Donald Desprecio

donald-desprecioIncluso cuando intenta ligeros elogios para los albañiles o empresarios mexicanos que conoce, contrata o engaña, Donald Estiércol Trump no hace más que disfrazar el íntimo desprecio que siente por México y los mexicanos, el idioma, la comida (a menos de que sea la falsa salsa cátsup que le echa encima a la chalupa impostada como tortilla) y el absoluto desconocimiento y abierta ignorancia de nuestra vasta cultura. Quienes asumen ahora la supuesta negociación con su gobierno no pueden negar que, en realidad, van en innegable sumisión, postrados en la derrota a intentar rescatar de lo perdido lo poco que hallen: que si el Muro, que si el Tratado, que si los precios, que si las deudas… sin abrir la discusión a la preocupante y ominosa neblina de racismo antimexicano que destila no solo el Imbécil Mayor sino buena parte de su gabinete.

Haber borrado de un plumazo la versión en español de la página web de la Casa Blanca no es más que un guiño que denota su desprecio. Desprecio y cierto tufillo de asco hacia los que hablamos con eñe, que en el caso de hispanoparlantes en Estados Unidos suman más o menos 52 millones de personas. Nada menos y ai’nomás. Cerrarse a las lenguas del mundo representa el pináculo de su cerrazón nacional-populista: oídos sordos no solo al habla global sino a su propio pretérito, pues se supone que es país construido gracias a la diversidad de idiomas y dialectos que lo hicieron lo que es. Cerrarse a la vida ajena como si su naranja piel y su pelo de elote pudiera blanquear la piel ya más bien morena de la clase trabajadora que sostiene su imperio; cerrarse como quien quiere retrasar el tiempo y volver a la utopía cinematográfica de negros que boleaban zapatos, meseros rubios o pelirrojos y uno que otro apache durmiendo en la estepa solitaria.

El desprecio de Trump se avisa en la triste manera con la que mira a su propia familia, los pasos con los que se adelanta al andar de su mujer-modelo, el desdén simulado con el que apapacha a su hijo o los absurdos comentarios con los que intentó hacerle un piropo a su propia hija. Es el arquetipo del desalmado que engaña hasta en el espejo, el mentiroso que se vale de argumentos colaterales o placebos acomodaticios para negar la verdad, negar la realidad y hablar solo el idioma que él cree hablar. En realidad, sabemos que incluso su dominio del inglés es bastante limitado, que repite adjetivos estúpidos para parecer inteligente y que ha leído el mismo número de párrafos que acostumbra leer un tractorista semianalfabeta (que votó por él con la utópica ilusión de que Charlton Heston encarne a la Patria, esa patria sin nombre que roba el título de todo un continente para intentar llamarse a sí misma algo mejor que Trumplandia).

El desprecio de Trump es ya sintomático y crecientemente preocupante, pero más alarmante es la débil estrategia con la que no pocos funcionarios mexicanos pretenden no encararlo sino cortejarlo. Se trata de una variante aún más siniestra del desprecio de Trump: hablo del propio desprecio que sienten los políticos mexicanos impunes y prófugos, pero también los prófugos en potencia, los rateros de hoy que serán descubiertos mañana cuando ya no ocupen sus pomposos cargos y aún gocen de fueros o distancias que los alejen de toda justicia. Son los que aspiran a convertir estos días aciagos en “coyunturas” y “oportunidades”, cuando en realidad lo único que habría que espetarle al recién instalado demente Donald es un mensaje de profundo y generalizado desprecio, superior a cualesquiera de sus inimaginables bravatas, que le confirme (vía traducción simultánea) que sabemos que es un perfecto pendejo, que su destino es la chingada y que todo lo que babea, cacarea, cree y proclama no son más que puras pinches pendejadas… sabiendo que las traducciones de estas palabrotas perderán su peso y contundencia, considerando que él mismo ha decidido sellar el muro para su posible comprensión y entendimiento.

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