Cartas de Cuévano

El sueño del loro

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La pareja decidió pasar el día en el pueblo de Banff, provincia de Alberta en el occidente de Canadá. Viven a dos horas de distancia, en la ciudad de Calgary, pero vienen a Banff por estar enclavada en el paraíso: montañas de nieve en un verano de cerros con todos los verdes posibles, senderos por donde se asoman alces y de vez en cuando, tímidos osos que intimidan a cualquiera. Ella es boliviana, chismosa y aficionada a la ópera. De hecho, canta arias de Aída y acostumbra alejarse muy poco de las manos de él, que la acaricia y le habla y la consiente. Él estudio en Humber College of Mortuary Science hace medio siglo, y dedicó la mitad de su vida a embalsamar cadáveres en una agencia funeraria. No sin nostalgia, dice recordar los funerales de amigos y familiares que él mismo preparó para el último viaje y quizá tanto silencio lo llevó a decidir un cambio de vida: en 1990 dejó la vida funeraria y se entregó al apasionado afán por criar aves exóticas. Se llama David R. Knight y desde hace años vive con nueve pajarracos del Paraíso: 3 de los llamados grises del Congo, un pionus ... Leer Más »

Cincuenta años de soledad

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Consta en el colofón a su primera edición que Cien años de soledad “se terminó de imprimir el día treinta de mayo del año mil novecientos sesenta y siete en los talleres gráficos de la Compañía Impresora Argentina, S.A., calle Alsina No. 2049—Buenos Aires” y consta que, al enviar el original por correo desde México, al autor –Gabriel García Márquez—y su esposa –Mercedes Barcha—sólo les alcanzó para enviar la mitad del mamotreto por el costo de su peso y que, por afortunado error, resultó que enviaron a Francisco Porrúa, editor de Sudamericana, la segunda mitad que deslumbró en su lectura, pero que suscitó la urgencia por saber cómo empezaba la maravillosa historia de la familia Buendía. Consta también que para poder encerrarse tras un velo de sábanas blancas que él mismo bautizó como “La cueva de la Mafia” (prohibiendo la entrada incluso a sus hijos, Rodrigo y Gonzalo), Gabriel García Márquez vivió más de un año por la reciente venta de los derechos de traducción de sus primeros libros y con la ayuda de sus amigos cercanos, particularmente Jomí García Ascot y María Luisa Elío, a quien el autor colombiano dedicó todas las ediciones de la novela hoy cincuentenaria, menos ... Leer Más »

Fuentes, intacto

Lees esa novela. Un libro de esa naturaleza no se escribe todos los días. Lees y relees ese libro. No puede estar dirigido a nadie más que a ti. Sólo falta añadir que tu nombre es Felipe Montero o el próximo o enésimo lector que se deje llevar por el embeleso de una novela que se filtra como cuento largo en la saliva de una madrugada o como nouvelle corta que se sueña en al atardecer de una sobremesa solitaria donde las nubes del café te han permitido ver pasar la vida por la banqueta, de ida y vuelta las caras de todos tus fantasmas y contadas ilusiones. Lees esa novela. Se cumplen hoy cinco años de que Carlos Fuentes iniciara su estancia en un tiempo ya sin tiempo. Duele evocarlo ausente, pues en realidad ocurre muy a menudo el antojo de poder conversar con él sobre las películas que se sabía de memoria (guiones y nombres del camarógrafo incluidos) o pedirle que narrase el día en que vio a Thomas Mann al filo del lago de Ginebra y no se atrevió a dirigirle la palabra o las tardes en que llegaba Buñuel a la residencia en París y bañaba ... Leer Más »

Macondo no existe

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Vine a Aracataca porque me dijeron que aquí nació Gabriel José de la Concordia García Márquez y que salió de entre sus campos anchos de platanales interminables para conquistar el mundo, como quien amanece en Yoknapatowpha para guiñarle el bigote a William Faulkner o cruzar al atardecer los campos de Montiel y aterrizar en El Toboso, tan cerca de Consuegra, para seguirle la sombra al Caballero de la Triste Figura en su necia andanza por enamorar a Aldonza Lorenzo, sabiendo que es nada menos que Dulcinea. Vine desde Cartagena a la vera de una muralla contra el mar que hoy quiere clonar un demente peligroso en medio del desierto de Sonora para que no crucen su frontera inventada los sueños ilusionados de los nuevos caballeros andantes que alivian las hambres de los ogros del Norte y crucé la inmensa Ciénaga de los muertos incontables e imaginé el tren amarillo, fantasma con el que volvió a su pueblo Gabito sabiendo que las mariposas amarillas no eran más que papel de china que flotaba como inmensa nevada de neblina de llanto el día en que nos despedíamos en el Palacio de Bellas de México. Vi de lejos el muelle donde se embarcó ... Leer Más »

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