Corazón como mancha

Corazón como mancha

El corazón es una mancha en el costado. Al menos, en Chesterton, gran basset hound de casi 25 kilos, 16 años de vida humana y las orejas como antifaz para siestas. En el siglo de sus años caninos vio crecer a mis hijos y se hizo amigo de los amigos de Minerva, la casa que custodió sin mucho esfuerzo porque era sabueso somnoliento, traviesísimo en la supina necedad de cachorro y resignado dueño de sus territorios en cuanto llegó como aprendiz su amigo Orwell, un clon basset hound más joven que intenta ser Adso de Melk ante la dolorosa ausencia del Baskerville.

En camisa ajena siempre parecen bizarras las filias de quienes adoran a sus mascotas, pero basta que alguien pula en el espejo de su biografía todo el paso de vidas propias y ajenas y de tiempos transcurridos que se vivieron acompañados en la madrugada de cuatro patas, en el aullido ante ciertos párrafos y la indiferencia absoluta ante los entusiasmos efímeros, y así cualquiera cae en cuenta del misterio: la extrema sensibilidad de ciertos animales los acerca a la posibilidad de ser fantasmas de personas entrañables que ha tiempo dejaron de poblar el mundo, y parece que hablan cuando se acurrucan en silencio o se hunden en un rincón. Sueñan el sueño irracional de sus propias aventuras con la baba relamida en las orejas y las inmensas patas que merecían estatura y no tener que asombrarse ante los demás perros que podían brincar de mueble en mueble o por encima de arbustos donde a él solo le quedaba husmear a ras de suelo.

De luna llena y en soledad, Chesterton fue testigo y dictaminador de los peores párrafos, y si acaso se vio algún día feliz por algo que le leyera a la luz de las velas resultó ser una página de Rilke. Lector analfabeto, Chesterton solo se comió un librito entre los más de 15 mil volúmenes que llegó a custodiar, y de la correspondencia que entresacaba del buzón se sabe que saboreaba sobre todo las cuentas por pagar, los recados necios y los constantes volantes de la impertinente publicidad. Fue caballero andante entre una marisma de gatos callejeros que llegaban de madrugada a pedirle de sus croquetas, y temeroso más que tímido espectador de los ladridos de perritos esquizofrénicos, altivos labradores, presumidos pastores y demás perrazos que se le cruzaron en paseos; pero cuando estaba instalado tras la seguridad de sus rejas, Chesterton ladraba en sincronía la secreta cadena de información canina que se extiende sobre las azoteas de la ciudad con el chisme de los amos, la predicción de sismos o la pura alegría de ladrarle a la luna y suponer que todo existe para siempre porque creo que decía Borges que los animales viven en la eternidad de no tener que pensar en su muerte… a menos de que la huelan y vivan en vivo, como le tocó a Orwell acompañar a Chesterton en una lenta agonía de domingo largo, donde recorrió todas las habitaciones de la que fue su casa para terminar —como los elefantes— al filo de la cama de mi habitación, donde llevaba por lo menos dos años rumiando los ecos de tanta tertulia donde más de un trovador hacía llorar a los escritores que imaginaron párrafos en esa casa también de ellos, libros que presentaron entre amigos antes incluso de llevarlos a sus respectivas editoriales, y versos inéditos de tantos amigos de esa casa donde ni uno solo dejaba sin atender o acariciarle el costado, allí donde tenía una mancha en forma de corazón.

Chesterton llegó a casa para acompañar hasta el final las ilusiones y carcajadas de unos niños que hoy son hombres y, al mismo tiempo, testigo silente de la dolorosa sobriedad, las horas muertas, la soledad de los párrafos y el agua del azar que cada jueves lo convertía en el personaje de su propia novela: el perro que fue jueves en la acumulación semanal de estos propios párrafos, en la endeble cocción de cuentos y en la cíclica renovación generacional de los mejores escritores que hacían taller de la mesa del comedor, biblioteca de los estantes y santuario de la cocina donde Chesterton siempre lograba bocados adicionales a su dieta.

Llegó a dormir la primera noche en el mismo sitio donde se fue, y se recostó sobre el lado izquierdo como para dejar a la vista el corazón… esa mancha que se ve de lejos, que llevamos tatuada en los párpados cuando parece que llueven y que late como murmullo en la memoria de quienes jamás han de olvidar la más entrañable e incondicional de las compañías.

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