Cuando llueve Madrid

Cuando llueve Madrid parece que llora hacia arriba. Aclaro para puristas que no escribo Cuando llueve, Madrid parece que llora…, ni pienso que debería decir Cuando llueve en Madrid… porque siento que –a diferencia de otras ciudades del alma—Madrid llueve en sí misma, no le llueve y ese raro fenómeno meteorológico quizá se explique en la etimología de la palabra saudade. Fado murmurado en sílabas lentas o vocablo galego que viene del mar, saudade es la feliz tristeza, la nostalgia con sonrisa, la gracia de llorar de un gusto que quizá se acaba de esfumar y eso transpira Madrid cuando le da por llover aunque solo sea por un día y al amanecer, los vientos que la arropan bajando de la Sierra del Guadarrama disipan toda la bruma y toda la baba de esa melancolía impalpable que hace que sus calles y monumentos lloren hacia arriba. Digan si no las estatuas que lagrimean desde sus pedestales mirando en blanco hacia las grises nubes y los árboles en el parque del Retiro que gotean toda el agua que no lograron escupir hacia el bastidor de mármol opaco que mañana mismo se pinta de morados atardeceres.

Cuando llueve Madrid la ilusión más secreta deja de ser mínima y cobra un significado callado de esperanza, pero un incierto frío tatúa la piel como recordatorio: eso que parece una ilusión palpable bien puede convertirse en silencio y la más cómoda sensación de soledad, todas las calles llovidas y toda la gente que se cubre al vuelo transitan en una pantalla de lentos movimientos como para murmurar al oído que no es verdad. Llueve y Madrid con su cara lavada se encarga de advertir que todo aquello que parecería indispensable resulta ya no ser siquiera necesario en su tarde grisácea; todo lo que parece ya probado en la saliva del anhelo, puede de pronto lloverse como un amargo sabor que ni a los labios llega.

Cuando llueve Madrid en ciudades lejanas, Coyoacán parece un paraje empedrado en medio de un campo de Castilla y Manhattan, la utopía de todas las burbujas financieras que se alzan al final del Paseo de la Castellana. Cuando llueve Madrid en Tailandia el arroz se vuelve amarillo y caldoso o si me llueve Madrid en un bosque donde alguien conserva mi infancia, parece que los árboles hablan español en todos los acentos posibles. Llueve Madrid en la madrugada anónima en la que no hay sueño que no pretenda volverse predicción de imposibles ni insomnio que no calle hablando lo que despierto no queremos oír. Cuando llueve Madrid los diálogos de los demás van armando un retrato hablado de todos los antojos, los pleitos ajenos y los libros que nos quedan por escribir.

Llovió Madrid durante casi un día completo que parecía retrato de todos los abriles con los que se abren las páginas de una novela descomunal. Desde hace veintinueve años leo el Quijote de Miguel de Cervantes Saavedra por una promesa que le hice a un escritor admirable, él mismo lector anual de ese libro que es todos los libros porque había leído en quién sabe dónde que William Faulkner hacía lo mismo, pero en inglés, en esa broma que decía Borges de que en realidad el inmenso libro de Cervantes no era más que una mala traducción del inglés original y mis amigos agregaban la improbable conjetura de que en realidad, Cervantes no se había perdido preso en Argel sino náufrago en Inglaterra donde se ganó la vida como dramaturgo firmando entremeses y épicas obras para teatro con el seudónimo de Chespirito. Llueve Madrid y el desvarío de todos los años confirma que basta creer que uno vuelve a los primeros párrafos de esa novela inmortal para que sus letras nos desengañen las dioptrías para descubrirnos que en realidad no sólo es la primera vez que se lee, sino que se está leyendo en el instante mismo en que sus palabras se plasman en tinta sobre un pliego de pergamino aplanado a la luz de una vela que no apaga nunca.

Cuando llueve Madrid, el mucho leer y el poco dormir que seca el cerebro encuentra Quijotes en cada esquina y robustos escuderos desengañados tras las barras de los bares donde todo comparsa intenta aliviarse del agua acodado como en la proa de una barca. Cuando llueve Madrid, vuelve la bella Marcela a desengañar a sus Grisóstomos y los albañiles que se refugian en los andamios de sus obras parecen yangüeses en monos azules, echando humo de tabaco negro en las voces que fardan otros acentos y mostrando los dientes de unas sonrisas que han de abrirse como abanicos de colores mañana mismo, en cuanto vuelva el Sol que se limpia las ojeras con los vientos que despeinan toda confusión. El aire que seca los párpados de un Madrid que lloraba hacia arriba con la esperanza intacta de volver a inventarse cada abril para que nadie olvide deletrearse a sí mismo eso que llaman primavera.

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