Cuando el Otro es el Mismo

otro-mismoDe vez en cuando flota una rara nebulosa al filo de los dedos que parece revelar al tacto la supuesta novedad de lo caduco. Hablo de la maquillada ilusión que transpira un maniquí que lleva tres décadas en el escaparate, como si cambiando de postura rejuveneciera su mirada perdida, y hablo de los nuevos sabores de golosinas varias que son exactamente los mismos de una temporada pasada, supuestamente olvidados en la saliva de algún desmemoriado, y hablo de la engañosa sonrisa de quien se presenta de pronto como si fuese Otro, siendo exactamente el Mismo, aunque varíe el vestuario, discurso o peinado.

Es encomiable e incluso recomendable que alguien decida reinventarse geográfica o vocacionalmente e, incluso, me parece admirable que alguien corrija el rumbo de su biografía hacia párrafos personales de superación moral o excelencia académica o calidad total profesional, pero en el inmenso bosque de la gente que nos rodea hay muchas personas que se engañan a sí mismas con esa truculenta mentira de creerse Otros siendo los Mismos, y todo eso se destila gota a gota en el amargo sabor que se percibe como escepticismo o leve duda cuando saludamos al plagiario que supuestamente ha dejado de serlo, al corrupto mentiroso que pretende andar ahora por el mundo sin violar verdades, o la adepta de cirugías estéticas que parece realmente regenerar sus lonjas como ajolote humano. Este síndrome camaleónico se ha filtrado en los productos de la canasta básica y en los ex alumnos de nuestros viejos años estudiantiles, en los anuncios de las boticas y en las calles de pronto cambian de sentido; incluso, parece determinar el ciclo constante de renovaciones tecnológicas cuando el mismo telefonito de siempre aparece con una nueva versión redinamizada y edulcorada como la neta del planeta.

En días pasados, por un azar inexplicable que quizá tuvo algo que ver con los fríos, me vi de pronto seguido por la incómoda sombra de un hombre envuelto en bufandas que impedían medirle la cara. Del rostro solo quedaban al aire los ojos y no había tiempo para intentar retratar o retarlos; si acaso, solo alcancé a mirarle los guantes y hacer un cálculo a distancia de la estatura que parecía elevarse con un par de botas anacrónicas. Por la agilidad con la que me rebasó en una calle pude confirmar que era más joven que yo, sin entender la paradoja ilógica de que un perseguidor se ubique de pronto delante de su víctima y, sin embargo, lo seguí a ciegas como si fuera yo el investigador de sus pasos.

Iba yo tras su huella a la prudente distancia con la que cumplía el enrevesado ritual de sentirme perseguido por la sombra que yo mismo seguía por las calles hasta que se adentró en un parque. Por el raro azar que ya mencioné, había una ligera nieve en las ramas de los abetos y la niebla de los senderos parecía vaho sobre la piel del mundo. Los improvisados pasos que tomaba mi perseguidor parecían un recurso ingenioso; sobre todo, cuando en dos o tres parpadeos percibí que había vuelto a seguirme los pasos, cada vez más cerca, cada parpadeo hacía oler su aliento de ajos en abundancia y vino rancio o cerveza sin espuma o loción barata mezclada con sudor de frío, calor de invierno y pronto, un empujón en la nada y caí de bruces.

Al despertar, las sábanas parecían una metáfora de nieve y en la almohada que anda vacía desde hace un tiempo parecía hundirse la huella de mi propia cara, como si fuera un molde para una mascarilla de yeso. Había un pequeño festival de las letras con los libros y dos revistas que navegaban en el revuelto de las cobijas como náufragos de la madrugada insomne. Pensé que las páginas en papel serían los únicos testigos, mudos, del sueño donde creí acercarme a una rejuvenecida versión de mí mismo, pero en la mesilla alguien dejó un espejo como atril. Quizá lo dejé allí yo mismo, sonámbulo, aunque jamás he tenido que consultar al espejo en la cama o quizá lo dejó como recuerdo el hombre que parecía seguirme los pasos en la nieve del sueño, para no olvidar jamás que hay algo de uno Mismo en la sombra del Otro que creemos ajeno.

Leer en Milenio

Check Also

aqui-las-tortas

Aquí, las tortas

En una de las viejas películas mexicanas de la época de Oro (Juan Bustillo Oro, …