El jaloneo

En el Evangelio de Marcos se narra el milagro de una fe inquebrantable. Una mujer anónima y hasta entonces desahuciada se cuela entre la multitud que se arremolina en torno a Jesús de Nazareth y toca su manto, sabiendo que con ese mero gesto quedará aliviada; el Cristo avanza unos pasos y sorprende a sus discípulos preguntándoles quién ha tocado su manto. Los apóstoles no niegan su asombro: sin tener que mirar para atrás, sin que la mujer lo haya jaloneado, Jesús sabe que alguien ha rozado el manto sagrado. Entre los preparativos para la segunda venida de Cristo al mundo habrá que informar a quienes asuman la organización que el Señor con su sola presencia cuenta con un halo impalpable para su seguridad personal y que Él y sólo Él sabrá quién se atreve a tocarle el manto y a qué leprosos tocará la piel podrida. Sobra mencionar que muy probablemente no portará zapatitos rojos, sino sandalias humildes, que quizá parezca desaliñado ante la fingida elegancia de políticos y empresarios de primera fila y que por obvias razones no portará sombrero de charro.

Ha de ser extenuante y muy surrealista aventarse un viaje trasatlántico con escala en Cuba, conversación en ruso incluida, para luego llegar a la Ciudad de México (que desde las alturas se ve como una eterna marea de luces) y ser recibido por maniquíes maquillados, entre conversaciones y comentarios banales por parte de funcionarios o miembros de una curia que en el fondo es contraria al credo y tipo de apostolado que porta en su pasaporte el peregrino, todo ello bajo un pesado capelo de estruendosa música de mariachi al fondo, gradas felices de feligreses privilegiados y alfombra roja dirigida directamente al patético plató de un espectáculo típico de las peores telenovelas del planeta. Supongo que a cualquiera se le empieza a llenar el buche, tal como los millones de automovilistas y vecinos que vieron secuestrada su normalidad con calles desquiciadas y al propio Francisco con la justificada curiosidad por encontrarse de una vez por todas con los kilómetros de fieles de veras que alinean las calles, recorrer muchos kilómetros de una ciudad que en realidad parece país, y empezar cuanto antes con las bendiciones, mensajes y homilías que rompan precisamente con ese tipo de coreografías. Todo esto para suponer que a los cuatro días, quien se atreve a tanta selfie, tanto sombrero y hueco protocolo se arriesga a ser jaloneado en cualquier jaleo. Francisco lo sabe y se nota en la marcada seriedad con la que marca distancia en las homilías que escribe, en el deseo de que lo dejaran unos minutos a solas con la Virgen de Guadalupe y en los llamados regaños que alcanzó a dejar en claro contra muchos de los males que duelen a México, más acá del atinado calificativo de traficantes de la muerte con el que bautizó a las muchas formas del crimen organizado y su ya no tan disfrazada red de complicidades, pecadores impunes y autoridades dizque arrepentidas con ligeros golpes de pecho.

Se necesita mucho valor para romper protocolos y acercarse a las multitudes. Lo saben Juan Gabriel y también los políticos que ya no van a los toros para evitar que les mienten la madre, pero las notas parecen alarmarse con el justificado hartazgo e incluso enojo que mostró Francisco ante un anónimo ferviente que pecó de egoísmo –según le espetó el prelado—en su fugaz oportunidad de rozar la eternidad o la salvación personal, sin importarle sillas de ruedas o guardaespaldas de por medio. Habrá que reflexionar sobre los excesos de confianza (del mismo sabor con el que se animan a forzarlo con la selfie los políticos supuestamente laicos), pero también sobre el mareo al que se expone todo visitante que cae en el marasmo de una semanita en el México reloaded con su barbacoa y salsas picantes, trajes y bailes regionales, diminutivos hasta para nombrar climas, siglos de historia e interminables maravillas.

Al final, queda ahora pendiente la expiación de tanta culpa sanguinaria, la penitencia severa y castigo civil para los legionarios del imperio pederasta en México, la seria reconvención a todo pecador que se crea impune y la necesaria reconquista espiritual de una inmensa mayoría con la conciencia mancillada por tanto despropósito público o hipnotizada por tanta imbecilidad cotidiana. Queda el evangelio esencial y el mensaje que ahora tendrá su jaloneo con la vista gorda y los oídos sordos, el ai’seva y el qui’hubo cuándo. Lo mejor del reggaetón y el mariachi loco es que tarde o temprano se callan y en Roma sólo se escuchan de lejos.

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