Del oficio

Al alba, en el umbral de la puerta, parece que los sabios del Oriente han vuelto a dejar un carbón en el zapato. Sucede todos los días: el que escribe se levanta con la ilusión de encontrarse con un poema deseado, un ensayo ya ensayado, una posible novela o la invención de un cuento, y los magos reyes del oficio han vuelto a dejar no lo que parece carbón sino un poliedro más bien diamante. La piedra lleva el oro garantizado como recompensa al trabajo, en tanto se confíe en la disciplina quizá tediosa y no en la supuesta epifanía del chispazo; lleva incienso para eludir los malos olores de todos los que han de leer tus páginas con mala leche, opinar incluso sin leerte y de allí que también lleva mirra para curar heridas, detener hemorragias y sanar el ánima con la que se ha de seguir en el intento. Aunque no sea necesariamente piedra filosofal, se trata de una gema que ha de apuntalar eso que llaman vocación y que se vierte con oficio… todos los días, a cada hora.

Escribe el que escribe. El que no escribe no escribe, pero el que escribe de veras escribe todos los días, a cada hora, incluso cuando no está escribiendo. A veces se carga la pluma en ristre y la tinta permite anotar en cualquier papel la ocurrencia para ese cuento, el tema o cuadrícula esencial del ensayo a ensayar o, incluso, el verso que rompe con la realidad y podría hilvanarse más allá de la rima o la métrica institucional o acostumbrada. Pero, a veces, no está la pluma para sacarse en público y la realidad se encarga de proyectar en tercera dimensión palpable y a todo color la trama de un relato que parece inverosímil: el taxista decide —sin consultarlo— poner en su iPhone los éxitos del karaoke que él mismo ha grabado con su enigmática voz oriental; aprovecha que faltan varios kilómetros para llegar al aeropuerto y en la pantalla inteligente de su taxi último modelo proyecta también los videos que él mismo ha grabado cantando desafinado lo que entrañablemente cree que es su clonación con Frank Sinatra o su mimetismo en humos de incienso con George Harrison, y si uno lo narrara en tinta parece invención, pero al descender del taxi la mente del narrador ya está imaginando cómo redactar este cuento increíble.

Todo esto para intentar responder a la pregunta de todas las roscas. ¿Qué le sucede al escritor que no escriba a diario? Pues se queda colgado de la rama del más reciente párrafo en un temerario equilibrio endeble o se resbala poco a poco por la pendiente de la desidia o, bien, cae en el abismo de un silencio. Es el bloqueo diario de todos los días, el que amanece a la espera de que los magos y sabios del sueño depositen en los zapatos el cuento de todos los días, las siguientes páginas para una novela o los párrafos que merece una crónica vivida —de manera insólita— en el asiento de un taxi.

Todo esto para desear que todo aquél que lea estas líneas haya recibido al amanecer el engañoso carbón falso que resguarda en realidad las bendiciones enigmáticas para redactar la vida diaria de cada quien según su oficio: que el panadero encuentre la combinación
perfecta de la masa que ha de tallar cerca del horno para que cuaje el mejor pan jamás imaginado, y que la bailarina que lleva años ensayando el giro triple dé un paso que parezca hacerla volar, y lo logre ante el espejo, donde solamente ella ha de ver la trascendencia de su danza, y que el joven que se ha desvelado toda la noche ante el galimatías de una tarea tiránica, descifre todos los recursos que tiene en su intelecto para demostrarse a sí mismo y ante quien sea que sabe lo que sabe, que entiende incluso cuando haya cosas que no entiende y que, por lo menos, destila o transpira su capacidad para pensarlo todo… y todo esto para agradecer otro amanecer con tinta intacta, con historias inéditas en la saliva y la expectación endeudada con la realidad siempre imprevisible, con las sorpresas que ofrece todo taxista o cada paseo, todos los días, a cada hora.

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