Dos caras

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El video muestra a un grupo de señoras sentadas en fila, con letreros que cuelgan de sus cuellos, mientras un enfebrecido joven les corta al azar mechones de pelo. El hecho es informado por algunos medios como la acción que realizan maestros en huelga y pie de lucha contra las dichas señoras que son maestras que siguen asistiendo a sus aulas para impartir clases, y luego otros medios —y este mismo MILENIO— nos aclara que se trata de funcionarios o improvisados peluqueros a sueldo, pagados por gobiernos municipales de Chiapas, infiltrados y disfrazados para aparentar ser disidentes y tetecharle los peinados a las maestras y así lograr una descalificación del CNTE, EZLN y las renovadas aspiraciones del Peje. Sea como sea, sea lo que sea, ¿no es absolutamente reprobable, oprobioso y deleznable verificar que —al tiempo que sea quién sea— corta mechones de las señoras entre bromas, consignas y deleznable abuso, nadie —absolutamente, nadie— hace o dice nadie en defensa de la dignidad de dichas señoras?

A uno se le ocurre opinar con libre derecho de expresión sobre el enrevesado caso de un gorila que arrastra por su improvisado hábitat en el zoológico de Cincinatti a un niño de tres años, y en su opinión procura asentar el lamentable desenlace que resultó en el sacrificio del simio y el alud de acoso, denostación e ira contra los padres del niño y el niño mismo en amplias redes sociales del planeta que habitamos. Se me ocurrió escribir que si acaso soy acosado por un gorila de 300 kilos agradecería que alguien lo liquide antes de que se coma mis huesitos o me corte el pelo a su antojo y me han llovido insultos, prebendas, sentencias y denostaciones insinuando que, de llegar a ser perseguido por un inmenso primate, lo mejor que me pueda pasar es convertirme en su amante. ¿Qué no quedaba debidamente explícita la disyuntiva racional de que una cosa es lamentar el accidente y otra muy distinta condenar a los padres y al niño mismo al cadalso?

Una cosa es reprobar una película y declararla “inmoral” y otra, muy distinta, fijar grupos de choque en la taquilla del cine donde se proyecta para intimidar o insultar a los que pretenden asistir a su proyección. Lo mismo quienes quemaban libros en grandes jolgorios de una Alemania en blanco y negro y los enrojecidos cuellos de los dementes de Alabama que quemaban discos de los Beatles por considerarlos herejes y diabólicos mensajeros del Mal con mayúscula.

Una cosa es manifestar libremente la oposición o rechazo a las corridas de toros y otra, muy diferente, celebrar desproporcionadamente la muerte de un torero, la cornada que deja sin piernas a un banderillero o, como ha sucedido ya con absoluta impunidad (o por lo menos, sin fincar la debida responsabilidad), espetarle a un niño aficionado el calificativo de “asesino” con el escudo infalible de un micrófono dizque preocupado por “la causa animal” o golpear el auto de una familia que tuvo la mala idea de pasar por enfrente de la plaza de toros México en un día de corrida (a la cual ni pensaban asistir) y ser atacada por valientes vándalos, de heroico paliacate en el hocico. Demanden a las empresas responsables de los espectáculos que odian o reprueban, y apelen ante las autoridades la evaluación o cancelación de los espectáculos que detestan, pero lo único que nos falta es que el aficionado a toda filatelia quede expuesto al insulto, agresión y denostación masiva o contagiosa por esa neblina nefasta de la ignorancia, ósmosis instantánea del juicio sin conocimiento de causa y esa pinche manía de opinar de todo por puro instinto animal, sin saber en realidad de qué se está hablando.

Si el presidente de Garganzuela, repetidas veces entronizado en el poder, decide declarar que hay un complot extraterrestre contra su púlpito bananero o si un Presidente Primate que dice hablar con pajaritos ha pisoteado los derechos humanos de sus compatriotas, ordeñado las arcas del pueblo y condena a miles de anónimos al hambre, ambas caras de toda información que provenga de sus latitudes deberían pasar por el mínimo filtro de la piedad y preocupación, como hacían antiguamente las abuelas que anteponían el “pobre gente” a las noticias de hambrunas, masacres o matanzas, mucho antes de que sus nietos explicasen el contexto histórico o sociopolítico.

En este enrevesado mundillo donde miles de jóvenes se divierten con peliculitas de breves segundos en las pantallas de sus telefonitos mal llamados “inteligentes”, donde se observa cómo se quema la cara un niño con un pastel o cómo se mata desde un acantilado el fallido paracaidista extremo, resulta anacrónico lamentar la imbecilidad de todo el tema, pues lo que se espera es la sincronización de la banalidad. Ahora resulta que al alcalde casi constitucional de una de las ciudades más grandes del mundo le vale un pito el inmenso problema del acoso sexual de sus conciudadanas, ahora que a los Jefes de Estado les preocupa muy poco la geografía sangrienta de sus repúblicas en aras del discurso maquillado, la enfermedad de los planes utópicos y proyectos falsos, las ganancias, siempre ganancias, de los que ganan siempre y ahora que la estupidización hipnótica del odio multiplicado, el ocio institucionalizado, la desidia imperante y la distracción constante rebasan toda frontera, no es de extrañarse que pretenda seriamente ser presidente de Estados Unidos de América un paladín de la estulticia y privilegiado primate de la ignorancia supina, o que llegue a la mayoría de edad una generación entera cuya mayoría desconoce absolutamente mucho pretérito del que supuestamente habíamos memorizado algo para jamás repetirlo, jamás olvidarlo.

La duda que se extiende sobre las palmas de las manos es precisamente la que desvela a quienes siguen aquilatando la pregunta constante por encima de la respuesta contundente, quienes acarician las páginas de un libro en lugar de dormitar durante horas ante pantallas de todo tamaño y la rara capacidad de diálogo, discusión o incluso, debate en quienes aceptan controversia precisamente para encarnar ideas, cultivar pensamiento y procurar mejores acciones en los hechos. Pero todo eso tiene poco que ver con la peluquería fascista o estalinista de quienes blanden tijeras viperinas mientras nadie, absolutamente nadie, lo impida y todos, absolutamente todos, lo memorizan en callados videos para la amnesia.

Es un mundo con dos Papas, una España con dos Reyes… una realidad con dos caras.

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