De todas formas, El País

A México, El País empezó a llegar en delgadísimas hojas de papel cebolla para que el envío por avión no pesara tanto y quizá también para que su lectura fuera como quien deshojara una alcachofa, la carne de cada pétalo conformando un sabroso diálogo con cada lector, una callada complicidad donde se mezclaban al menos dos sabores en los acentos de cada párrafo: había quienes leían las noticias llegadas de España con ecos de ceceos y exageraciones en las zetas, pero con la renovada frescura de una tierra que recuperaba en democracia todos los colores del hogar y del terruño que se habían quedado en blanco y negro desde tiempos del Exilio y, por otro lado, hubo quienes leíamos sus adjetivos y muchas palabrotas con el asombro que hasta la fecha suscitan en los medios públicos mexicanos (y en más de una sobremesa).

Separados por un mismo idioma , como dijera Wilde del inglés americano y de la flemática británica, los primeros lectores mexicanos de aquel País de primera época nos dividíamos entre hijos-nietos del Exilio Republicano (algunos que conocían España y otros aún no) y los mexicanos sin más nexo con la Península que las ganas de conocerla. Todos a una, los lectores de aquella edición trasatlántica de páginas en vilo abrevábamos de un raro frescor no sólo en la forma con la que se ejercía el periodismo, sino en el fondo de los hechos que narraba. Lo mejor del periodismo valiente e incisivo de México se crecía ante el referente libre y destapado que llegaba directamente del linotipo en Madrid. No pocos articulistas y reporteros de honra y oficio cimentado vieron en las columnas de El País, en todas sus formas, el posible contagio para una liberación o renovación del mejor periodismo mexicano habiendo sufrido no pocos atentados contra sus propias libertades esenciales: en 1976, el gobierno de Luis Echeverría armó un tongo como para disfrazar lo que fue no menos que un golpe de estado contra la soberana libertad de expresión que destilaba el periódico Excélsior y de ese descalabro nacieron gérmenes de tribunas –la revista Proceso, encabezada por el exdirector Julio Scherer y el gran escritor Vicente Leñero entre otros; la revista Vuelta de Octavio Paz y la intacta dignidad crítica y libre de Jorge Ibargüengoitia, Abel Quezada o José de la Colina por sólo mencionar algunos—todos ellos, nodales en el posterior camino hacia la siempre frágil democracia mexicana y sí, de alguna u otra manera, lectores pero también colaboradores desde entonces de El País que ya rebasaba fronteras.

Hablo de una suerte de adolescencia temprana donde los que leíamos aquellas páginas como papel para fumar nos pasábamos de mano en mano las ganas de entender (sin entender del todo) los intríngulis, dimes y diretes de una monarquía parlamentaria con partidos políticos que recién salían de su proscripción, habiendo sido fundados incluso mucho antes que la llegada de la dictadura. Podría decirse que cuatro décadas después, los lectores mexicanos seguimos leyendo queriendo entender o creyendo que podemos, aunque de todas formas leemos hoy a España y El País, tal como los leíamos aquellos en días en que México intentaba una cacareada reforma política dizque invitando al juego de las elecciones libres a partidos de diverso color y bando que también presentaban parecidas suertes a los variados partidos que pactaron en La Moncloa, aunque pasarían aún muchos años para que realidad similar fuese tangible en Chapultepec.

Leíamos de la Primera División del Futbol Español o de Feria de San Isidro o del despertar editorial de los libros que se publicaban ya en tiempos de total destape con la misma combinación de morbo y curiosidad, inocencia y calentura con la que nos hipnotizaban las portadas de las revistas de encueradas y políticos que también nos llegaban de España. Hablo de una rara época en que aún faltaba poco más de un año para la formal reanudación de relaciones diplomáticas entre México y España, ese increíble formalismo que apartaba irracional pero jurídicamente a dos pueblos hermanados por antonomasia, unidos para bienes y males desde siglos, habitantes ambos del mismo idioma, el país que nos une. El vado quedó formalmente zanjado con el notable brindis del presidente Felipe González en Tlatelolco (de todos los lugares posibles, pues ése, nada menos), pero consta que ya llevábamos más de un año no pocos lectores asiduos en soñarle al país México las ejemplares libertades de expresión, unión, reunión y decisión que destilaban las páginas en vuelo de periódico como bandera.

Jorge F. Hernandez El pais

Diez años después, quienes elegimos estudiar en universidades españolas en vez de engrosar el éxodo de la costumbre común hacia la educación superior en los Estados Unidos, verificamos en carne propia lo que significaba viajar en el Metro de Madrid (que aún no era del todo Circular) con un ejemplar de El País –ya no de papel cebolla, sino más pesado y cargado de tentadoras publicidades de masajes y demás relajaciones—y más aún, si vestíamos el uniforme de pana, americana sin corbata y la greñas à la Movida. Consta que había un tono diferente en quienes nos hablaban o veían feo desde otras tribunas, con otro periódico incluso de diferente formato en la misma mano donde llevaban paraguas (y algunos, bombín o algo parecido). En aquel Madrid de muchos cafés de mesa de lápida y tertulias que parecían trasnochados platós psicodélicos a lo ye-yé, los lectores de El País tenían al menos fotografías de escritores para apuntalar comentarios y reseñas, mientras los otros diarios de la época seguían con retratos a lápiz y no pocas notas sesgadas por los himnos y las marchas. Por encima de todo, la provechosa pluralidad siempre ha sido no sólo transpirada por el ánimo esencial de El País, sino contagiada a las tertulias y discusiones serias que siempre ha abonado con voces discordantes: lo saben bien sus lectores que aún hoy apelan al diálogo entre diferentes por encima de la diatriba discordante y necia que prefiere callar y acallar. Lo que intento escribir es una declaración abierta de una deuda impagable de gratitud por las muchas páginas de inmensa literatura que al tiempo que nos enseñaban a leer ensalzaban y reconocían nuestra propia ensoñación hispanoamericana. Es decir, no estoy de penacho y conchitas reverenciando la intachable pluma de ganso colonial y engolada, sino reconociendo la compartida grandeza de mutuo beneficio y sintonía entre Mágina y Macondo, Cuévano y Comala de Corazón tan blanco, Últimas tardes con Teresa luego de tantas Batallas en el desierto… conjugación de novelistas y cuentistas, escritores de ambos lados del Atlántico que a los lectores de El País nos llegaban al mismo tiempo en el estante e instante en el que leíamos por primera vez fragmentos de sus obras, reseñas de las mismas o artículos de opinión firmados por esos autores como quien asiste a una cátedras móvil. Primero en papel y ahora en variados formatos, de todas formas: El País se volvió el lugar donde reconocimos a Bioy Casares al conocer a Muñoz Molina, recordábamos el porvenir en el pretérito de Elena Garro y sincronizamos la tribulación de hoy que es mañana de Almudena Grandes.

De esa forma, El País no sólo fue testigo participante y medio responsable en la larga lucha contra el terrorismo y el diario trajín de la construcción de la democracia –esa construcción que está siempre en construcción—sino espejo de la realidad circundante en círculos concéntricos que se han ido abriendo más y más, allende España a Europa, y más allá hacia el mundo entero. Hablo del periodismo que informa, el que viaja al corazón de los hechos más que rondar los oscuros laberintos del chisme; en sus páginas se ha conformado también la ventana impalpable hacia mundos que parecían imposibles: hoy leemos en papel lo que queda archivado para siempre en pantallas; pasa las páginas con las yemas de los dedos quien mantiene intacta la costumbre en cafés o poltronas, tanto como el que hace lo mismo sobre la superficie luminosa de su teléfono o tableta en la madrugada de un tren o en el amanecer entre nubes, pero de todas formas hablo del lugar donde muchos aprendimos a leer el mundo y sus diversos géneros: la literatura con prisa (como llama Juan Villoro a la columna de prosa pura que se cuaja al filo del cierre), ésa que firmaba Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes o el ensayo de bolsillo que demostraba la existencia del pensamiento andante en párrafos de Octavio Paz, Fernando Savater, Ricardo Piglia, Javier Marías, Rosa Montero… No puedo mencionar a todos, pero consta que lo están, en la memoria de este diario donde los lectores abrevamos de entrevistas elevadas a rango de género en sí mismas, reportajes –de semanal o por azar—donde la crónica se confirmaba como una de las bellas artes, columnas inolvidables, campanazos de noticias, scoops antes que nadie, el lente limpio –u objetivo claro y precisamente objetivo—con el que la vista del lector ve literalmente el decurso de los hechos, la cara del corrupto, la angustia del desahuciado, el horror de las guerras y el dolor ajeno, la humildad del sabio, el azar del ganador, el silencio de los olvidados y todas las formas del ruido.

En pantalla o papel, sea en tableta o pliego, El País es un lugar y un medio. El medio tiene el claro propósito de verter historias en cuidada narración puntual y objetiva, hilando referencias, asentando antecedentes y señalando consecuencias, dando cabida también a la diversidad de opiniones que brotan en torno al hecho mismo, pero como bien dijo Indiana Jones en una de sus inolvidables películas, ante la necia insistencia de un alumno obcecado, “Si lo que Usted busca es la verdad, le sugiero que se meta a la clase de Filosofía… aquí lo que buscamos son hechos” y en el arte del hecho, más allá de responder a las preguntas básicas de Quién, Dónde, Cuándo, Cómo, Qué… y quizá también ¿Por Qué?, El País es un lugar –mitad espejo y otro tanto, ventana panorámica—donde se pondera no sólo la posible caducidad del hecho (y más, en la vertiginosa adrenalina de hoy) sino la trascendencia del mismo (ayer y mañana) y el volumen real de su sustancia (leída o por referencia). Hablo de lo que pasa y pasó, tanto como sobre lo que lee quien apenas lee o lo que realmente leen quienes al parecer lo leen todo; hablo del afortunado lugar que emana de hilar palabras sobre papel donde incluso ya se han inaugurado otras ventanas sobre pantalla estrictamente visuales donde los hechos y las cosas son lo que vemos y escuchamos no necesariamente con letras de por medio.

Hablo de cuatro décadas y por lo menos dos generaciones de lectores que lo llevan bajo el brazo (doblado en la memoria o en la memoria del ordenador y teléfono) o bien, una misma generación –según el canon temporal de los bloques por cuarenta años—que ha leído o escrito en sus páginas la vibrante transformación de tantas formas del mundo y la emocionante sobrevivencia de tanto párrafo que dan fondo. Hablo de millones de lectores y de miles de colaboradores que a través de los años han cumplido de manera ejemplar la labor diversa de sus tintas: desde el viejo linotipo, offset y huecograbado, la distribución de madrugá y la guardia de noche hasta la nota al vuelo, la crónica arriesgada, el artículo de fondo, la reseña que lee, el encabezado atinado, la administración honesta, los horarios en relevos, la solidaridad constante… tanta gente buena junta. Tantos escritores que sólo conocía de oídas, tanto amigo que ahora me son familia.

De todas formas, El País… sea en papel, y en la antigua costumbre de seguir recortándole artículos memorables, o bien en pantalla, que se puede leer varias veces al día y sin horario, sigue siendo un allí o allá que es aquí, siempre diferente siendo esencialmente el mismo lugar. Territorio sin fronteras, con varios lenguajes en uso creciente donde se privilegia en particular una Lengua por encima de todas; Lugar más que geográfico, espacial y por ende, de variados horarios, esencialmente intemporal. Paisaje polifacético de papel (que tiende al otoño) y de un tiempo a la fecha, de pantalla ilimitada, táctil y palpable, estereofónica y de altísima definición. Población fija y fiel, flotante, efímera e inédita, transgeneracional, multicultural… difícil definición para una entidad en verdad inagotable, pero ¡carajo, qué buena descripción para un periódico que lleva ese nombre y que honra escribir en sus páginas nomás porque también es un gusto seguir y seguir leyéndolo!

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