Confederación de imbéciles

Al pardear la tarde, ambos candidatos se preparan para esperar los resultados en Manhattan. En Nueva Orleans hay quienes aseguran que la Hillary barrió ya las aspiraciones de Trump, al menos en esta ciudad donde el río Mississippi sonríe como una media luna. Allí donde se levanta la estatua de Andrew Jackson, héroe de la guerra de 1812 contra Inglaterra que apuntaló la Independencia que habían proclamado las 13 colonias en 1776; el mismo que llegó a la presidencia habiendo fundado el Partido Demócrata que hoy presenta a Hillary Clinton como la primera mujer Presidenta de los Estados Unidos y el mismo Andrew Jackson que ha servido para que más de un analista considere como remoto antecedente de la descabellada e increíble postulación de Donald Trump: un empresario, que se declara apolítico, que prácticamente aceptó públicamente evadir impuestos en un país donde pagarlos es condecoración y salvoconducto para la libre circulación de rodo vehículo y un macho de pacotilla que se considera inteligente en la medida en que se aprovechó de huecos y recovecos legales para hacerse millonario declarando sucesivas bancarrotas.

Se anuncia que Hillary lleva en el portafolio dos discursos para cada posible situación con la que tenga que salir al podio, pero los trumpistisas aseguran que su Donald sólo tiene preparada la perorata que lanzará al confirmársele su triunfo (aunque no dicen si en el caso de ganar cómo diablos se desmentiría a sí mismo, una vez que ha asegurado que todo el proceso está amañado). Lo cierto es que pardea la tarde en Nueva Orleans y a pocas calles de donde vivió un tal William Faulkner, allí en el callejón de los Piratas donde redactó sus primeros pasos como escritor con toda la barba, quiere el azar que uno recuerde Mosquitoes, su segunda novela donde narra un viaje por el caudaloso río en un vapor que va pedaleando las olas con inmensas aspas y una panda de viajeros que Faulkner bautiza como mosquitos: ad láteres latosos, anónimos estorbos, ingenuos imbéciles que bien pueden volverse entrañables y que por hoy sirven de modelo para la confederación de imbéciles que empiezan a babear a esta hora de la buena tarde, ya disipada la lluvia, y a estas alturas del siglo XXI, al filo de la histórica oportunidad de que una mujer sea la persona más poderosa del planeta (por primera vez desde Catalina la Grande o Isabel de Castilla… o Ella Fitzgerald, si me apuran un Do de pecho).

Confederación de imbéciles, diría Ignatius J. Reilly, el obeso arcángel de la guadaña implacable que hoy anda de fantasma despeinado por las calles de los viejos tranvías. Allí los mira con desprecio e incredulidad e imagina el tufo de halitosis con el que besan a sus robustas mujeres despreciadas (quizá soñando que ya llegará una Ivanka que las sustituya o una Melania que las borre de su memoria). Se les ve carcajeándose y sutilmente despreciando a los latinos que atienden las mesas, que lavan los platos y sí, efectivamente, miran con saliva de racistas a las filas de los desposeídos negros que se la pasan cantando Blues de veras sobre la calle del Bourbon. Más que mosquitos, la parvada de trumpistas engreídos parecen enjambre de abejas y provocan un pavor similar al que pudo presentir cualquier ciudadano libre de Münich durante aquellas noches en que unos rijosos de camisas pardas se reunían para gritarle vítores al ridículo enano del bigotito recortado que, tal como Trump, proclamaba la urgencia por recuperar la vieja grandeza de su nación, consideraba lacras a los fuereños y veneno execrable a todo judío (ahora que Trump lo disfraza diciendo que pretende combatir a la “gran conspiración bancaria internacional”).

Vuelan los modernos mosquitos del trumpismo adelantando un triunfo que significaría una derrota. Quedan pocas horas para empezar a medir posibles resultados y la noche se prolongará como media luna sobre el río que Mark Twain medía en palabras. Como detective con sobrepeso enfundado en una gorra verde con visera de Sherlock Holmes o cazador de venados, me salgo de nuevo a las viejas calles del barrio francés para ver si los fantasmas del jazz alivian la inmerecida incertidumbre y la taquicardia palpable que se enredarán en boca de todos durante las próximas horas.

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