Cartas de Cuévano

Fuentes, intacto

Lees esa novela. Un libro de esa naturaleza no se escribe todos los días. Lees y relees ese libro. No puede estar dirigido a nadie más que a ti. Sólo falta añadir que tu nombre es Felipe Montero o el próximo o enésimo lector que se deje llevar por el embeleso de una novela que se filtra como cuento largo en la saliva de una madrugada o como nouvelle corta que se sueña en al atardecer de una sobremesa solitaria donde las nubes del café te han permitido ver pasar la vida por la banqueta, de ida y vuelta las caras de todos tus fantasmas y contadas ilusiones. Lees esa novela. Se cumplen hoy cinco años de que Carlos Fuentes iniciara su estancia en un tiempo ya sin tiempo. Duele evocarlo ausente, pues en realidad ocurre muy a menudo el antojo de poder conversar con él sobre las películas que se sabía de memoria (guiones y nombres del camarógrafo incluidos) o pedirle que narrase el día en que vio a Thomas Mann al filo del lago de Ginebra y no se atrevió a dirigirle la palabra o las tardes en que llegaba Buñuel a la residencia en París y bañaba ... Leer Más »

Macondo no existe

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Vine a Aracataca porque me dijeron que aquí nació Gabriel José de la Concordia García Márquez y que salió de entre sus campos anchos de platanales interminables para conquistar el mundo, como quien amanece en Yoknapatowpha para guiñarle el bigote a William Faulkner o cruzar al atardecer los campos de Montiel y aterrizar en El Toboso, tan cerca de Consuegra, para seguirle la sombra al Caballero de la Triste Figura en su necia andanza por enamorar a Aldonza Lorenzo, sabiendo que es nada menos que Dulcinea. Vine desde Cartagena a la vera de una muralla contra el mar que hoy quiere clonar un demente peligroso en medio del desierto de Sonora para que no crucen su frontera inventada los sueños ilusionados de los nuevos caballeros andantes que alivian las hambres de los ogros del Norte y crucé la inmensa Ciénaga de los muertos incontables e imaginé el tren amarillo, fantasma con el que volvió a su pueblo Gabito sabiendo que las mariposas amarillas no eran más que papel de china que flotaba como inmensa nevada de neblina de llanto el día en que nos despedíamos en el Palacio de Bellas de México. Vi de lejos el muelle donde se embarcó ... Leer Más »

Macondo en La Mancha

Diría que la llanura ocre y amarillenta que se extiende cerca de El Toboso es el espejo de un llano verde y floreado que conduce al pueblo de Comala en Colima, que no es de Juan Rulfo ni se prende en llamas de prosa pura; diría que la ancha patria del Caballero de la Triste Figura en su topografía accidentada desde Toledo al Toboso es el paisaje en prosa de toda la imaginación hispanoamericana si no supiera como verdad inapelable que D. Miguel de Cervantes nos jugó en realidad un magnífico juego de palabras: La Mancha que aparece en los mapas es no más que ventana de la mancha tipográfica donde impresores de tipo móvil y pantallas de Tablet electrónica acomodan una a una las letras que narran las aventuras no sólo de la más grande historia jamás contada, sino las vidas de cada uno de los lectores que cierran el círculo de su magia. Vine a El Toboso como quien llega a Comala a buscarle el fantasma de Susana SanJuan a un tal Pedro Páramo y descubrí que la joven moza, labriega de sudores olorosos, ancha de cara y cintura no de avispa que soñaba Don Quijote es Dulcinea ... Leer Más »

Entre gasas

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El hombre atraviesa el patio de butacas, en medio del público y espaldas a la realidad de allá fuera. Se detiene incrédulo porque quizá él mismo duda de que todo esto no pueda ser cierto y se desprende del tedio de todos los días, toda la rutina del mundo allá afuera como una ligera llovizna constante, como quien se quita la gabardina al filo de tirarse al mar. Al subir los peldaños hacia el escenario, el hombre se vuelve actor y cruza la inmensa tela de gasa que han diseñado como escenografía para volver a cuajar el milagro de su transformación. Juan Echanove, al filo de cumplir cuarenta años de vida artística, sube ahora a diario los escalones del Teatro de la Comedia y se convierte en Don Francisco de Quevedo y Villegas. El telón de gasa es la niebla y el hielo de su destierro en la cárcel de San Marcos, donde el hombre a unas gafas pegado llora con sudores de delirio y transpira con carcajadas de locura el dictado de sus propios recuerdos y remordimientos. Echanove ya no es el que conocemos de otros tantos papeles memorables, ni el habitante de las pantallas, sino el poeta adolorido, ... Leer Más »

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