Dewey derrota a Truman

Hace décadas, en un tiempo en blanco y negro, se le cantó victoria tan adelantada y equivocadamente al candidato Dewey que su oponente –a la postre triunfador y atómico, Harry S. Truman—se dio el lujo de fotografiarse con el encabezado del periódico que se equivocó en su trama. A medida en que fueron pasando las horas de los diferentes husos horarios de la unión americana y se fueron sumando los infinitos usos de la moderna tecnología (en aplicaciones para teléfonos, en publicidad a puntapala, en sondeos instantáneos y conexiones satelitales) nos fuimos dando cuenta de que habíamos olvidado una desgracia evidente: hay millones de norteamericanos que creen en Donald Trump, que con nulos datos o corazonadas verbales creen ciegamente en la falsedad del calentamiento global y les hierve la sangre ante el supuesto convencimiento de que sus fuentes de trabajo fueron arrebatadas por bandoleros mexicanos (amén de violadores y asesinos). Hay millones de cuellos enrojecidos y encallados por las muchas horas de trabajo incansable en maizales y fábricas muy, pero muy alejadas del siglo XXI, allí donde les importa un bledo la ubicación exacta de Hungría, el peso atómico del Bario o las implicaciones del Brexit; son los que le celebran las perradas a Trump, el alarde de agarrar a las mujeres por donde se le pega la gana, pues a contrapelo sus votos en masa demuestran el hartazgo y la desolación, el abismo irracional y la desesperación de la ignorancia que no tiene ni idea (ni tolerancia) a los enredos de los políticos profesionales, a los discursos con palabras que en el fondo no entienden, a las noticias de países donde usan alfabetos diferentes o la letra Ñ. Son millones de trumpeteros que le celebran al monigote de la mentira sus evasiones fiscales, sus bancarrotas con ganancias, sus mujeres modelo, sus palabras bravas aunque sepamos que son huecas. Son millones los que simplemente no aceptan la liberalidad o para ellos libertinaje de los matrimonios entre personas del mismo sexo, la legalización de la mariguana, la noción de una seguridad social universal… y sí, la posibilidad de que una mujer sea presidente de los Estados Unidos y comandante en jefe de los ejércitos más poderosos sobre la Tierra.

Han sido horas en que se cumple entre cronistas ocasionales, reporteros incansables, periodistas de vocación, analistas ocasionales, historiadores azorados, ciudadanos preocupados y pensadores en penurias el viejo adagio del gran A. J. Liebling, que aquí en Nueva Orleans se le respeta por su librazo sobre el Earl of Louisiana. Decía Liebling. “Puede ser que escribas mejor que yo, pero no más rápido y puede suceder que escribas más rápido que yo, pero no mejor” y en esas andan todos los que están echando humo de los teclados en sus teléfonos o en su tabletas, en sus computadoras portátiles o en los escritorios de las redacciones, todos a una con la temible y temblorosa ilusión de que tanta desolación que ha provocado en las últimas horas la sorprendente e inesperada avalancha de Trump no sólo demuestra la tremenda división de un país inmenso y acéfalo, amnésico y ansioso de utopías impalpables y sudamos la gota gorda sobre los teclados con la nerviosa esperanza que nos lleve a la milagrosa posibilidad de equivocarnos en el encabezado que ya canta el de la piel anaranjada y verificar dentro de unas horas el alivio de que se pudo evitar su pesadilla. Mientras tanto, seguimos a la espera…

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