sexual, pues el gran payaso Anuar ha determinado que no había “deseo de deleite sexual en detrimento de la víctima”; es decir, el payasito asegura que mientras no haya constancia de lascivia o lujuria, el hombre abusador, violador y delincuente queda libre de culpa en tanto solo satisface con “tocamientos” un “hecho instantáneo, en un solo momento, sin expresar palabra”, y sin ese deseo que el payaso Anuar el Happy cree conocer tan perfectamente que habría que contrastarlo con el hipotético escenario donde a su propia hija la acechen y asedien, ataquen y manoseen, secuestren y violen otros inocentes habitantes impunes del circo y pasan a fajarle su cuerpecito hasta que la calentura, sin palabras que la delaten, obliguen a los débiles chacales a penetrarla cuantas veces sea necesario para saciar sus momentos o sus hechos instantáneos, sin importar si la hijita quiera o no tales acciones.

En realidad, todo esto no es de risa y sí una vergonzosa continuación de la demencia desatada en un país tan manchado de podredumbre y mentiras que hasta el Presidente de la República argumenta que toda forma de crisis no es más que un invento mental que obnubila a los ciudadanos al no saber evaluar con aplausos el simulacro de su gobierno. El juez Anuar González Hemadi no es más que un gozne más en la alargadísima cadena de la sinrazón y la desvergüenza que apabulla la integridad de las mujeres en México, y demerita aún más la supuesta maquinaria de la justicia en una nación abatida por el crimen y la corrupción, la descarada impunidad y el implacable silencio en el que se hunden las esperanzas de todas las víctimas, todos los callados por el arrebato de las incongruencias y el abuso constante de la falsa autoridad. Es una pena. Una pena más… en realidad, no hay párrafo que alcance a mancharle su toga, ya de por sí enfangada en el lodo de tanta locura.

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