El filósofo declara

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Juan Villoro en Barcelona./ALEJANDRO GARCIA (EFE)

Al segundo sorbo de whisky, Javier Cercas ya me habla como mexicano. Hace treinta años que no nos veíamos y el mundo ha girado en planos absolutamente imprevistos; nos hemos cruzado, de lejos, pero no necesito frecuentarlo sino seguir leyéndolo constante para confirmar la admiración que le tengo y el asombro que compartimos ante lo imprevisible, como por ejemplo reencontrarme con él sobre la bruma de un café que pedí para hacer tiempo en la esquina del Teatro Romea de Barcelona. Hacer tiempo. Hace tiempo. Hace un tiempo de primavera insólita en pleno octubre y nos ha tocado hacer tiempo al filo de que se estrena en ese teatro emblemático una obra de Juan Villoro.

El filósofo declara es una obra con la que Villoro se consolidó como dramaturgo no hace mucho tiempo. Aunque mi favorita es la más reciente (Conferencia sobre la lluvia), un monólogo entrañable que es además una antología de versos mojados por el ajeno llanto de la melancolía, con El filósofo declara Villoro ha confirmado que sigue casi literalmente la estela del genio de Jorge Ibargüengoitia, no sólo en sus crónicas y cuentos, sino también en el abordaje de la dramaturgia como escaparate de las vidas cotidianas donde el pensamiento se entrelaza con el humor. Efectivamente, el humor es un síntoma de inteligencia y minutos después, el patio de butacas que se ha llenado para aplaudir la obra de un mexicano destila una inteligencia colectiva en sintonía con muchas claves: en una ciudad que ya se acostumbró a que todo teatro hable en catalán es notable que se haya volcado un público expectante y luego, carcajeante, para una obra que habla en español.

Se sabe que El filósofo declara se estrenó en México y que luego llenó durante un año y medio las butacas de un teatro en Buenos Aires. En esta ocasión, el director mexicano Antonio Castro y el ramillete de geniales actores españoles se han encargado de convertir los parlamentos al ánimo tono y palabras propias de una situación peninsular, una puesta en escena donde todo espectador identifica perfectamente que está viviendo de testigo un enredo español. Esto se debe al libreto, pero también al arduo trabajo de elevado profesionalismo de los actores, y sobre todos, la genial interpretación de Mario Gas.

Si pudiera, me pintaría el pelo de blanco e intentaría andar por los escenarios del mundo como suplente de Mario Gas, no sólo para imaginar que yo también soy sobrino de Mario Cabré, ese torero guapo que toreó nada menos que a Ava Gardner, sino por la clara inteligencia con la que Gas memorizó el equivalente a un libro de 400 páginas para esta obra donde interpreta al Filósofo declara, con Rosa Renom en el papel de Clara, Ricardo Moya como el filósofo rival de toda la vida y Maritxell Calvo y Jordi Andújar como comparsas de un duelo verbal entre viejos académicos que llevan toda la vida espetándose celos y sabiduría, inquinas y punzadas, cuentas pendientes e incontables verdades que parecían quedarse ocultas hasta que el telón las levanta.

El filósofo declara es una ventana que se abre a la vida cotidiana de quienes normalmente imaginamos encerrados en una torre intocable de marfil. La vida cotidiana donde las premisas y axiomas del pensamiento se filtran entre las dificultades emocionales y los estragos para vivir en sinceridad el decurso de los afectos. Es una tragicomedia no muy alejada de todos los hogares donde las ideas fijas, las costumbres de toda una biografía, de pronto se decantan en la encrucijada o taquicardia de la vida misma.

Vine a Barcelona para una celebración y el cultivo de la ilusión de que todo teatro –novela o poema—vaya de ida y vuelta sobre el Atlántico en abono de la conversación que merecemos de ambos lados. Vine para confirmar que los escritores de veras elevan de sobremesa o en la tarima del escenario la imaginación compartida que nos refleja y refracta.

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