Cuatro siglos y un instante

jorge f. hernandez cervantesMuere en día de San Jorge quien en realidad renace en la lucha constante contra el dragón impredecible de todos los días. El hombre que llevaban en andas el 23 de abril de 1616, quizá desconoce que su sombra es ya la eterna neblina que hoy mismo –cuatro siglos y un instante después—rodea como niebla los perfumados disfraces de funcionarios y turistas que se acercan en ruidosas peregrinaciones hasta las puertas del convento de las Trinitarias donde supuestamente reposa ese hombre que escribió la vera primera novela moderna, que –entre otras muchas otras bendiciones—concede no a todos sus lectores el raro azar de leerse siempre por primera vez, así sea la enésima vez que se toman entre manos sus páginas.

Hace veintinueve años, vísperas de recibir el Premio Cervantes en Alcalá de Henares, Carlos Fuentes lanzaba un reto ante unos aspirantes de escritor, autores en ciernes. Decía que él –siguiendo el ejemplo de William Faulkner—leía el Quijote todos los años, en Primavera o Pascuas. Por lo menos uno de sus testigos le tomó la palabra, quizá para que hoy consten en calendarios inverificables las siguientes noticias del imperio de la letras: Cervantes sigue intacto a cuatrocientos años de haber inaugurado su eternidad; el Premio que lleva su nombre se entrega este próximo sábado día de San Jorge al sexto escritor mexicano en merecerlo; el propio Fuentes empezó hace unos pocos años sus andanzas sin tiempo y uno de los lectores que aceptó el reto de leer cada abril la novela intemporal confirma a ciencia cierta que se trata de un libro cuyo autor cumple –una vez más—un instante de fallecido, así sumen oficialmente cuatro siglos las fechas en las enciclopedias oficiales.

Para quien no haya leído jamás esa maravillosa historia –y que sin embargo, cita la escena de los molinos o repite parlamentos que en realidad sólo se escuchan en la versión cinematográfica donde aparece Cantinflas—es de muy agradable sorpresa confirmar que en ese mentado final, el protagonista dice llamarse Alonso Quijano y que en vida fue conocido también como El Bueno. El detalle es trascendental, pues a lo largo de las dos partes que componen la novela y en todos los mentideros donde se habla del personaje (como si de veras fuera leído y no popular por oídas) lo conocemos como Don Quijote de la Mancha, apodado El Caballero de la Triste Figura y si acaso, al empezar el novelón el propio autor no menciona nombre de pila y duda si su apellido es Quezada, Quijana o Quijada.

Consta que en el imperdonable atrevimiento de escribir un Quijote apócrifo, escrita en Valladolid por un fantasma incierto que firmó con el nefando nombre de Avellaneda (muy probablemente seudónimo empleado por Ginés de Pasamonte, conocido del mismísimo Cervantes que se sintió ofendido por unas líneas fundamentales donde aparece en el verídico Quijote), el tal Avellaneda –santo patrono de los plagiarios que así pasen los siglos siguen tan campantes con sus hurtos impunes y sus meretrices al brazo—además, tuvo a mal inventar que Don Quijote se llamaba Martín Quijana y así, el necio lector de cada abril, de todos los años, descubre de pronto un vado inesperado, un hueco insólito que intentaré resumir a continuación.

Ni Quijada, Quezada o Quijana, pues el otrora enloquecido Caballero de la Triste Figura despierta de una siesta al filo de su último suspiro, pocos minutos antes de morir y declara ante barbero, cura, ama y criada que se ha curado de su locura y que ya no es presa de la razón de la sinrazón que a su razón distorsiona. Para profunda tristeza del desconsolado Sancho Panza, escudero que anhela la continuidad de la aventura, declara ser nada menos que Alonso Quijano, a quien en vida llamaban el Bueno. Ese nombre y ese apodo no aparecen en ninguna línea anterior del libro y tengo que para mí que significan lo siguiente: el hombre que había enloquecido como Quezada, Quijana o Quezada decide morir aparentemente cuerdo para que su personaje Don Quijote de la Mancha sea precisamente eterno y enloquecido por los siglos de los siglos… y en ese mismo instante declara llamarse Alonso Quijano, como salvoconducto verbal de una cordura aparente, que a ojos de todos parece una más de sus locuras, precisamente porque todo lo que ha de permanecer intacto así pasen cuatro siglos no es más que la nube impalpable de un instante; ese algo que es innombrable.

 

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