El fraile de Bélgica

Ése que yace ya muerto con una leve sonrisa en los labios, recostado –quizá por primera y única vez en su vida—sobre la pierna deshecha de una rubia desmayada. Ése hombre que pretendía viajar con un libro en las manos, viste en pobreza y guarda bajo los párpados el último hálito de incomprensión ante el horror irracional de todos los mundos. Ese hombre que parece flotar entre nubes de polvo y plafones de un techo abierto, entre gritos y a pocos metros de una familia que fue feliz, es un fantasma que será recogido por los bomberos de Bruselas que al intentar identificarlo quizá comprueben que ese mismo hombre yacía muerto en la estación del metro de Maelbeek. Todos idénticos. Inocentes. Hombres, mujeres, niños y ancianos.

En realidad, Pieter van del Moere o Pedro de Mura nació en Bélgica en una fecha incierta y la investigación en curso dirá que quizá fue hijo de Maximiiano I de Habsburgo, entonces emperador del Sacro Imperio Romano, muerto el año en que llegó Hernán Cortés a México y cuya corona heredó el ya coronado Carlos I de España y V de Alemania. Ese Maximiliano, lejano pariente del otro Maximiliano casado con Carlota Amalia, hija del rey Leopoldo de Bélgica, que moriría perdida en el bosque de la locura, habiendo sido Emperatriz de México, cohabitando ya anciana con un muñeco anatómicamente correcto en habitaciones privadas del Vaticano, mientras en el mundo ya existía la luz eléctrica y un tal Charlie Chaplin estrenaba una película llamada Tiempos Modernos. Cuatro siglos antes del cine en blanco y negro, Pedro de Mura abraza la vida conventual, resignado siempre a ser lego franciscano a pesar de que su paternidad podría haberle coronado arzobispo y embarca para Nueva España en 1522 entre los primeros frailes franciscanos que llegaron como relevo de sus doce hermanos apóstoles. Al llegar a México-Tenochtitlán, el Pedro que ya llamaban de Gante se instala en Texcoco por la peste reinante en la capital y aprovecha los meses para aprender náhuatl.

Cuando ya pudo instalarse en la ciudad utópica e inmensa, que Cervantes llamaría el espanto del Nuevo Mundo, fray Pedro de Gante se dedicó a enseñar a leer y a escribir, redactando él mismo la doctrina de su fe cristina en lengua náhuatl y como tutor de más de mil alumnos en aulas donde su aura de humildad y empeño de magisterio iba de ida y vuelta: al tiempo que aprendía de todas las artes y oficios de los indígenas, procuraba que sus pupilos “se olvidasen de sus sangrientas idolatrías y excesivos sacrificios”. Murió un domingo de Pascua de 1572; es decir, el próximo domingo o ayer mismo en un aeropuerto de Europa o en la estación del metro que ya memorizamos como barrio del terror de estos modernos tiempos. Ha muerto un fraile que llevaba un libro bajo el brazo, al lado de quienes leen y procuran no meterse con nadie leyendo novelas en tabletas o escuchando música con audífonos, entre escombros donde se apilan bufandas de personas que pretendían hacer lo que hacían todos los días o en tránsito. Nada más ajeno al ánimo siniestro de quienes detonaron en franca cobardía las bombas de su irracionalidad, que nada tiene que ver con libro alguno, ni con el que remotamente consideran sagrado ni con las barbas de su profeta.

Jorge F. Hernandez El fraile de Belgica

Por esos raros azares que tiene la FIFA y los tiempos modernos parece que a México siempre la toca jugar en los Mundiales de Futbol contra Bélgica y lo poco que sabemos de ese país abundante en chocolates (remotamente emparentados con la cacao azteca) quizá sean los heroicos guantes del portero Jean Marie Pfaff que en León, Guanajuato, bordó el arte en un partido contra un país que se anunciaba antiguamente como URSS, en duelo de cancerberos con Rinat Dasayev, que en el Sevilla llamaban Rafaé. Mis parientes guanajuatenses que han viajado a Bélgica toman fotos y ahora selfies ante la fuente de un niñito que mea hacia el infinito y algunos coleccionan las aventuras de TinTin, trastocando el nombre de los detectives gemelos en Hernández & Hernández, hacedores de textos. Algunos, han estudiado en Lovaina, santuario académico de los jesuitas y otros pocos han visitado Gante, por recordar al fraile que murió en México como simple lego, quizá sabiendo que muere también en una estación de Metro, en un aeropuerto, en los páramos de cientos de decapitados por el narcotráfico que ahora profesan los naturales mexicanos adscritos a toda forma del horror. Sabíamos poco de Bélgica, salvo confirmar ahora que la muerte de todo hombre nos disminuye y duele.

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