Declara, filósofo

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En la estela de Jorge Ibargüengoitia, Juan Villoro no solo cuaja columnas semanales de altos vuelos que se suman a la prístina literatura que destila en sus cuentos y novelas, sino que ya ha triunfado con creces en las tablas de los escenarios del teatro. Como Ibargüengoitia —y algunos genios del elevado humorismo inglés—, Villoro el dramaturgo hace reír con ideas, pensar con gracia en esa delgada línea que divide al sentido del humor del pastelazo chistoso, y su teatro se compone ya de no pocas obras que dejan girando al espectador, probado ya en varias y diferentes latitudes: México, Buenos Aires y el reciente estreno en el Teatro Romea de Barcelona de El filósofo declara.

El director Antonio Castro tuvo a bien instalarse en la ciudad condal para la adaptación de esta obra no solo al español que hablan en Cataluña (donde ya casi todo teatro de escenario o callejero es en catalán), sino al contexto peninsular en esta rara dicotomía que —parafraseando a Oscar Wilde— hace que España y México sean dos países hermanos separados por un mismo idioma. La labor de Tony Castro fue ensayar con actores de primera los parlamentos que Juan Villoro imaginó en mexicano y aterrizarlos para una comprensión en España y el resultado se dejó escuchar en las carcajadas, silencios pensantes y aplausos atronadores con los que el público ha recibido la obra, que estará en cartelera hasta mediados de diciembre en Barcelona y que, ojalá, llegue pronto a Madrid.

No es cualquier cosa. Desconozco qué tanto tiempo había pasado desde que una obra de autor mexicano lograba presentarse en un teatro de importancia en España y la experiencia confirma que la riqueza imaginativa, verbal e histriónica que une ambas orillas del Atlántico se nutre y beneficia en gran medida por las andanzas frescas, las novedosas propuestas y el ingenio que sigue siendo barroco que viene de México. Villoro lo sabe y quizá por ello logró plasmar en diálogos una situación que le queda muy cerca de la biografía: la vida cotidiana de los filósofos, esos que siempre suponemos que viven encerrados en una aséptica torre de marfil y que, de pronto, se revelan como cohabitantes de un mundo de envidias, inquinas, celos y mentiritas.

De El filósofo declara, Tony Castro ha escrito que “estamos acostumbrados a ver a los pensadores como críticos del mundo, pero rara vez enfrentados al paradigma del pensador como crítico de sí mismo”. Villoro ha puesto al intelectual frente al espejo, y en el papel protagónico nada menos y nada más que Mario Gas, un director que actúa como figura del toreo en escena. No solo se aprendió un largo papel de memoria, sino que imprimió con precisión las pausas y los bemoles de un papel que hilvana las otras geniales actuaciones de Rosa Renom en el papel de Clara, Ricardo Moya (como el filósofo rival otrora amigo de toda la vida), Meritxell Calvo (la bella sobrina que llega de sorpresa) y Jordi Andújar (el falso chofer y recadero de un filósofo mandón). Entre todos arman en escena una tragicomedia de inteligencia que depende enteramente de los diálogos en este mundo tan acostumbrado a los chistes fáciles, las explosiones dinamiteras o el tedio insoportable de diversas banalidades. Parecería que todos salíamos del teatro recordando las diferencias entre Heráclito y Parménides o reflejando en voz baja las propias sombras de una biografía recién clonada tras bambalinas.

Es un orgullo que Juan Villoro siga cosechando el reconocimiento y difusión que merece su buena literatura, que Antonio Castro se consolida como director de alto standing (como dicen en Puigverd de Lleida) y que un cuadro de reconocidos actores peninsulares encarnen palpablemente a los personajes de una obra de teatro mexicana que ha llegado a los escenarios de España con el ánimo de conquistar espacios y contagiar la libre y fresca imaginación que nos salva de tanta mala noticia.

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