El mariachi loco

El simpático Robert John Burk es conocido en Manhattan como Naked Cowboy, aunque quizá por razones de lo políticamente correcto no anda en verdad desnudo, sino con una tanguita de las que acostumbro portar yo mismo en el gym, unas botas blancas de vaquero y un sombrero a la tejana, donde anuncia su propia marca. El vaquero semidesnudo se casó con una mexicana, chilanga para más señas, y se conoce que vino a partir la rosca con su familia, pues se le ocurrió caminar por la calle Madero como musa del duque Job y cantarnos “La bamba” y otros éxitos de su repertorio vernáculo. Nunca mejor dicho.

A todas luces o en pura piel se trata de un raro juglar de nuestros tiempos que en buena lid intenta contagiar la buena vibra surrealista del American Way of Life, pero este güey podría haber sido confundido con alguna otra nefanda intentona imperialista de Trump como agente secreto seminudista que mandaron los güeros de avanzada para volver a invadir Chapultepec, en cuyo caso pudo haberse visto rodeado por las gloriosas huestes de los 400 Pueblos o el Frente Francisco Villa o las lonjas de Antorcha Campesina (pues, en realidad, ya no recuerdo qué batallón es el que protestaba o declaraba sin ropa alguna y con holgura su huelga en pleno Paseo de la Reforma), ésos sí encuerados, enseñando sin vergüenza alguna las tepalcuanas y el silabario como una muestra más del inapelable armamento mexica del mal gusto y la repugnancia como gas lacrimógeno. En el remoto caso de que Naked Cowboy viniera con agresivas ganas de imponer sus apretados glúteos, no faltaría entonces un digno grupo de albañiles encarnados en renovados Niños y Héroes para envolverse como tamales no en el lábaro sino en sus propias lonjas para contrarrestar una afrenta más del imperialismo con el embrujo de sus morenas nalgas, duras-duras como jícaras michoacanas.

Descartado que Naked Cowboy venga en misión secreta para hipnotizar a la CdMx con su desnudez, habría que facilitar un encuentro binacional donde se le incluya en una sentida interpretación de “El mariachi loco” con alguna agrupación, prófuga de Garibaldi, que acostumbre el homenaje a José Alfredo o a la Tariácuri sin necesidad de llevar botonadura de plata. Un mariachi encuerado donde los violines trinen sin vergüenza sus vergüenzas y el gordo del guitarrón no se arrugue con el fa bemol; un mariachi loco donde la oscilación grupal parezca un hermoso oleaje de piel morena digna del vuelo verde de los pericos con los que soñaba López Velarde, o la magia alabastrina que tanto embelesaba al Flaco de Oro. ¡Venga mi Naked Cowboy, que aquí también se cuecen habas! Todos juntos en un frenesí criptogay que marque la relación bilateral como película de gladiadores jugando Twister o bailando el twist al “Son de la Negra”. Nunca mejor dicho.

Mi hermano Luis contaba que en algún furtivo amanecer allá en Guanajuato, luego de una serenata frustrada, el que había llevado mariachis al pie de la ventana de su amada se resignó a terminar la borrachera en un club deportivo donde había sauna. Dice mi Lito que el despechado —quizá influido por los tequilas— se encaprichó en no pagar el mariachi hasta que le tocaran la última, que le tocaran “la Negra”, metidos todos en el vapor. El cuadro del mariachi —encuerados todos, en medio de las nubes del sauna— me parece una joya digna del Museo del Prado y más, que con los calores se fueron reventando una a una las cuerdas de los violines y la vihuela… mientras se escuchaba entre la neblina la voz tipluda que decía “ya ni la amuela, patrón… ya páguenos la tocada”. Así que no la chiflen, que es cantada y anotemos en la inconcebible bitácora de nuestra realidad esta inesperada visita de un vaquero semidesnudo como un pretexto más para apuntalar nuestro rancio sentimiento folclórico y patriotero, en medio del vendaval electorero donde han de marearnos con renovadas promesas e imperdonables mentiras. Al filo del desmadre, bienvenido el gringo que canta “La bamba”, el mariachi encuerado que le haga segunda para que el burro toque la flauta y todos contentos.

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