El gordo anda triste

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En Nueva Orleans llama la atención de lectores de diferentes sabores y niveles el hecho de que la extraordinaria novela de John Kennedy Toole, La conjura de los necios, sea tan popular y querida por sus lectores en español. El hecho se debe al buen ojo de Jorge Herralde y las sucesivas ediciones que han consagrado esa obra maestra como uno de los pilares inconfundibles de su editorial Anagrama, a pasar de que la traducción al español deja mucho qué desear.

Además, creo que la trama con sus enredos, los personajes con sus locuras y el escenario entrañable de Nueva Orleans hacen que la novela quede imantada a las yemas de los dedos desde los primeros párrafos que van suscitando carcajada tras carcajada.

Hay una inmensa diferencia entre la chistosada de baba y el humor de altos vuelos; lo supo muy bien Miguel de Cervantes y G.K. Chesterton y lo supo también John Kennedy Toole, un novelista que consagró no poco de su ingenio y gran talento para cocinar La conjura de los necios, sin saber que el trasfondo de la confederación de los imbéciles habría de ensombrecer sus ilusiones, pues habiendo enviado la novela a diversas editoriales solo recibió cartas premecanografiadas y autojustificatorias de rechazo, sin revelar si lo había o no leído.

John Kennedy Toole quemó el original y se suicidó a pocas millas del corazón de Nueva Orleans y hemos podido leerlo es porque su anciana madre llevó una copia al carbón hasta el despacho de un profesor de literatura que resultó ser el honesto encauzador del milagro: La conjura de los necios y su autor recibieron el prestigioso Premio Pulitzer (por primera vez póstumo) y la madre vivió hasta su muerte unos no pocos años de felicidad… pero dicen que desde hace dos días el fantasma de Ignatius J. Reilly anda triste.

Es un gordo de bigote que parece cetáceo navegando con lentitud las aceras pobladas por tanta demencia; es un fanático del Quijote que dice estar escribiendo novelas y dibujitos necios en cientos de libretas que deja tiradas por doquier. Ignatius come salchichas como si fueran golosinas y habla como Tomás Moro, en tanto intenta poner en orden la válvula que le provoca flatulencia constante y eructos continuos pero no aguanta su tristeza, no da crédito de la estulticia desatada, la estupidez rampante y la desolación generalizada que ha provocado un engendro de piel naranja de pelos amarillos y ojeras blancas que increíblemente ha de dañar la enrevesada geometría y geografía del mundo.

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