Chile en Oaxaca

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He vuelto a Oaxaca gracias a la hospitalidad editorial y afecto literario que transpiran Guillermo y Vania Quijas a través de Almadía, esa barca independiente que surca los mares de libros con ediciones no solo inteligentes, sino amables a la vista, hermosas en sus portadas diseñadas por Alejandro Magallanes. Aquí, año con año se reúnen autores que admiro, fantasmas de escritores supuestamente muertos y miles de lectores que simplemente no se quedan callados: aquí preguntan y corrigen, aclaran y participan en cada presentación y conferencia como si fuera una Guelaguetza comunitaria, una fiesta de palabras que, además, cada dos años tiene un país invitado y en esta edición, nada menos que Chile.

Chile en Oaxaca en la tlayuda con asiento (ajeno) y en la tetela de conejo, y hasta en los cacahuates con ajo y animales que salen corriendo por los labios. Chile en salsa, chile en rama, chile en polvo… y Chile en prosa de ese país de poetas. Todo con el pretexto de la Memoria, el músculo que ha de salvarnos de la amnesia para no olvidar jamás el oprobio y el horror, la asquerosa pantomima de los generales traidores, los asesinos que creen gozar de una baba de impunidad sin considerar que la verdad está en tinta, en novelas y crónicas, más los cuentos que se escriben y las historias que se narran de sobremesa. Memoria en cicatriz, que en muchos casos sigue herida abierta; memoria en versos y canciones que se cantaban en estadios convertidos en cárceles. Chile en los versos que nos unen y en prosa limpia de un paisaje de mar nevado, la cordillera interminable que queda al fondo de un valle que creí ser oaxaqueño, cuando en realidad he caminado las calles nuevamente, las plazas y los jardines repletos de palabras de esperanza y utopía que más temprano que tarde sin reposo ha de congelar las almas de los traidores en cuanto pagan su culpa en cada instante de conciencia y párrafo donde todos nos acordamos de Chile, en la memoria de hoy que es la de los encuentros futuros, la de las palabras que nos unen en la cuadrícula colonial de un pretérito compartido. Chile en el acento de los editores y escritores que andan en Oaxaca hablando cantado y al vuelo, escuchando con sorpresa los colores que se comen y la danza interminable de tantas cosas buenas que nos unen. Por allí, el recuerdo de Neruda y su enrevesada vida de tantas caras y por aquí, los versos de Raúl Zurita escritos en las nubes como señales de otro mundo; por acá, las nuevas ediciones de novedosas propuestas visuales y el encuentro de los mejores moneros que parecen venir a rendir homenaje a Naranjo, el de la fina línea que tanto bien hizo dibujando la cara del mal… y sí, por acá, cerca del corazón las letras de chilenos de todas las ediciones pasadas y de libros por venir; la entrañable literatura de una tierra que vuela libre sobre la nieve lejana de las montañas y a lo largo de la larga geografía que parece instalarse en pleno corazón de Oaxaca para que no olvidemos, para que ayudemos a recordar a los que no saben lo que sangró y para que juntos leamos a través del cristal la ventana con la que hemos de abatir el muro del oprobioso fascismo que ahora amenaza con atacarnos, el mismo que bombardeó La Moneda y el mismo que estalló en pedazos el coche del Ministro Letelier en pleno corazón de Washington, D.C. Todo eso pica, todo eso humedece los ojos, todo ello como Chile en las páginas que se escriben por estos días en Oaxaca, para que conste que tenemos juntos eso que llaman Memoria.

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