Codo con codo

Codo con codo

La ronda de generaciones en México se entrelaza codo con codo en la fila para aliviar nuestros derrumbes, en la hilera del cascajo y del silencio. Cada nuevo eslabón, henchido de imaginación y dolor, lleva también la memoria intacta y en todo ello se cifra la palabra “esperanza”. En una novela que releo de vez en cuando dice: “Tú tendrías como 25 años y quizá no lo recuerdes fielmente. El día 19 de septiembre de 1985 esta ciudad vivió una trombosis cerebral con infarto fulminante al miocardio. Duró varios minutos infernales, tuvo secuelas inmediatas y dejó cicatrices que aún se pueden ver a plena luz del sol. No me vengas con el cuento de que los millones de capitalinos hemos perdido la adrenalina de ayudarnos unos a otros porque no alcanzan aquí los párrafos para contradecirte.

“Nos lanzamos a la calle sin que ningún policía dictara lo que teníamos la obligación de hacer: filas perfectamente ordenadas como hormigas que levantaban minuciosa y metódicamente cada pedazo de piedra donde se escuchaba o intuía que aún quedaban seres sepultados… jóvenes con paliacates que controlaban el tráfico con una eficacia que ninguno de los modernos semáforos sincronizados ha logrado superar… cientos de albergues instantáneos, miles de litros de agua potable que se entregaba directamente a quien la necesitaba, y cuando empezaron a llegar los aviones con la ayuda de afuera, vi con estos ojos cómo se pasaban las cajas de queso, las mantas, las cajas de medicina, de las manos de los soldados gringos a las manos de los soviéticos (país que ya ni existe, ¿te acuerdas?) y en medio, soldados cubanos y españoles que traían cajas donde alguien, algunos, todos, uno, unos quién sabe quién había tenido la ocurrencia de escribir sobre ellas, como si alguien lo pudiera leer en medio de la ciudad destruida, mensajes de ‘Estamos contigo’, ‘México no se podrá derruir nunca’, y ‘¡Viva México!’…

“¡El mejor tenor del mundo nada menos que con la boca tapada!, y llorando y levantando piedra por piedra de lo que fue Tlatelolco, o de lo que quedó, y mi hermano detuvo en plena carrera a un delincuente que se iba huyendo con un cofrecito de joyas y tres relojes de pulsera. En la colonia Roma, mi maestro de historia con la ropa empanizada por el polvo de su propio departamento que se le cayó encima. Seis pisos de familias enteras aplastadas en unos cuantos segundos, todos los muebles, las cocinas, la comida, la ropa, los cuadros, los discos (de acetato, ¿te acuerdas?), las alfombras, los espejos rotos. Vi cómo mi maestro hacía fila por ayudar en el edificio aledaño, que no estaba tan jodido como el de su casa, y lo vi llevar entre sus brazos a un anciano que lloraba como pasajero del Titanic, y lo vi pasar de mano en mano cobijas, quesos, agua pura, linternas, velas… Y luego lo vi llorando, pero hasta que se iba caminando hipnotizado hacia el Viaducto…

“En el parque de beisbol, yo misma ayudé a colocar cadáveres en fila, Angelito… y allí andaban también con tapabocas, no por el peligro de respirar fugas de gas o cemento en polvo, sino por el simple hedor de la muerte, ¿me entiendes? Y allí yo vi con estos ojos, en un descanso que se declaró por boca de todos, a una madre amamantando a un niño… un loco que lloraba abrazado al cadáver de un hombre que pudo ser su hermano… una señora que quería quietarle el reloj al brazo de un muerto… y a 15 calles de allí una pareja que salió de entre los escombros abrazada… otra pareja murió amándose, abrazados para siempre… y un soldado que cargaba a una viejita… y un policía de tránsito que prefirió quitarse el uniforme y ayudar con la repartición y en una esquina unos jóvenes que le subían el volumen a la radio y que en todo el mundo hablaban de México y enviaban mensajes a las radiodifusoras para preguntar por conocidos. Fue un infarto masivo al corazón de la Ciudad de México y no me vengas ahora con metáforas y tus alas batidas, Angelito, que si parece que despertamos de esa pesadilla fue precisamente por la mínima y contundente humanidad que se le salía de los poros a la mayoría. Hablo del afán por ayudar que nunca, nadie, de verdad, abandona del todo en esta ciudad… Hablo de que más allá de toda cursilería, demagogia y demás pendejadas que capitalizan los políticos… cualquier político, cualquier partido, escúchame Angelito, aquí nos ayudamos todos… y si no se entiende eso… pues simplemente no entiendes en qué ciudad vives…” (Réquiem para un Ángel, Alfaguara, 2010).

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