Duele Londres

duele-londresDuele Aleppo porque allí arrancó el inspector Hercule Poirot el viaje que habría de servir para resolver deudas pendientes en un Crimen en el Expresso de Oriente, y por los miles de niños muertos y los bombardeos descarnados a cada cinco minutos, de una taquicardia que sincroniza con el dolor de Damasco porque allí se convirtió Pablo de Tarso, y porque de esos polvos ya no queda ni rastro de lodo posible entre tanto fantasma muerto.

Duele París por tanta historia y tanta belleza en los edificios anónimos, y por la sangre derramada sobre los dibujos políticamente incorrectos de una revista de humor que no merecía la censura de la intolerancia y la barbarie, y duelen los cuerpos amontonados a las puertas de una discoteca y los transeúntes atrincherados en un supermercado manchado de muerte y un bistrot que se cierra a dos calles de un palacio de mármoles blancos ya salpicados de sangre.

Duelen todas las ciudades de la nueva geografía del adolorido mundo donde nos duelen todos los dolores de la literatura pretérita y los paseos entrañables, las personas desconocidas y los prójimos en peligro, lo próximo que se ha vuelto terror y la ira irracional del desconocido desesperado que cree que matando justifica la pobre vida de una idea descabellada.

Duele Londres por las calles invertidas por donde navegan inmensos taxis negros como salas de estar ambulantes, y duele el paso de cebra por donde cruzan todos los días a la misma hora los cuatro evangelistas sabios del amor y de la paz; me duele la calle de Saville Row y la cara larga de un sastre y el antiguo local intacto del número 84 de Charing Cross Road, donde se selló un amor en libros, y duelen los prados de Hyde Park y las azoteas por donde vuela feliz Angela Moira Wendy Darling en pos del hombre que ha sido siempre niño, el único capaz de recuperar su sombra en el garfio como viento del terror más bigotudo. Duele Londres, que en su río ha navegado la ballena perdida y la barcaza imperial, bajo el puente que siempre se está cayendo según le cantan a la bella dama que deambula por la Torre de Londres custodiada por los cuervos que a menudo hacen su nido en el teatro circular de un bardo que habla en versos, cuyos sonetos prefiguran el horror insensible de la demencia asesina y el amor como delicado pétalo que ha de resucitar a cada sombra entre los libros viejos de un barón bibliófilo de Notting Hill. Duele el espectro del inmenso varón que lleva el clavel verde en la solapa, y duele Londres en la azotea donde tocan por última vez, cada vez, los cuatro profetas de Liverpool para que abajo todas las piedras rodantes declaren que simplemente no hay satisfacción posible, aquí donde se vive la simpatía constante por el Diablo.

Duele Londres bombardeada como Aleppo en el delirio de un enano que pretendía conquistar Europa, y duele la Inglaterra entera que disimula su arrepentimiento de declararse isla alejada de todo continente, y duele la bandera que reúne tres cruces y las calles de Dickens intactas y el camino que sigue el personaje de Joseph Conrad, que hace unos años puso una bomba en el subterráneo que llaman Tubo y en el autobús de no sé cuántos pisos como el de un joven maguito que se sienta a llorar a la orilla de una antigua capilla de Caballeros Templarios a pocas calles de la plaza abierta donde tocan música de cámara unos arcángeles ya invisibles… y duele Londres como duelen todas las ciudades de este doloroso mundo, donde en el instante menos previsto surge el horror de la sangre y el enloquecido desahucio de la desesperación ya cotidiana. Duele el silencio de la abadía de Westminster y la esquina donde intentan dormir los poetas y resuena la campana que hace siglos tañía la voz de John Donne y la banca solitaria donde se sienta a llorar la vieja viuda, siempre sola en su silencio, que llaman Eleonora Rigby. Tanta gente sola, ¿de dónde salimos todos?

Leer en Milenio

Deja un comentario

Show Buttons
Hide Buttons