De pie

De pie

Hace 32 años eran novias las hoy esposas que buscan a sus hijos en las redes que llaman sociales, o en los escombros que parecían no volver a repetirse; ¿cuántos brigadistas o damnificados de hoy fueron los bebés milagrosamente rescatados hace 32 años? Se observa incluso de lejos una mayor proporción de topos preparados y una colectividad instantánea, en tanto llegan a la pantalla misma de los teléfonos las imágenes de la destrucción o el alivio de las caras queridas, cuando hace 32 años dependíamos de la fragilidad de los radios y las noticias y respiración de boca en boca, y la Ciudad de México bocabajo más no vencida en una silente conversación donde muchos empezamos a utilizar el término “sociedad civil” y la palabra “solidaridad” (que luego se volvería plan de gobierno).

Efectivamente, solo lo fugitivo permanece y hoy, al día después, a la semana de los otros terremotos, a los 32 años de la tragedia que llevamos tatuada en el recuerdo de costureras y perros suizos, aviones militares de un imperio que se llamaba Unión Soviética codo con codo con los marines estadunidenses, y cajas, muchas cajas de medicinas y cobijas (que se anunciaban como mantas) que llegaron de España con mensajes anónimos rayados sobre el cartón donde intentaban darle ánimos a una ciudad que ya desde entonces tenía el tamaño de país. Hace 32 años se hacían cadenas de radioaficionados de onda corta para relevar los nombres y apellidos de miles de personas que eran pensadas desde todos los puntos del planeta, y hoy son las bendiciones del guasap y las virtudes del feis las que nos permiten respirar un poco más tranquilos en la distancia con solo recibir recados de tanta gente buena viva, o llorar en horarios diametralmente diferentes las ausencias tan dolorosas de conocidos y desconocidos… o rabiar por la inevitable presencia del vandalismo y tanta rata que aprovecha los escombros para robar.

El privilegio de atreverse a utilizar este espacio —cuando quizá sería más útil para publicar listas de sobrevivientes o nóminas dolorosas— se asume con gratitud y con la intención de animar a quienes no han descansado ni un solo instante desde las 13:14 de ayer, o las 7:19 de hace 32 años. Hablo de los millones de mexicanos que siguen en pie en medio de una ciudad con inmensas sombras y no pocos parches urbanos que huelen a gas; en pie los rescatistas que entran en los huecos de los edificios en busca de una respiración o un murmullo, y en pie los niños de miles de escuelas que acababan de realizar el simulacro que quizá les salvó la vida en el ordenado ensayo de no empujar, no correr y no gritar, y en pie los millones de justos de todo México y el mundo que lloramos la desgracia de más de una veintena de niños que quedaron sepultados junto con algunas de sus maestras en el pesado horror en que quedó su escuelita derrumbada. De pie los médicos y enfermeras, los paramédicos que cruzaron la ciudad sobre motocicletas con alas improvisadas, los miles de albañiles verdaderos e improvisados que trazan cadenas de brazos para mover toneladas de cascajo, kilo por kilo, miligramo a miligramo. De pie la inquietud de quienes resguardan con temor sus casas abiertas, sus heridas abiertas, su cerrada soledad.

De pie los millones de mexicanos que no merecen vivir en el constante temor de la violencia, el abuso fiduciario, la corrupción ilimitada, la mentira constante, la imbecilidad burocrática, la desidia administrativa, la improvisación ejecutiva, la hipocresía altiva y el racismo no tan velado de tantas contradicciones nefastas que nada tienen que ver con la mujer que está de pie preparando comida para los hambrientos, el hombre que lleva quién sabe cuántos viajes con bidones de agua potable para la sed que se transpira en la media centena o en el centenario de escenarios donde sigue en pie la vida misma en medio de tanta muerte y destrucción. Están de pie las mejores versiones del alma de México, los millones de voluntarios y donadores de sangre, los anónimos donativos que cruzan los dedos para que el dinero sirva de alivio, los cronistas y periodistas que salen a informar sin alarma e intentar el relato que abunde en comillas porque se citen las historias que nos dan vida, las que registran el doloroso golpe de la muerte, los vacíos de los damnificados de hace unas horas, de la semana pasada, de los fantasmas de hace 32 años.

México está de pie con una dignidad de siglos y una belleza que florece cada día en las caras de sus habitantes y en las páginas de su historia, los versos uno a uno de sus mejores poetas, los párrafos de su infinita literatura, las partituras de su música, y los lienzos o murales de todos los colores de sus frutas y sus aves, sus flores moradas y anaranjadas que hoy se prenden como velas en los cementerios improvisados. México está de pie en la honesta voluntad colectiva de una sociedad civil que hoy mismo hace acopio del mejor coraje y convierte en rescate el hartazgo que parecía inmarcesible, y México está en pie a los ojos del mundo, al que siempre ha extendido sus brazos abiertos, y México está en pie en la grandeza incólume de una voluntad común y convencida de cosas que quizá no están escritas en las columnas oscilantes del poder o doradas sobre los pliegos de viejos pergaminos, sino tatuadas en la piel del que ayuda, en la mirada de las niñas, en las arrugas de los ancianos, en los bíceps entrelazados que levantan media tonelada de loza para que respire un arcángel que sigue atrapado entre las arenas movedizas de lo que fue su hogar o su lugar de trabajo o el aula donde intentaba conocerlo todo. México está en pie en el silencio que se pasa de boca en boca para escuchar el mínimo rasguño de un enterrado o la callada alerta de una mascota atrapada. México está en pie entre todos los mexicanos que se desviven hoy, hace una semana y hace 32 años para que todos, por admiración, apoyo, pésame y ánimo, nos pongamos de pie en su honor.

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