El mago de Ozono

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Obnubilada por la nube chocolatosa de la contaminación, la niña empezó a marearse frente a la hipnótica penca rojiza de la carne al pastor. Evelio, el taquero, contribuyó al mareo confesándole los enredos de su noviazgo con una afanadora de un hotelito cercano, mientras el Rey de la Hojalatería eructaba los once tacos de suadero, siete al pastor y una gringa que compartió con León, joven dinámico y paladín de la protesta callejera (mientras sea anónima, clandestina y sin posibilidad alguna de lo que lo agarre la tira).

La niña veía cómo todos los comensales volaban por encima de las obras de un nuevo eje vial, un túnel nunca mejor llamado el Deprimido de Churubusco, como volantines en tornado color sepia. Al aterrizar de golpe, la penca al pastor descalabró al corruptísimo policía de crucero que lleva tres décadas mordiendo automovilistas en lo que llamaban la Barranca del Muerto, y una parvada de mil enanos (que parecían prófugos de circo o niños de kínder y maternal) la rodearon en coro, cantándole loas y declarándola su reina. En ese páramo donde todos tosían y llevaban los ojos llorosos, la niña escuchó de pronto la voz profética de una gorda inmaculada, un cetáceo de grandes lonjas que llevaba tacos de canasta y una varita mágica para espantar toda mosca. Dijo la gorda: “Has de peregrinar hacia el ombligo de la mugre, la plaza central del polvo volador y entrevistarte con el Mago de Ozono. El camino a su palacio aprovecha las rayas pintadas de amarillo que, equivocadamente, trazaron unos trabajadores de la antigua Compañía de Fuerza y Luz. Sigue el sendero hasta llegar a la Boca del Metro y sobre la Serpiente Naranja, viajarás en volandas hasta llegar al Palacio del Mago de Ozono: solo él te resolverá tu predial y tu doble No circula, el medio maratón y la pista de hielo para invierno. No irás sola, pequeña… aquí se apuntan tus escuderos”. En eso León, lloroso y febril, dijo que aprovecharía la peregrinación para intercambiar unos acetatos en el Chopo y de paso, pedirle al Mago un bono para una farmacia homeopática donde dicen que recetan los chochitos para el valor que le falta; Evelio dijo que iría —con todo y cuchillo de taquear— para solicitar el remiendo de su corazón, mientras que el Rey de la Hojalatería pensaba solicitar plaza en alguna de las escuelas del Mago de Ozono, a ver si así lograba elevar sus entendederas y clarificar su inteligencia.

Diecisiete estaciones del Metro (porque se pasaron) sirvieron para que el Cuarteto de la Contaminación danzara en cada andén, corriendo entre vagones, cantando con la música a todo volumen que sincronizaban los juglares ciegos con inmensas bocinas, y el recorrido parecía un arcoíris delirante de carcajadas psicodélicas.

De pronto, la niña vio que eran seguidos por una bruja travesti de inmensas alas, un andrógino hipnótico de alas de mosca extendidas como redes de chalupa en Pátzcuaro. La bruja-brujo sacaba fuego enchilado con salsa Valentina por las comisuras de sus labios y amenazaba de lejos con sus largas uñas de plástico (con diminutas calcomanías de Hello Kitty en cada dedo), y el Cuarteto salió corriendo por Pino Suárez y entró en desbandada por una de las esquinas de la Plaza Inmarcesible, entre carruajes de caballos pintados de verde y hordas hambrientas que mostraban en pancartas los nombres de muchos muertos, y alguien les recordó que en este Valle de Lágrimas de pronto cae una lluvia ácida imprevisible que los obligó a refugiarse en la Catedral Cantera, mientras escurría por la filigrana barroca de su altísima fachada, la melaza resbalosa de esa lluvia gris.

Hincados frente a los altares de oro puro, rodeados de miles de enanos que esperan un despiste de los guardias para raspar con navajitas pequeñas rebanadas para el pago de sus deudas. Hincados el Rey de la Hojalatería, León dizque valiente, Evelio Enamorado Eterno y la niña obnubilada, rezaban en coro las confundidas plegarias que aprendieron por televisión en el canal de las Plegarias Brasileñas. Hincados e hinchados de tanto andar, de pronto entraron en chorcha con un boticario jubilado, un burócrata etilizado y dos monjas de alas anchas en el tocado. Así se les pasó el tiempo, como pasa con todos —según cantaban los enanos—, y llegaron incluso a sentir frío, habiendo viajado de tan lejos bajo un calor insoportable, en este Reino de las Cuatro Estaciones en un Solo Día, aunque hayan sido diecisiete (por haberse pasado). Ya seca la ropa, oliendo a eso que llamaban antiguamente Esmog, el Cuarteto de la Contaminación salió bajo un aura templada de renovación increíble, una utopía morena como piel del Tepeyac, bajo un cielo despejado que recordó el milenario juego de los azules con nubes blancas… y entonces, ya en la puerta del Palacio, un funcionario de corbata ancha a la Carlos Lico y rostro de Polivoz, con calva y melena de Loco Valdés, les mostró el holograma del Mago de Ozono con sus chiquidraculianas facciones digitalizadas demostró con satisfecha sonrisa que no hay nada de qué quejarse. No hay petición ni reclamo que valga en esta Región Retransparente que se limpia de milagro para que las niñas confundidas despierten de pronto sobre la mesa laminada de una taquería entrañable y pidan otro chesco con popote que se dobla. Allí al lado, consta que alguien anotaba en su libreta la increíble historia que permite de vez en cuando distraer tanto desahucio con el placebo del puro cuento.

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