Conquistar un vacío

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La caminata de todos los días también sirve de luto. En realidad, evasión; no quiero pensar en las ausencias ni imaginar por hoy los dolores de todos los deudos. No quiero gastar saliva en ponderaciones sobre plagiarios ni tinta en párrafos de ponderación pendiente; no quiero alargar la sobremesa en soledad y prefiero pensar en nostalgias insólitas: inesperadamente extraño la lluvia ácida y puntual que de pronto llora sobre la Ciudad de México e, increíblemente, me llega a los labios el antojo (con todos sus sabores) de las más insólitas fritangas o de las frutas con chile en polvo, o de un solo y único beso, o de las risas de los amigos que cancelan una cita faltando media hora para su cumplimiento, o de los trayectos interminables por calles que siempre están por estrenar. Extraño la voz del tamalero muerto que recorre los dieciséis municipios de una ciudad que parece país y la cantaleta de la niña que compra colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan que un trovador convirtió en canción con su genialidad de sonrisa. Extraño las bugambilias moradas y que digan que sirven para aliviar la tos si se hierven en agua, tal como la flor de Jamaica que hace agua roja y es diurética o, como dice una tía de Guanajuato, “deja tú lo diurético, ¡las ganas de mear!”.

No es que eche de menos todo, como dicen en Madrid, sino que literalmente extraño porque quizá ya soy extraño entre los huecos de un paisaje que ya no existe o que también se volvió Otro. No es ya aula el espacio que ahora condensan en pantallas ni camellón el paseo arbolado por encima de un río de siglos pasados, y no es tertulia el silencio donde tarareo todas las canciones que me enseñó mi padre, y de seguir así las líneas se curvan en cursilería.

En realidad no es melancolía la adrenalina con la que paseo estas páginas, sino el afán de conquistar un vacío. Me atrevo a la teoría: cada lustro o cada década, a fin de mes o por instantes, el andante va caminando en pos de la flor de una ocurrencia. Se busca una idea y se va escribiendo sin escribir la frase que justifique una tristeza o que verbalice el coraje cotidiano; se va redactando la investigación periodística de lo que sucede alrededor en el momento gerundio en el que sucede. Se va leyendo la cara feliz de la pareja que espera el paso en una esquina, sabiendo quizá que han de estar unidos para siempre, y el rostro desolado del hombre cansado que lleva sobre los hombros el peso entero de la historia de un imperio personal que se derrumbó a pedazos en quién sabe qué momento de su biografía anónima.

Se va pasando el tiempo sobre el papel alisado de una nueva página. La redacción imprevisible ha de ser más que automática, sensible a la luz y al calor sofocante; intemporal aunque cronometrada, personal aunque pluralizable pues se va multiplicando en tiempos: ése que camina con mayor soltura, el que va más ligero con la melena sin canas al aire, soy yo mismo en un pasado tan ayer que parecería volverse olvido. Lo veo que se distrae mirando las fachadas de los mismos edificios, que siguen intactos, y que le llaman la atención las palabras ajenas que se usan para nombrar los mismos sabores. Se nota de lejos que prefiere el morado, la noche y los libros por encima del lila, la mañana y la verborrea; se le nota de lejos que escribe con café, que podría bailar a la menor insinuación de un recuerdo en rumba y que sus rumbos se van abriendo en la medida en que va cosechando afectos entre fantasmas, entre todos los amigos que ya no están ahora que camino de lejos tan cerca de lo que parecía eterno.

Es el agua del azar que sigue fluyendo así se cumpla en otro jueves otro año de los cinco lustros que lleva fluyendo, habiendo llegado al mar para cruzarlo. Es la semanal manía de agradecer la oportunidad de publicar en párrafos la literatura con prisa que surge a diario, no solo para alimento de un diario personal sino para publicarse en uno compartido y así, al llegar a un remanso, mandar un abrazo a todos, a ti y a quien seas, como quien conquista un vacío.

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