Cartas de Cuévano

Árbol entre Océanos

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Por un lado, el Pacífico engañosamente bautizado así para disfrazar sus peligrosas corrientes ideológicas y las mareas inciertas de la política, la Revolución con mayúsculas y la deuda pendiente que deja la Utopía; por el otro, el Atlántico, como puente océano de la lengua que vino de Cervantes y volvió con Rubén Darío, los sargazos de toda la imaginación desatada y el constante vaivén, va y viene, de poetas y novelas que conforman la inmensa geografía de La Mancha. En medio, mirando ambas costas está Sergio Ramírez y su literatura de personajes palpables y herencias vivas, flora en flor y fauna inverosímil de un paraíso sobre la Tierra que se le vienen enredando en palabras como madrépora de memoria latente entrelazada con pura imaginación. Sergio Ramírez es un escritor como la copa de un pino, como dicen en Madrid. Prefiero pensarlo como el árbol en sí mismo. No el árbol fatal del que cantó Darío, pues Sergio no es apenas sensitivo sino abiertamente sensible y lúcido, sabedor de los dolores de estar vivo y consciente de la hermosa vida, allende el montón de piedras en el que se convirtió Pedro Páramo en su soledad de muerte. Sergio es el árbol …

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El hombre que fue todos los libros

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Al irse el 20 de marzo de 2007 prometí jamás olvidar que mi maestro José Luis Martínez se instalaba por las tardes en el timón de un escritorio que más parecía la nao capitana de variados silencios. Acomodaba un cigarro largo en una pitillera, plumas y lápices en fila marcial sobre un caminito de mesa y proseguía —ya fuera en lectura o con la delicada letra con la que escribía sus muy cuidados párrafos—una vida en letras. Su respiración inundaba entonces toda la casa de libros y uno sentía que de varios estantes se abrían miles de páginas al azar para aplaudir sus conclusiones o descubrimientos y lanzarse al vuelo de nuevas lecturas. Aunque parecía un mudo desfile de hieráticos sabios, todos sus libros lo seguían por toda la casa, al ritmo hipnótico de su respiración: la literatura universal lo miraba dormir y velaba sus sueños, lo acompañaban en la mesa del comedor y estaban largas horas con él, acomodados en la sala, pasillos, escaleras y dinteles de todas las ventanas. Todos juntos en una respiración compartida contra el polvo de toda amnesia y muchos volúmenes atesorando flores secas, hojas sueltas que fueron verdes, recortes de prensa ya amarillos y …

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Noche de museo

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Lamento informar que el arranque oficial de las campañas electorales en México me provocó un pesadísimo tedio; más bien, una somnolencia insoportable y envuelto en un letargo de neblinas que oscilaban sobre mis párpados al son de la Marcha de Zacatecas, versión chill-out. Me vi de pronto enfundado en uniforme de velador (evidentemente, talla demasiado chica) y armado con linterna de kerosene cruce por debajo de un arco de chinampa cuyas flores deletreaban Corrupción, Violencia e Impunidad flotando en un discreto canal de aguas negras. Había taxis con hojalata de periódico y un bosque de inmensas flores de cempazúchitl, tan altas como estandartes de los antiguos desfiles deportivos. En la sala principal se desentumecía el gigantesco esqueleto del Profesor Hank como tiranosaurio amaestrado por otro esqueleto: Echeverría, arriba y delante de guayabera pálida, manchas de sangre y medallas de suprema amnesia. En el diorama del Hombre del Hombre de Tepexpan, Andrés Manuel (misma guayabera) encaraba al mamut con una lanza de papel picado y en la reproducción de un mural teotihuacano desfilaban hieráticos y de perfil los siete seguidores de Anaya como egipcio, cabeza rapada y lira a la espalda. En una salita contigua, Coyolxauqui como la Llorona lamentaba a …

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El lazo amarillo

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No hay épica ni heroísmo en la aventura descabellada que termina en una gasolinera alemana; la estética libertaria de las bravatas dementes suelen terminar en escenas patéticas y desangeladas resacas, tan endebles como proclamar la soberanía de una isla con sólo el fervor de la mitad, ahora náufragos en la resaca donde se comprueba que algunos sólo corrieron el riesgo de huir. La tragicomedia inquietante de los pasados meses llega entonces al telón de las valquirias, canta la gorda y se acabó el numerito donde el fleco que cubre la cicatriz ya no hallaba respuestas para justificar la velada y confusa mariguanada de clamar por el separatismo en un mundo donde la mayoría sufre por mantener la unión, apostar por el sectarismo en una era donde la mayoría intenta la cooperación y engañar a quien se deje engañar con rencores de generaciones pasadas. Peor aún, el falso Beatle ya no hallaba cómo explicar que su cruzada emana en realidad de la enrevesada comodidad de los señoritos de la comarca, los ancestros que alzaban el brazo precisamente en loa a la dictadura que ahora los nietos dicen padecer con fantasmas ya inexistentes y peor aún –subrayado– con el rollito guay de …

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