El Deprimido

deprimido

Como quien despierta en medio de una pesadilla con agruras, camino por un sendero de arena y polvo, alineado con varillas dizque preventivas. A un metro hay una cuerda que pretende servir de barandal con unos pañuelos amarrados a modo de advertencia; de allí pa’bajo hay una caída de sesenta metros hacia lo que ya parece un túnel inventado en el subsuelo por donde dicen que hace siglos corría el río de Mixcoac. Es el infierno que se han inventado para bien de nadie, beneficio de todos, invento de vialidad, excusa de robos, parapeto de corrupciones diversas y placebo para el horror, allí en el cruce de la avenida de los Insurgentes y la calzada de Río Churubusco, donde nace además el eje vial José María Rico, antigua calle de Popocatépetl y la hasta hace poco discreta Minerva, de jacarandas y tantos secretos.

Aquí ya no hay noches porque quizá, en realidad, nunca las hubo: es zona de antiguos silencios y párrafos que volaban de madrugada, ahora poblada por gritos en lenguas que nadie conoce, con el ruidero constante de inmensas máquinas que rompen concreto, rompen todo lo concreto y siembran sus picotazos sobre el asfalto.

De día, la adrenalina de la ira y de las prisas, los coches que parecen avanzar sin conductor humano, despreciando toda forma de lo peatonal, mentándose la madre para avanzar hacia ninguna parte… y la revelación de la inmensa sombra de un adefesio (que no edificio) que dicen fue soñado por el genio de Teodoro (quizá en sus peores momentos de delirio), pues es un armatoste imperdonable de quiénsabecuántos pisos, amenazando con el tráfico y tráfago que generará ya para siempre en cuanto sus oficinas se nutran de androides que las habiten con más y más automóviles. Es un adefesio de inmensas cristaleras para reflejar el desahucio en el que hemos caído, en el que nos han hundido los políticos enanos que, aun así, nos miran por encima del hombro engreídos en una soberbia millonaria de capitales impunes. Es el asco de la ciudad que gasta inútilmente las fortunas que podrían ayudar a sus millones de desposeídos, la megalópolis que lleva ya varios lustros invirtiendo en cemento, en segundos pisos de vialidades que solo sirven como metáfora del tsunami que nos aqueja con sus curvaturas y oleadas de humo estiercolado.

Ojerosa y pintada, la ciudad que ahora se redefine en extrañas constituciones que no logran poner en metáforas la desolación y los enredos, los cuellos de botella y parones repentinos de todo flujo. Es la ciudad enredada de siempre multiplicada por los meses que se alargan para el surgimiento de nuevas especies de ratas, nuevas estrategias de necio entretenimiento en semáforos y la oprobiosa novedad de la publicidad bajo los puentes con bocinas, y la incontenible manía de procrear publicidades en video como escenografía de Blade Runner, y fotos cada vez más ampliadas de caras imbéciles que anuncian algo que nadie sabe para qué sirve. Contra toda caminata, todo trayecto en automóvil ha de durar por lo menos una hora, para llegar a la esquina más próxima y renunciar al trayecto, cada navegación una aventura lamentable.

Esto era otra cosa y pudo ser algo. Esto no es un pedazo de la planimetría, sino una improvisación en el plano de un arquitecto invisible, un enjambre de simulaciones con urgencia, con una necia idea de que el futuro ha de borrar toda la incomodidad con el repoblamiento de cientos de árboles para que intenten transpirar algo de oxígeno futuro con follaje diverso para disfrazar el oprobio y los abusos, la sinfonía de coches que tocan sus bocinas al unísono mientras las damas se pierden en las pantallas de sus teléfonos y los conductores de los autobuses sueñan correr a velocidades dignas de campeonato. Ese demente del microbús que se para a la mitad de la calle se sabe emperador de un islote prehispánico y su patiño, colgado en la puerta, va cantando los nombres de los acaramelados reinos por donde se supone que han de transitar mientras los asaltantes esperan en la siguiente esquina para asaltar a los pasajeros y hacerse de una discreta bolsa de dinero en efectivo, medallitas de oro y telefonitos celulares y, de vez en cuando, entre ellos el Vengador Solitario que viaja armado precisamente para intentar salvar a la Ciudad de México de esta piel pegajosa de fango y hartazgo, de millones de voluntades ilusionadas en que la ciudad más grande del mundo cuajara de una vez por todas como la inmensa novela que merecemos leer a cada paso y en paz, y no el peor cuento jamás contado.

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